Cancionero
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La Carreta
El transporte en carretas, a través del vasto territorio en nuestro país, muchas veces adquirió, el rango de epopeya
La Carreta

La Carreta

Rodando por el llano
va la carreta de lerdo paso;
vieja carreta que aguanta al raso
lluvia de invierno, sol de verano.
Con su apagado pucho en la boca
el carretero de un lado avanza,
y de cuando en cuando toca
el clavo alerta de la picana
la yunta pesada y mansa…
mientras, vibrante, lanza al viento esta canción:

¿Dónde vas, Golondrina?
¿Dónde vas, Picaflor?
Si la ves a mi china
recordale mi amor…
Van mis bueyes al tranco
y mi overo es sobón;
pa’ que vuele a mi rancho
te daré el corazón.
Por el llano se aleja
el carrero cantor,
del clavel en la oreja
y del pucho cortón.
La carreta cansina,
del quebrado rumor,
con su buey Golondrina
y su buey Picaflor…

Mi vida es la carreta,
que en tanto bache de mala suerte
va dando tumbos rumbo a la muerte.
Yo, el carretero que no sujeta,
cruzo los pagos de mi destino
junto a la huella de mi carreta
y hago cantando el camino…
¡Tanto he sufrido que soy baqueano!
y al paso del buey maceta
alegre o triste siempre tengo una canción…

Letras de Francisco García Jiménez, música de los hermanos José y Luis Servidio.

Escena Campestre – Juan Manuel Blanes

Fue estrenado por Ignacio Corsini, quien lo grabó en noviembre de 1927. Por entonces lo dejó grabado también Dorita Davis, que lo había convertido en su caballito de batalla.- Perteneció al repertorio del dúo Gómez – Marino (Eduardo Gómez, conocido por el Petit Gómez, y Alfredo Francisco Marino, autor de El ciruja) que tallaba al promediar la década de 1920.

“Mi vida es la carreta
que en tanto bache de mala suerte
tu dando tumbos, rumbo a la muerte;
yo, el carretero que la sujeta.”

El transporte en carretas, a través del vasto territorio e nuestro país, muchas veces adquirió, el rango de epopeya, pues además de sortear las dificultades del terreno y el clima, los rudos carreteros y los nobles animales se exponían al hambre, a las enfermedades y a la siempre amenazante presencia de indios y malhechores.

En aquellos penosos viajes se transportaban toda clase de mercaderías, correo, encomiendas y por supuesto, también pasajeros. En una jornada de marcha una carreta, arrastrada por una yunta de mansos, adelantaba entre tres y cuatro leguas; así dadas las grandes distancias a recorrer, cualquier viaje demoraba semanas e incluso meses. Durante ese tiempo los viajeros debían proveerse de comida y bebida, como también de un lugar para dormir, pues las postas, que eran el sitio preparado para el descanso y el reabastecimiento, distaban entre si no menos de diez leguas y no siempre disponían de la comida necesaria. Muchas de ellas no eran más que un rancho miserable u un corral de palo a pique.

Pablo Mantegazza describía ,, a mediados del siglo pasado, la forma en que el viajero debía conducirse ante la eventualidad de hacer noche en una de estas postas: “Llevad una hamaca y agregad dos gruesos clavos con dos argollas. De este modo vuestro lecho aéreo os defenderá de los insectos terrestres. En cuanto a los aéreos y especialmente las terribles vinchucas, que chupan tanta sangre y que adquieren el tamaño de una avellana, huid de las casas buscad albergue bajo las pantas y recomendamos por el resto a la Providencia”. En cuanto a las vituallas para el viaje , decía: “Cargada también buena provisión de bizcocho americano, de vino y otros alimentos, escogiendo especialmente el mate, porque el postillón que elegiréis para vuestro servicio, lo prepara excelentemente y podréis ser cortés con vuestro compañeros de desventura, invitándoles a sorber con vuestra cañita, la infusión paraguaya”.

El transporte automotor, los camioneros de hoy, son herederos de aquellos bravos hombres que con sacrificio y porque no, también con romanticismo, abrieron las rutas de la tierra y el corazón, imponiendo su cultura y las costumbres adquiridas en su vida errante.

Las Carretas – León Palliere

En movimiento de carretas tenía a principios del siglo pasado una gran intensidad. Las estadísticas de la provincia de Buenos Aires, del segundo semestre del año, consignaban la  entrada a la ciudad, procedentes de la campaña, la cantidad de 11.458 carretas de media carga y 2591 de carga entera.- De las provincias interiores, entraron 72 tropas de carretas con el peso de 38.435 quintales de 82 arrias de mulas con 17.027 quintales.- Salieron 33 tropas y arrias con 16.674 quintales.

Este mastodóntico vehículo es descripto por Bartolomé Ronco en Vocabulario de la carreta criolla. “Las primeras carretas que recorrieron nuestro suelo fueron exclusivamente de madera, sin hierro alguno, y con costados y techos de paja, recubierto de cueros vacunos, porque su lugar de origen fue el norte argentino, donde, en la época de su origen, no era fácil aplicar otros materiales que los expresados. En cambio, las carretas de la provincia de Buenos Aires, posteriores a las de Tucumán, tenían eje de hierro y argollas y cabezales del mismo metal, llegándose, con el transcurso del tiempo, a reemplazar el quinchado de los costados y  el cuero de las techumbre- significación de muy alto- por delgadas chapas de cinc sobre tablones de madera europea, pero lejos siempre , en cuanto a sus líneas generales, de la carreta baja y chata que nos muestran las láminas de las enciclopedias españolas” .

Si bien no existe una descripción tan precisa de aquellos hombres que, con singular maestría conducían estos vehículos, podemos rescatar estas estrofas, entre las que ellos solían entonar y que nos permiten otear el horizonte de su vida.

El Carretero – León Palliere

Señores les cantaré
la vida del carretero,
que va siempre por la güeya,
arre, arre compañero.

La vida del carretero
es una vida trompeta;
muchas veces va dormido
sentao sobre la carreta.

Y siempre andando en güeya
cuando divisa algún poso
fuerte le grita a los güeyes
¡osco!… ¡yagüaré!… ¡barroso!

Letras de Tango – Tomo III-  1997- Ediciones Centro Editor

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