El lunfardo, como hoy llamamos al lenguaje popular de Buenos Aires, responde a necesidades sociales, ecológicas y ambientales de una ciudad cambiante. Un invento y reinvento de los sectores más marginales, para comunicarse entre ellos.
La cabeza que se parte y se fragmenta y del paladar que arrastra la sequedad de haber rumiado por días estribos de bronce. La victima del insomnio deviene en un zaparrastro, un botarate aletargado incapaz del descanso del sueño.
En casa lo recordamos siempre. Una canción en ritmo candombe: Crece desde el pie, nos dice con su letra de una gran profundidad que no hay revoluciones tempranas porque ellas crecen desde el pie, o sea, desde el pueblo.
Volviendo al sifón, era mágico tratar de servirse soda en un vaso. La palanca del cabezal no tenía término medio y apretarlo tenía sus decibeles, si se hacía con fuerza un chorro sonriente iba camino a mojar todo a su paso.
Argentina es un mosaico de terroirs capaz de dar vinos de nivel mundial. O como diría yo: “Descubrir un Cabernet Franc argentino es como encontrar la voz poética de un viñedo que siempre estuvo ahí, esperando su momento para brillar”.