Al Pie de la Letra
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Sensaciones y Tremendas Ganas en ese Principio
Relato de Pablo Diringuer que evoca una época en donde nos encontrábamos solos y tristes en este mundo abandonado
Sensaciones y Tremendas Ganas en ese Principio

Poco a poco ese gusto desoído de las nuevas generaciones comenzaba a virar; la fuerza de la inquietud inquietó al uniforme de color y de hecho. Ya no fue lo mismo, cuestionar y cada vez con volumen más alto comenzaba a ser casi una moneda corriente.

Los Gatos

Sensaciones y Tremendas Ganas en ese Principio
Saltar abismos… o casi… Primeros pasos en donde un inédito blazer azul y pantalón gris trastocaron mi vestimenta blanca y…  simplemente fue como vaporizado hacia el fondo del plackard o hacia alguien que me sucedió en años. Hasta podría decir que lavó mi cara y, una pequeña sombra cada vez más espesa -pero sombra al fin- brotó en ese desierto hasta entonces lampiño, y lo pobló raleadamente de brotes, presagios de cambios, de clicks; de puntos inconscientes de inflexión en donde lo parecido dio paso a lo nuevo y lo nuevo dio cabida a lo plural porque una sola cosa nunca era todo y todo sonaba inmensamente especial y atractivo como para explayarme en el infinito de la disconformidad.

Humo de tabaco y papeles milimetrados salidos de filtros marrones o blancos; paquetes de cigarrillos de todos los colores; veinte cigarrillos o uno y el kiosquero que sonreía como cómplice o compinche del primer año del colegio secundario. Y las chicas compañeras y no, solamente miradas tímidas y no, presagios de diálogos que no sucedían pero que podían suceder.

 A la mañana la radio, aquella con envoltorio acartonado de un pseudo cuero marrón y que, a través de ese pequeño parlante casi sin eco, las noticias del día o de la noche anterior y, entre hecho y hecho, alguna música, algún viejo cantante tradicional de tangos o… imprevistamente lo nuevo; lo impactantemente novedoso y en castellano.

Se comenzaba a dejar de lado al archiconocido «Club del Clan» con Palito Ortega a la cabeza y aparecía el desparpajo de un tablero pateado adrede en donde las piezas de ese ajedrez ya no mandaban más al frente a los peones. El juego comenzaba a cambiar y la hipocresía de los reyes sobre su anhelado triunfo con bienestar dio paso a unos nuevos personajes que ya no la jugaban de peones; es más, hasta un cierto séquito de asombrados buscadores añoraban esos instantes de inflexiones confusas, quizás reprimidas por el viejo Poder de antaño. Y entonces las lociones de los bulbos pilosos embadurnaron las cabezas por fuera y una cierta especie de oxígeno ecológico natural mental por dentro movieron esos espacios arrinconados en los cerebros de los disconformes. Aparecieron de tal manera, esos pelos largos y pensamientos libres y una de sus primeras manifestaciones fue la música, y los estudiantes mezclados con los libros, intercalaban los vinilos; chicos o grandes; no importaba, poco a poco ese gusto desoído de las nuevas generaciones comenzaba a virar; la fuerza de la inquietud inquietó al uniforme de color y de hecho. Ya no fue lo mismo, cuestionar y cada vez con volumen más alto comenzaba a ser casi una moneda corriente; como esas nuevas canciones, salidas de ese pequeño parlante de esa radio de cuero acartonado marrón, en donde un grupo de rock argentino llamado «Los Gatos» cantaba en nuestro idioma, una canción que decía que estábamos muy solos y tristes en este mundo abandonado.

Por Pablo Diringuer

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