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La defensa de los derechos humanos alcanza a todas las personas sin distinción. Pero la experiencia histórica demuestra que algunos grupos, por la discriminación acumulada, requieren una protección reforzada. Entre ellos, las personas con discapacidad.

La Discriminación se Construye a la Vista de Todos. La Historia ya nos Mostró el Costo: No Seamos Parte
La discriminación no surge de manera abrupta. Se construye lentamente, en gestos cotidianos, en silencios, en miradas que excluyen, en políticas que omiten, en instituciones que justifican. La historia demuestra que los peores horrores se gestan cuando una sociedad naturaliza que algunas vidas valen menos que otras.
El Holocausto es el ejemplo más extremo y devastador de esa maquinaria de exclusión. Sin embargo, antes de la persecución sistemática al pueblo judío y a otros colectivos, el régimen nazi inauguró su política de exterminio sobre las personas con discapacidad. Saul Friedlander documenta que “la deshumanización comenzó con la construcción de vidas sin valor, vidas que el Estado podía disponer” (Friedlander, 1997, p. 45, Norton). Ese primer ensayo del exterminio no fue casual: fue posible gracias a la desidia social y a la aceptación silenciosa de un discurso que patologizaba y descartaba.
Hannah Arendt, en su análisis de la burocracia del odio, advirtió que “el mal prospera cuando quienes deben pensar dejan de hacerlo” (Arendt, 1963, p. 89, Viking Press). Esa frase no pertenece solo al pasado: interpela nuestro presente.
Derechos Humanos Para Todas las Personas: Un Deber Reforzado
La defensa de los derechos humanos alcanza a todas las personas sin distinción. Pero la experiencia histórica demuestra que algunos grupos, por la discriminación acumulada, requieren una protección reforzada. Entre ellos, las personas con discapacidad.
La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad —incorporada a nuestro derecho interno mediante Ley 26.378— afirma que “la discapacidad surge de la interacción entre la persona y las barreras que impiden su participación plena y efectiva” (CDPD, 2006, art. 1, ONU).
Esto significa que la exclusión no está en el cuerpo: está en las estructuras, en los prejuicios y en la falta de apoyos necesarios.
Paul Longmore señala que “las narrativas eugenésicas no desaparecieron; se transformaron en políticas de silenciosa omisión y en prácticas de exclusión presentadas como racionales o necesarias” (Longmore, 2003, p. 112, Temple University Press).
La discriminación ya no se expresa con discursos abiertos de odio, sino con recortes, burocracia, negación de prestaciones, falta de accesibilidad y ausencia de políticas inclusivas.
La Responsabilidad Social Frente a la Desidia
Es imprescindible recordar que un disparador del exterminio nazi fue justamente la desidia social: el abandono moral que permitió que el Estado decidiera quién era digno de vivir y quién no. Friedlander advierte que “el peligro no comienza con la violencia, sino con la indiferencia” (1997, p. 71).
Hoy, esa misma indiferencia se expresa cuando se naturalizan vulneraciones:
– una obra social que no entrega una medicación esencial,
– un Estado que posterga políticas de inclusión,
– un empleador que descarta a una persona por su condición,
– una institución que mira para otro lado.
No son hechos comparables al Holocausto, pero sí son señales de una lógica social que sigue considerando prescindibles a quienes requieren más apoyos.

Evitar Repetir la Historia: Una Obligación Jurídica y Moral
Proteger los derechos de todas las personas es una obligación del Estado, derivada de la Constitución Nacional, de los tratados internacionales y de la normativa vigente: Ley 22.431, Ley 24.901, Ley 26.378 y Observación General N.º 6 del Comité de la CDPD, que establece que la falta de accesibilidad, la negación de apoyos o la cobertura insuficiente constituyen discriminación directa (ONU, 2018, p. 12).
Pero más allá del marco jurídico, existe un deber que no puede ser delegado: la obligación moral de no ser parte de la construcción social de la discriminación.
Recordar el Holocausto no es repetir una historia dolorosa; es advertir qué sucede cuando la sociedad deja de reconocer al otro como igual.
La discapacidad fue una de las primeras víctimas de aquella desidia.
Por eso, evitar repetir esos patrones no es una opción: es un compromiso ineludible.

Conclusión: No Ser Parte
La discriminación se construye. Se instala. Se sostiene en la vista de todos.
Y la única forma de frenarla es reconocer ese proceso y actuar.
Porque la historia ya mostró que la indiferencia puede abrir las puertas al peor de los caminos.
Y porque la defensa de los derechos de todas las personas —y especialmente de quienes viven con discapacidad— es la medida más clara de nuestra humanidad.
No seamos parte.
Marcela Noemí Augier Abogada
Doctorando en Discapacidad – Universidad Favaloro
Diplomada en Derechos Humanos OEA
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