Testimonio, Conciencia y Reflexión
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El Eterno Retorno de la Discordia
¿Por qué la Paz Sigue Siendo un Espejismo en el Horizonte Humano? reside en la psicología del ego y la inseguridad frente a la otredad
El Eterno Retorno de la Discordia

Que el deseo de paz sea, de ahora en adelante, nuestro único norte, nuestra más alta ambición y nuestro refugio más sagrado. La paz comienza en el momento en que permitimos que el corazón del otro habite en el nuestro sin discordias.

Ada Noemí Zagaglia

El Eterno Retorno de la Discordia: ¿Por qué la Paz Sigue Siendo un Espejismo en el Horizonte Humano?
Desde las llanuras de la antigua Mesopotamia hasta los confines digitales de nuestra era, la historia de la humanidad parece haber sido escrita con el mismo tintero de sangre y ambición. Nos preguntamos, con una mezcla de cansancio y esperanza, por qué la paz no logra echar raíces permanentes en el suelo de nuestra civilización. Como bien decía Jorge Luis Borges: “El pasado es arcilla que el presente labra a su antojo”, y al labrar nuestra memoria colectiva, descubrimos que la paz no es la ausencia de conflicto, sino una armonía que aún no hemos aprendido a dirigir.

Paz – 2009 – Picasa-

Una de las razones más insidiosas y profundas de esta fragmentación reside en la psicología del ego y la inseguridad frente a la otredad. En los pasillos del poder y en la cotidianidad de las relaciones humanas, surge un fenómeno devastador: el temor a la excelencia ajena. Muchos individuos, al sentirse intimidados por el conocimiento vasto o el poder ético de otro, experimentan una disminución de su propia valía. En lugar de la admiración, nace el celo; en lugar de la colaboración, surge el hostigamiento.

Se «bardea» al que brilla porque su luz revela las sombras propias. Como señaló acertadamente Arthur Schopenhauer: “En este mundo, la envidia es el enemigo de la paz”. Cuando el talento o la sabiduría del prójimo se perciben como una amenaza, el puente del diálogo se dinamita y el otro deja de ser un semejante para convertirse en un enemigo a batir. Este resentimiento, escalado a nivel de naciones, se traduce en guerras preventivas y propaganda de desprestigio que busca aniquilar la autoridad moral del adversario.

Sin embargo, la arquitectura de la guerra se sostiene sobre otras columnas igualmente sólidas y trágicas:

La trampa de la identidad excluyente. El filósofo Amin Maalouf advierte sobre las «identidades asesinas».

Por la Paz Latinoamericana – 2007 – Juan Carlos Ñañake Torres

Cuando definimos quiénes somos basándonos exclusivamente en la diferencia —religión, raza o nación—, el «otro» se vuelve automáticamente un extraño peligroso. La historia nos ofrece el ejemplo verídico de la Guerra de los Balcanes en los años 90, donde vecinos que compartieron décadas de convivencia se tornaron verdugos mutuos debido a la manipulación de narrativas identitarias.

La economía de la escasez y la codicia. El control de los recursos naturales sigue siendo el motor de la infamia. Desde el colonialismo histórico hasta las tensiones actuales en el Mar de la China Meridional por rutas comerciales y yacimientos, el deseo de posesión sobrepasa la voluntad de concordia. León Tolstói, en su búsqueda de la no violencia, afirmaba en «Guerra y Paz» que las grandes catástrofes suelen ser el resultado de una suma de voluntades egoístas que olvidan la interconexión humana.

La paradoja de la seguridad. El realismo político postula que para mantener la paz debemos prepararnos para la guerra. Esta desconfianza sistémica genera una carrera armamentista infinita. El ejemplo de la Guerra Fría, con su Doctrina de Destrucción Mutua Asegurada, es la prueba de que el mundo a menudo prefiere una paz basada en el terror que una paz basada en la confianza.

A pesar de este panorama, la literatura y la historia también nos enseñan que el corazón humano posee una capacidad de resiliencia y bondad que desafía cualquier lógica bélica. Si bien el miedo al conocimiento del otro puede generar odio, es el conocimiento profundo del otro el que genera el amor. La verdadera revolución no es la de las armas, sino la de la sensibilidad.

Albert Camus escribió en medio de la oscuridad de la ocupación: “En medio del invierno, aprendí por fin que había en mí un verano invencible”. Esa es la semilla de la paz: el reconocimiento de que, a pesar de nuestras inseguridades y de la sombra de la envidia, compartimos una misma fragilidad y un mismo anhelo de trascendencia.

La Paz es Difícil, Pero Posible

La paz es posible cuando decidimos que la luz del otro no apaga la nuestra, sino que ilumina el camino común. Es un acto de valentía rendirse ante la bondad, deponer las armas del juicio y abrazar la vulnerabilidad. Miremos a nuestro alrededor no con el ojo del competidor, sino con el alma del hermano. Porque al final del día, cuando el estruendo de los conflictos se apague, lo único que quedará será el eco de los gestos de amor que fuimos capaces de sembrar. Que el deseo de paz sea, de ahora en adelante, nuestro único norte, nuestra más alta ambición y nuestro refugio más sagrado. La paz comienza en el momento en que permitimos que el corazón del otro habite en el nuestro sin discordias.

Ada Noemí Zagaglia. Derechos Reservados de Autora por el Tratado de Berna  

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