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“Cantaba yaravíes, vidalas, zambas, tristes del norte y estilos del sur. Y todo lo cantaba con propiedad, dándole a cada tema su verdadero carácter, su cabal sentido”. (…) Ese cantor se llamaba Juan Carlos Franco”

Juan Carlos Franco: El Defensor Preso por Defender
El 6 de septiembre de 1930 el general (R) José Félix Uriburu depone al presidente constitucional Hipólito Yrigoyen. El líder radical había asumido su segunda presidencia dos años antes, pero la crisis financiera mundial comenzada en Estados Unidos en octubre de 1929, golpeó duramente a nuestro país, cuyo principal ingreso de divisas dependía de las exportaciones agropecuarias. La fuerte caída de las ventas externas, sobre todo a Gran Bretaña, contrajo duramente la economía local. Comenzó a declinar la recaudación impositiva, se atrasaron los sueldos de los trabajadores estatales, aumentaron la desocupación y las quiebras de empresas. En un intento por evitar la fuga de oro, el gobierno cerró provisoriamente la Caja de Conversión (el Banco Central aún no existía), frenando la compra especulativa de ese metal, que tenía valor de cambio mundial y respaldo de nuestro peso; fue una suerte de “corralito”. La situación social se enrarece. Los partidos políticos opositores junto a estudiantes y la mayoría de la prensa, hacen cargo a Yrigoyen por la crisis. También en los cuarteles hay inquietud. Las manifestaciones opositoras se suceden a diario, mientras el presidente envía al Congreso de la Nación un proyecto para nacionalizar el petróleo y entabla negociaciones con la Unión Soviética para comprar combustibles en condiciones ventajosas para nuestro país. Desde entonces se ha dicho que la asonada golpista tuvo “olor a petróleo”. Cierto o no, lo real es que el golpe se concretó aquel fatídico 6 de septiembre de 1930.

El Presidente Hipólito Yrigoyen es obligado a
embarcar hacia la Isla Martín García.
Dictadura y Anarquismo
Uriburu estableció una dictadura feroz. Mediante la Ley Marcial, penó con la muerte cualquier actividad considerada “subversiva”. La represión más dura cayó sobre anarquistas, comunistas y radicales yrigoyenistas. Disolvió el Congreso Nacional, depuso a los gobernadores radicales, intervino las universidades, creó la Sección Especial de la Policía de la Capital y la picana eléctrica se convirtió en un símbolo del poder dictatorial. Su gabinete fue integrado por hombres de la más rancia oligarquía, garantizando la vuelta al poder político de los sectores derrotados por el radicalismo en 1916. Su sueño: reemplazar la democracia liberal por un unicato basado en corporaciones, al estilo mussoliniano. Yrigoyen fue detenido y enviado a la isla Martín García, falleciendo en 1933.
A su vez, existían distintas corrientes anarquistas y entre ellas, las que practicaban la lucha armada. Se trataba de grupos reducidos pero muy activos. Entre ellos el referenciado en el español Buenaventura Durruti; que en los años ‘20 perpetró en Buenos Aires varios asaltos sangrientos. Se los llamó “anarquistas expropiadores”, ya que el objetivo era obtener fondos para financiar propaganda, adquirir armas y ayudar a presos políticos. El vértigo de las acciones llevó a varios a la cárcel, otros murieron en enfrentamientos y algunos como Durruti, cayeron en combate durante la Guerra Civil Española.
La represión uriburista y los fracasos políticos hicieron languidecer al movimiento, que a mediados de la década de 1930 estaba muy reducido.
Entre los libertarios más célebres en nuestra tierra, figura Severino Di Giovanni. Italiano, desembarcó en Buenos Aires en 1923 con 22 años y su esposa Teresa Mascullo, con la que llega a tener tres hijos. Obrero gráfico, se las arregla para cumplir con el empleo y difundir su ideología. Crea el periódico “Culmine” (escrito en italiano, impreso y distribuido por él mismo), destinado a sus paisanos inmigrantes.
Comenzó a ser conocido en el ambiente ácrata por sus posturas violentas, que lo enfrentaron a los sindicalistas y a los círculos más teóricos.

Entre los libertarios más célebres en nuestra tierra, figura Severino Di Giovanni.
La campaña mundial por la libertad de los anarquistas italianos Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti condenados a muerte en Estados Unidos en 1926, en nuestro país entre las acciones de repudio, se destaca el estallido de una poderosa bomba en la puerta de la embajada norteamericana. Tal hecho pone a Di Giovanni bajo la lupa policial, ya que contaba con antecedentes como agitador en Italia y en Buenos Aires, los Hombres de Orden Social lo tenían “fichado” por su intensa militancia. Es detenido y liberado por falta de pruebas, pero el 23 de agosto de 1927, Sacco y Vanzetti son ejecutados. Desde varios días antes, los gremios anarquistas decretan paros y se realizan actos masivos en Plaza Once, Constitución y Plaza Lorea.
Los estallidos de artefactos de distinta potencia sacuden la ciudad y decenas de libertarios son detenidos, pero Di Giovanni no. Su casa es allanada sin resultados.
Entre sus colaboradores más cercanos figura Paulino Scarfó, un compañero que lo seguirá hasta el final.
Siguiendo su trayectoria dinamitera, el italiano detona bombas en los salones del City Bank y del Banco de Boston en la zona bancaria porteña con varias víctimas inocentes y hasta el jefe de Investigaciones de la Capital, comisario Eduardo Santiago, sufre un atentado del cual resultó ileso, aunque la casa sufrió enormes daños. No obstante, el punto de inflexión para Di Giovanni y su grupo, fue el atentado al consulado italiano en mayo de 1928. El saldo fue nueve muertos y decenas de heridos; y desde ese momento las fuerzas de seguridad no dejaron de buscarlo.
Al margen de las críticas que su accionar generaba entre los libertarios políticos y sindicales, la bomba en el consulado impresionó a la numerosa colectividad italiana; incluyendo a los antifascistas y críticos de Mussolini.
Aún así, se las ingenió para asestar nuevos golpes, hasta que el asalto al poder por el
Ejército en septiembre de 1930, estrechó el cerco sobre los libertarios. El 10 de septiembre en Rosario es fusilado el obrero catalán Joaquín Penina por repartir volantes contra la dictadura y poco después en Mendoza, es ejecutado el anarquista Pedro Iscazatti.
Todo el aparato represivo busca a Di Giovanni. La policía lo ubica en la zona de
Congreso (Centro porteño) saliendo de una imprenta. Escapa cubriendo la retirada a balazos, pero en el tiroteo mueren una niña, un policía y otro es herido. Se registra una persecución de varias cuadras registrándose decenas de disparos y al verse acorralado, el anarquista se pega un tiro en el pecho, pero sobrevive.
El gobierno de facto lo necesita vivo para juzgarlo ya que era el hombre más buscado del país. En allanamientos posteriores son detenidos Paulino Scarfó y la hermana de éste, América Scarfó; compañera de vida y militancia de Di Giovanni. Otros dos miembros del grupo mueren al intentar romper el cerco policial sobre la vivienda del líder en Burzaco (provincia de Buenos Aires).

Juan Carlos Franco, desterrado en Paraguay,
defensor del anarquista Severino Di Giovanni
La Defensa Inesperada
Aceleradamente y con mucha difusión pública, se forma el Consejo de Guerra para juzgar a los hombres. América permanece un mes detenida ya que no puede probarse su relación con los atentados y al ser menor de edad, es entregada a su madre. El 30 de enero de 1931 el Consejo de Guerra se constituye en la Penitenciaría Nacional de la avenida Las Heras y se designa como defensor oficial de Di Giovanni, al teniente primero Juan Carlos Franco. Comienza el juicio y a la hora de los alegatos, el fiscal pide la pena de muerte. La sorpresa se produce cuando el defensor Franco (que no es abogado) toma la palabra. Para asombro del tribunal militar, comienza por negar la validez de éste y entre otros sólidos argumentos legales, afirma: “La ley marcial sólo está prevista en los casos de conmoción interna grave de guerra o de grandes desastres públicos que pongan en peligro la estabilidad social. La Argentina no está en el caso de una guerra. Desde La Quiaca hasta Tierra del Fuego y desde el Atlántico a Las Cuevas, el orden es una realidad claramente perceptible. No se justifica pues, la aplicación de la ley marcial” (1). Denuncia procedimientos en el juicio como viciados de nulidad (incluyendo policías actuantes en la persecución, citados como testigos) y la ausencia de peritajes sobre el arma de Di Giovanni que probaran su responsabilidad en la muerte de la nena. Finaliza su alegato pidiendo que no se aplique la ley marcial, ante la indignación de los miembros del tribunal que no comprenden cómo un joven oficial se atreve a desautorizar a sus superiores. El improvisado abogado Franco se había tomado en serio la defensa.
El fallo era previsible: pena de muerte a cumplirse horas después. Franco apela la sentencia pero es rechazada. Al condenado le permiten despedirse de la madre desus hijos, de su compañera América y los hijos. También de su camarada Paulino Scarfó. A las cinco de la mañana del 1° de febrero de 1931 es fusilado en el patio de la Penitenciaría Nacional. Un día después es ejecutado Paulino Scarfó en la misma prisión.

Cuando el defensor Franco intenta retirarse después de la ejecución de Di Giovanni, es detenido por efectivos militares y trasladado a un cuartel. Mediante decreto presidencial se lo despoja de su condición militar y permanece más de un mes
detenido. Buscando a alguien que interceda ante las autoridades, se dirige a su padre, a amigos influyentes en la política conservadora y en todos los casos alega lo mismo: ”Todo fue a raíz de la defensa que hice de Di Giovanni, un anarquista que me mandaron defender. (…) No soy político, soy un ex soldado, tal vez merezca esa consideración” (2). A punto de ser enviado al penal de Ushuaia, a fines de marzo le permiten exiliarse a Paraguay, adonde se dirige con su familia.
Sobrevive como periodista y rechaza luego un ofrecimiento del Ejército para reintegrarse a la Fuerza.
Un año después y con el radicalismo proscripto, asume la presidencia de la Nación el general Agustín P. Justo, quien decreta la reincorporación de Franco al Ejército
Argentino, recuperando el grado que tenía al momento de la baja.
Franco además de militar, también era guitarrero y poeta.
Un nostálgico recuerdo de aquel hombre múltiple, lo conservó Atahualpa Yupanqui: “Conocí hace muchos años a un cantor que tenía leyenda y paisaje detrás de su voz.

Cantaba yaravíes, vidalas, zambas, tristes del norte y estilos del sur. Y todo lo cantaba con propiedad, dándole a cada tema su verdadero carácter, su cabal sentido”. (…) Ese cantor se llamaba Juan Carlos Franco. Era tucumano y en aquellos
tiempos revistaba en el Ejército Argentino. (…) Hábil en la guitarra, buscaba en el instrumento los caminos del encantamiento. Y escribió versos. Y compuso vidalas inolvidables” (3).
Extraño cruce de destinos en aquella encrucijada histórica: el anarquista Di Giovanni,el militar defensor Juan Carlos Franco y la amistad de éste último con Don Atahualpa Yupanqui.
1) Bayer Osvaldo – Severino Di Giovanni – Ed. La Página S.A. Buenos Aires, 2009.-
2) Cavaleri Paulo – El defensor de Di Giovanni -Todo es Historia N° 334 – Bs. As. Mayo 1995.-
3) Yupanqui Atahualpa – El Canto del Viento – Ediciones Honegger – Buenos Aires, 1965.-
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