Al Pie de la Letra
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Desdén
Relato de Carlos Balbi
Desdén

El hidalgo señor del castillo miraba abstraído el fuego que calentaba la gran sala del primer piso. Su cuerpo descansaba sobre el sillón preferido, de alto respaldo, y sus piernas, calzadas con botas de cuero tierno y suave, se alargaban hacia el hogar. Era una tarde de otoño. La luz del Sol, rozando los cortinados de las enormes puertas vidriadas que daban a balcones barrocos, aún entraba en el ambiente alcanzando a iluminar el severo perfil del hombre. 

Una joven mujer entró de prisa y se acercó a uno de los ventanales, apoyó ambas manos en los cristales biselados y miró hacia fuera buscando algo. Lucía un peinado alto y ropa de viaje. El señor no se movió de su silla, ni siquiera la miró. Ella, encandilada por el sol, no notó su presencia y quedó un momento mirando hacia el camino que dividiendo simétricamente al jardín francés terminaba en una explanada frente a la escalinata de piedra; pero a pesar de que era la hora acordada no vio lo que ansiaba ver. Se apartó con un gesto de desagrado dirigiéndose a un pequeño escritorio en un extremo del salón. Se sentó; con los codos sobre el tablero y la cabeza entre las manos parecía estar abismada en sus pensamientos. Permaneció un rato en esa postura y luego comenzó a escribir. Al final de cada párrafo se detenía, cavilaba y retomaba la escritura. De pronto oyó el rumor de ruedas y cascos de caballos que se aproximaban. Se levantó de la silla y se dirigió precipitadamente hacia una de las grandes ventanas. Esta vez sí vio a lo lejos la berlina que se acercaba al castillo. Entonces corrió hacia las escaleras, bajó, atravesó el portal de entrada y sólo interrumpió su carrera sobre un escalón de piedra de la escalinata en el que había unas maletas; esperaba a que el carruaje se acercase y se detuviera delante de ella sobre el pedregullo del patio. Ya estaban convenidas las postas donde comer y alojarse. Ella presintió que los varios días de viaje y el traqueteo del coche serían fatigosos, no obstante la ilusión de una nueva vida lo harían placentero.

El hidalgo caballero ignoró el ajetreo de su joven esposa, y hasta toleró el final; pero inmóvil en su sillón evocó los momentos inicialmente gratos y desagradables luego, vividos con quien había amado. Cuando recordó los últimos se puso de pie y caminó hacia el pequeño escritorio con paso firme pero lento, como si quisiera dilatar el tiempo. Tomó entre sus manos la carta de despedida, la leyó, y endureciendo aún más el perfil de su rostro la arrojó con desdén al fuego.

Por Carlos Balbi

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