Costumbres
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Viejos y Nuevos Hábitos
La calificación de las costumbres depende de la subjetividad de cada uno y el uso y hábito de los mismos
Viejos y Nuevos Hábitos

“Todo empezó cuando dejó de usarse el sombrero. Antes, en todos los ascensores, siempre había señores canosos que se sacaban el sombrero en cuanto entraba una mujer. En cualquier piso que fuera. No olvidaré jamás ese ademán en cualquier piso que fuera. No olvidaré jamás ese ademán perfecto, ese dibujo en el aire, esos señores. Aquel gesto total nacía, para mí, de la aristocracia del alma”. El autor de estas líneas es el escritor argentino Isidoro Blanstein, exaltando un discutible o en todo caso limitado concepto de buenas costumbres. Después de otras consideraciones, el hombre remata su reflexión: “Esos sí que eran tiempos, candorosos, ingenuos, cuando no se fumaba delante de la madre, cuando se le daba a la novia el lado de la pared, cuando se respetaba al adversario” (1).

Pero hacer lo contrario en el contexto que describe el narrador ¿representa tener “malas” costumbres? Y por extensión, ¿quién no las practicaba era un mal acostumbrado?. Asunto para el debate sin olvidar que el cuadro descrito pertenece a tiempos pretéritos.

Desde entonces, mucha “buena” y “mala” educación corrió por nuestras calles, transportes públicos, comercios, reparticiones públicas y en el seno de las familias.

Si bien la calificación de las costumbres depende de la subjetividad de cada uno, no cabe duda que ser “bien tratado” aunque es muy gratificante, tiene mucho menos prensa que convertirse en víctima de costumbres desconcertantes, en cualquiera de sus posibilidades.

Un ejemplo de “buenas” costumbres puede ser el que describe el vals peruano “Amarraditos”, de Margarita Durán y Pedro Pérez. Dicha pieza en un clima fuertemente nostálgico, exhibe con orgullo ciertos hábitos que ya estaban superados en la época de su nacimiento (1949):

“Yo saludo tocando el ala de mi sombrero mejor
y tu agitas con donaire tu pañuelo.

. . . . . . . . . .
No se estila, yo sé que no se estila…”

Reconoce sobre el final, el personaje con tristeza.

Sin duda la doble pregunta clave es ¿las buenas costumbres dejaron de existir y los malos hábitos ganaron la partida?

Si restringimos el enfoque sólo a nuestra Buenos Aires, vemos que pese a lo limitado del territorio, no puede existir una sola respuesta; por su característica de metrópoli multitudinaria y “Cabeza de Goliat”, como la definiera Ezequiel Martínez Estrada. Su condición de ser antes de la revolución de internet la principal puerta de entrada de las novedades del exterior, entorpece aún más la pretensión de encorsetar algo tan complejo y dinámico como son las costumbres, en unas pocas líneas.

Pero rememorando un poco nuestro pasado social cuyo cadáver en algunos aspectos todavía está tibio, una primera impresión es que comparándolo con nuestros días, parecería que las malas costumbres tuvieron un avance significativo.

No obstante, si pretendemos acercarnos a una definición aunque sea precaria y limitada, notamos que los diccionarios en general coinciden en calificar la costumbre como una práctica que debido a ser intensamente usada, adquirió fuerza de precepto. O como afirma uno de ellos, se trata de un “Conjunto de cualidades y usos que forman el carácter distintivo de una nación, pueblo, etc.o persona” (2). Esta visión en tiempos de globalización y tiranía mediática, parece irreal y hasta cierto punto, lo es; pero si repasamos un día de nuestra vida en la gran ciudad y aledaños, nos sorprenderemos con la cantidad de “malas” costumbres que nos afectan o practicamos, y que en muchos casos, parece que las tenemos casi naturalizadas.

México 3600 – CABA- Mayo de 1999

El catálogo es interminable, pero algunas clásicas sobreviven desde tiempos remotos, a saber: hacerse los dormidos, mirar fijamente por la ventanilla o meter la cabeza casi dentro del teléfono celular si sube al colectivo o al tren, alguien con un niño pequeño en brazos; la misma jugarreta vale si quien aborda es un anciano o una embarazada. Otra imperecedera es “colarse” en las filas del transporte público, los bancos, o cualquier lugar donde haya que encolumnarse y esperar. La falta de cuidado de los espacios públicos, como si “público” fuera sinónimo de “no es de nadie”, la prepotencia y la violencia ante el mínimo incidente callejero y otros tantos ejemplos lamentables.

Capítulo aparte merecen las violaciones a las normas de tránsito, perpetradas tanto por conductores como transeúntes, y que aumentaron exponencialmente en relación al crecimiento del parque automotor; incluyendo el estacionamiento en cualquier lado o la carga y descarga en lugares y horarios no autorizados, el cruce de semáforos en rojo.

El saludo a los desconocidos al ingresar a un espacio cerrado y el pedido de disculpas ante una macana propia, son otras tantas víctimas del crecimiento de las malas costumbres.

Pero como decían nuestros mayores, “Hay de todo en la viña del Señor”; por eso pretendemos rescatar la contracara de nuestro lado oscuro, que son las buenas costumbres que aún permanecen. En un inventario apresurado podemos incluir por ejemplo, el saludable hábito de reunirnos con amigos o las charlas en los cafés donde se entretejen esos “sueños de pizzería” según los calificó Alejandro Dolina. El café, esa “Escuela de todas las cosas” lo imaginó Discepolín en “Cafetín de Buenos Aires”, un himno al café porteño.

Quien lo haya vivido lo puede ubicar entre las buenas costumbres, pero no pocos padres y madres lo imaginaban como “cueva de malandras”, generador de su reverso, las malas costumbres.

También hoy sobreviven los gestos colectivos solidarios cuando se registra una catástrofe, el plato de comida generoso al que está desvalido para conseguirlo, o las nuevas buenas costumbres que incluyen la creciente toma de conciencia sobre la violencia de género y los derechos a la identidad sexual, como el matrimonio igualitario. Una forma de equilibrar la balanza, si preferimos verlo así.

Mafalda

De todos modos, las buenas o malas costumbres no son patrimonio exclusivo de ésta época; en todos los tiempos coexistieron ambas caras de la misma moneda, la vida. Cada momento histórico y las tradiciones o la falta de ellas en cada pueblo, fijaron los patrones de conducta que luego se transformaron en costumbres. Lo que ayer fue bueno, hoy en muchos casos devino en su negación. A veces para bien o viceversa.

¿La Biblia junto al calefón? Tal vez. Las respuestas son infinitas, que es como decir no existen.

1) Blastein, Isidoro – Clarín – Buenos Aires – 31-12-88
2) Gran Diccionario Salvat – La Nación – Tomo I – Barcelona – 1992

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