Identidades
En la actualidad en Argentina y de acuerdo a informaciones oficiales, en 2024 nuestras bodegas exportaron vinos Malbec por 400 millones de dólares. No es un dato menor si consideramos que en ese mercado mundial cuenta con competidores de fuste de otros países.

El Malbec
“El espíritu, el vino de la tierra,
Busca en cada vasija al propio dueño…”
(Omar Khayyám – Persia – Siglo IX)
La metáfora que precede éstas líneas nos habla de la universalidad del “néctar de los dioses”; desde la Antigua Grecia, pasando por el mundo latino y hasta el (entonces) Oriente lejano, el vino en un enorme abanico de sabores y calidades, derramó sus virtudes y lo sigue haciendo en infinitos paladares.
El Malbec que hoy nos ocupa, se comenzó a cultivar en la región de Cahors, a unos 500 kilómetros de París. Y es pariente de la cepa Merlot. Las primeras vides pero con otras características, habrían sido llevadas por los conquistadores romanos a la actual Francia durante el siglo II.
Durante el Medioevo hubo muchas idas y vueltas en materia de vinos en Europa, pero el Malbec de Cahors triunfó en el continente y también en la naciente Inglaterra.
No obstante, la decadencia del demandado Malbec francés se habría iniciado durante el siglo XVIII, cuando una plaga arrasó miles de hectáreas de cultivos.
Así fue que los vitivinicultores que trabajaban esa cepa, emigraron hacia vides menos expuestas a los parásitos. Así fue que la producción de ese mismo vino francés entró en un cono de sombra.
Paralelamente, la Iglesia Ortodoxa Rusa en el mismo siglo adoptó el Malbec para oficiar la Santa Misa.

Volviendo a nuestro país y a comienzos del siglo XX, ese vino tan especial arraigó con sello propio en el terruño mendocino. Se cuenta que en 1853 llegaron a esa provincia procedentes de Chile, las primeras plantas de Malbec.
La emblemática variedad habría desembarcado en el país trasandino desde Francia, pero también durante muchos años la cepa transitó países y culturas con suerte diversa, hasta arraigarse en nuestro suelo y mediante distintas bodegas, convertirse en un producto cuya identidad argentina es especialmente valorada en el extranjero. Cincuenta años más tarde, un sector muy importante de la superficie cultivada correspondía a la cepa Malbec. Luego de ese pico exitoso sobrevino una caída de la demanda y en consecuencia, de la producción. Las razones son múltiples. Cambios de hábitos de consumo, crisis económicas que redujeron la demanda, aumento de la competencia y otros factores.
No obstante, el siglo XXI encuentra a distintas bodegas experimentando en la búsqueda de otros vinos que agraden a los paladares de un mundo globalizado, contratando más especialistas que incorporan experiencias y métodos novedosos.
De esa vivisección vitivinícola surge la conclusión que Malbec podía ser la clave para alcanzar un sitio de preferencia en el mercado mundial.
Veinte años después de aquel salto de calidad, la cepa en que se basa el Malbec ocupa más de 50.000 hectáreas cultivadas en varias zonas de nuestro país.
El estudio minucioso de los enólogos sobre las influencias de la diversidad de nuestros climas en la cepa, definió una amplia y selectiva oferta de esos vinos.
En la actualidad en Argentina y de acuerdo a informaciones oficiales, en 2024 nuestras bodegas exportaron vinos Malbec por 400 millones de dólares. No es un dato menor si consideramos que en ese mercado mundial cuenta con competidores de fuste como Chile, que cultivó las primeras cepas; pero también salieron al ruedo Estados Unidos y por supuesto Francia, nación pionera que se recuperó de más de una plaga y otros avatares y hoy sigue con fuerte presencia en el universo gastronómico del mundo.
El Malbec argentino en todas sus variedades es considerado por los sectores involucrados en su producción y consumo, el vino más representativo de nuestro país, ya que su cepa se cultiva en 17 provincias argentinas. Ese número trasladado al mercado mundial, representa una clientela de 117 países.

De la presencia de ese producto en las tradiciones vitivinícolas argentinas y en nuestra economía, da fe la creación del 17 de abril como Día Mundial del Malbec, establecido en nuestro país para conmemorar la fundación de la Quinta Normal Agronómica de Mendoza – como se ha dicho – en 1853. El emprendimiento llegó de Chile de mano del francés Michel Pauget a instancias de Domingo Faustino Sarmiento. La intención del sanjuanino al contratar a ese especialista fue reproducir en nuestra tierra, la cepa que hasta entonces se cotizaba muy bien en Europa, cuyos vinos franceses satisfacían los paladares más exigentes del continente.
Resumiendo, no olvidemos que más allá del nombre de origen galo, nuestro Malbec se ganó con creces la identidad argentina.
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