Al Pie de la Letra
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Anticipar el Dolor
Relato de Pablo Diringuer nos dice que "¡La libertad es lo que nos marca el camino de pasarla mejor!"
Anticipar el Dolor

Mientras tanto el planeta Tierra gira alrededor de ese Sol, que calienta un poquito más que antes y las capas protectoras de ozonos o lo que fuese se relajan y parecieran decirnos: -«Arréglenselas como puedan» o ¡¿Por qué no nos morimos todos?!

Anticipar el Dolor
¿Por qué no nos morimos todos?

Día martes, antesala del invento societario de «Semana Santa». Hora 14,30 sobre la avenida Roque Sáenz Peña al 700, casi calle Florida, y un chabón de unos treinta años con unas bolsitas que vendía a la intemperie de la vida, y ante la desazón de los frutos de su esporádico resultado, vociferaba al viento que fuese: ¡Por qué no nos morimos todos! ¿¡Qué estamos esperando!?… ¡Recalienta la polenta y el Sol, cada minuto, cada sonrisal que nos especula, que nos dice escalones del devenir rápido o inexperto de oportunidades y la respuesta es…! «Seguí esperando que… lo bueno va a llegar… es… un simple número al orden de la fila, que ya, te va a tocar»!

 La torta de chocolate prometida por el festejo que sea, ya fuese éste, por un nuevo año de edad o un fin de años con cañitas voladoras, o un cualquier aniversario de lo que resultare, provoca la ira de quien se ha sentido un simple pétalo a punto de disecar en las arenillas de miles de hectáreas y los aguiluchos abrazaran leguas desde el penumbroso cielo sin respuestas abarcadoras en la esperanza.

Luego el muchacho de tres décadas de existencia, reitera a la muchedumbre pasajera de vida: ¡Por qué no nos morimos todos! y acto seguido ofrece bronceando sus muñecas al sol esos polietilenos llenos de bombachitas protectoras nasales de virus, y tal vez, alguna moneda tocase el fondo de la ambigüedad oportunista de vida.

Mis ojos destilan pantallas de cines, obras de teatro en vivo y en directo y sólo atino a registrar en mi filmadora cerebral y retiniana, ese volumen completamente audible a mi persona que detesta la desigualdad. En esa especie de tilde gestual y de hecho de mi parte, una jovata -tal vez jubilada moderna de ingresos totales- me dice casi al íntimo alcance de sonido: -¡No te dejes confundir, a todos estos les gusta que despachemos monedas aunque después lagrimeen al pie del patíbulo que los vio nacer, y encima, nos quieren hacer cómplices de su visión sesgada de realidades! ¿Acaso, si tenés esfuerzo constante no lográs el objetivo de vivir como te merecés? «¡La libertad -repetía a todo pulmón- es lo que nos marca el camino de pasarla mejor!»…

La vieja se retira impertinente, a pasos complacidos del mensaje esputado, y para un taxi y sus perfumes terminan de esparcirse en la intemperie, y ya, dentro del habitáculo taxímetro, convencen al taxista de turno que asiente complacido de sus dichos.

Yo sigo allí, sobre la avenida Roque Sáenz Peña y los ecos casi desesperados del emisor-vendedor de… reflexionados días gastados al respirar, una vez más, acompañan su aliento volcado de rasguñar lamentos: -¡Gracias por escucharme… si nos morimos todos -dice- yo no tendré que gritar para vender cualquier cosa, y ustedes no tendrán que acelerar el paso porque sí, porque ese «jefe» esté apurado por acrecentar su cuenta bancaria y dependa que taconee ese zapato para llegar a horario y que la tarjeta marcase el punto exacto de la presencia secretarial!

Un policía aparece, y tras su implacable presencia, una especie de escoba barre la impertinencia de ese vendedor de papeles chupadores de mocos y -lo que es más diagnosticador- nadie se muere de manera inmediata o simplemente unos pocos sorprendidos ante el descuido pasan a mejor vida en cualquier ignoto espacio del globo.

Mientras tanto el planeta Tierra gira alrededor de ese Sol, que calienta un poquito más que antes y las capas protectoras de ozonos o lo que fuese se relajan y parecieran decirnos: -«Arréglenselas como puedan», y esos ojos invisibles desde las alturas nos observan los serruchos cortadores de árboles y los plásticos envolvedores de cosas y las aguas putrefactas de cacas y venenos, y aquí, sobre el epitelio terrestre, allí, a metros del obelisco de la ciudad, ese jovenzuelo de treinta años empujado por un miserable policía porque vendía papeles chupadores de mocos y decía a quien quisiera escucharlo: ¡¿Por qué no nos morimos todos?!

Por Pablo Diringuer

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