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Bar Varela – Varelita o Simplemente “El Varela”
Como un mojón de porteñidad, sobre la puerta de la esquina puede leerse: “Café Bar - Varela Varelita - desde 1950”
Bar Varela – Varelita o Simplemente “El Varela”

Con el paso de los años, las nuevas generaciones y la frecuentación de turistas extranjeros renovaron la clientela; pero El Varela no perdió nunca su esencia y tal vez allí reside el secreto de su vigencia: la calidad de la atención que lo viene distinguiendo desde 1950.

La Fachada del Varela en 1968, Cuando Llegó el Asfalto a la Av. Canning

Bar Varela – Varelita o Simplemente “El Varela”

“Cómo olvidarte en ésta queja
afetín de Buenos Aires…”

En el año 1950 los cafés de barrio, igual que en el Centro porteño florecían en todas partes; tanto en la Capital como en el Conurbano. Fue una época en que el café – bar “una escuela de todas cosas”, como reflexiona Enrique Santos Discépolo en su tango Cafetín de Buenos Aires, 1948 (con música de Mariano Mores), tenía una capacidad de contención que excedía las meras necesidades gastronómicas.

Escuela de vida, con una familia sustituta como era la barra de amigos; esos amigos que no fallaban nunca. Fue confesionario, sitio de esparcimiento o de citas circunstanciales. Por esos años durante la semana los simpatizantes del turf, palpitaban los resultados de las carreras del domingo en los hipódromos metropolitanos, repasando los datos de revistas especializadas como la “Palermo Rosa” y otras, compartiendo un vermut o saboreando el eterno pocillo; o generándose encendidas polémicas sobre box, fútbol o las formaciones tangueras del momento.

Pero en sus mesas también se gestaron proyectos culturales colectivos que no sólo representaban al barrio sino al mismo café, como los Centros Murgas Café Oriente y Café Iaccarino; ambos legendarios bares del barrio de La Boca.

El historiador Miguel A. Scenna definió el rol del café bar con las siguientes palabras:

“El pocillo y su dudoso contenido no pasa de excusa para algo más, para otra cosa: pasar las horas en blanco, hablar mal del gobierno o del vecino, dar cátedra de fútbol o de vida galante, elevarse a las cimas del ensueño, la poesía o el saber, soñar en voz alta, fugarse por el arco iris de la imaginación del gris monótono de una vida opaca. Los pocillos son apenas broches que aúnan almas, que se derraman hablando hora tras hora con el único fin de escucharse a sí mismas, por eso la mesa del café es tribuna de sabiduría, libérrimo parlamento, panel de controversias, consejo de estado mayor general y escenario de autobombo, todo en uno. Y también simple reducto para no hablar, no pensar, simplemente estar” (1).

La costumbre de “cafetear” nos viene de lejos: España, Italia y Francia, pero recordemos que en algunos de esos reductos (Café De Marco, Café de Los Catalanes) se gestó buena parte de la Revolución de Mayo. No obstante, el calendario es impiadoso y esos nombres pasaron al olvido, reemplazados por otros que en algunos casos sobrevivieron pero en otros fueron sepultados por la memoria popular. Pocos pasaron la prueba del tiempo: el Tortoni (1856), Las Violetas (1884) y algunos que siguen activos en pleno siglo XXI. La pasada centuria generó esa pléyade de bares que hoy están distinguidos como Bares Notables de la Ciudad de Buenos Aires, más de ochenta; a ese grupo pertenece el Varela – Varelita, conocido por los habitués como “El Varela”. Nacido durante el auge del café como lugar de encuentro, en mayo de 2025 cumplió 75 años. Metafóricamente, podemos decir que el Varela cumplió sus bodas de brillantes del pacto de cariño con sus parroquianos.

Está ubicado en una de las esquinas de Scalabrini Ortiz y Paraguay en el barrio de Palermo y sus fundadores fueron un grupo de gallegos (por entonces los ibéricos pisaban fuerte en la gastronomía y almacenes porteños). El nombre se debería a que uno de los socios se apellidaba Varela y junto a él trabajaba un hijo que el barrio lo apodó “Varelita”.

Con el paso de los años, las nuevas generaciones y la frecuentación de turistas extranjeros renovaron la clientela; pero El Varela no perdió nunca su esencia y tal vez allí reside el secreto de su vigencia, a lo que se debe sumar una característica que destacan los frecuentadores: la calidad de la atención que lo viene distinguiendo desde 1950.

Los platos de la casa son los clásicos pero abundantes, además de la tradicional cafetería y los aperitivos. Sus mosaicos ajedrezados en blanco y negro, las sillas de madera y las mesitas de fórmica y madera, remiten a la nostalgia por un Buenos Aires que se fue, pero sobrevive en la tradición y los nombres de esos reservorios de memoria que son los cafés porteños; los que sobrevivieron a los vendavales económicos que castigan particularmente a la gastronomía.

El Varela sigue en pie y con la vitalidad de siempre como sus colegas Tortoni, La Academia, Los Treinta y Seis Billares, Los Angelitos, El Británico y muchos más.

En las mesas del Varela “cafetearon” (y lo siguen haciendo) escritores, cineastas y políticos.

También fue escenario de películas de ficción, cortos documentales y publicitarios.

Además del servicio de mesa, el café cuenta con entrega a domicilio y el tradicional “para llevar”.

Como un mojón de porteñidad, sobre la puerta de la esquina puede leerse: “Café Bar – Varela Varelita – desde 1950”.

1) Scenna Miguel Ángel – Crónicas de Buenos Aires – Los cafés: una institución.

Todo es Historia (Edición Especial) – Buenos Aires, 4/1977.-

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