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Murgas y Comparsas
Murga, comparsa, centro - murga… pese a ser de distinto formato, son muchas más las cosas que tienen en común que las diferencias
Murgas y Comparsas

Murga, comparsa, centro – murga… pese a ser agrupaciones de distinto formato, son muchas más las cosas que tienen en común que las diferencias.

Se cuenta que la primera formación con carácter de murga, apareció en Montevideo en 1906. Se trataba de una compañía española de zarzuela llamada “La Gaditana” que vino de Cádiz a probar suerte en el Río de la Plata. Debido al escaso éxito que los artistas tuvieron en los escenarios, un día decidieron salir a la calle a brindar su arte, consiguiendo un triunfo significativo.

Pero la capital argentina tenía una larga tradición en ese sentido. Remontándonos en el tiempo, llegamos al Buenos Aires colonial en el año 1771. El entonces gobernador español y luego virrey del Río de la Plata, Juan José de Vértiz y Salcedo, autorizó los primeros bailes de carnaval en el Teatro de la Ranchería.

Las Comparas Proliferan desde 1850. Esta se Armó para los Carnavales de 1891

En paralelo se desarrollaban los candombes que con suerte diversa, tuvieron momentos de auge y también sufrieron prohibiciones. Las naciones (así se autodenominaban las distintas colectividades africanas) residían mayormente en el Barrio del Tambor, también conocido como Del Mondongo; una zona que abarcó parte de San Telmo y Monserrat. En esas calles se celebraban los candombes, que durante los años del rosismo gozaron de amplia libertad.

Por entonces, ya se conocían las primeras comparsas callejeras. A tal punto son populares, que un edicto policial encuadra la actividad, obligando al Director a tramitar la autorización para que el grupo desfile y se disfrace; también el Director debía portar el permiso en lugar visible.

Pero en 1852 cayó Rosas, las sucesivas luchas civiles, la Guerra del Paraguay y el mestizaje, fueron raleando la comunidad morena, a tal punto que en 1869 cuando se autoriza el primer corso oficial, aparecen las novedosas comparsas de blancos tiznados con algún morocho auténtico intercalado en sus filas. Promediando la década de 1880 estalla la moda de esas comparsas de falsos africanos blancos tiznados. Vestidos a la usanza de los viejos esclavos rioplatenses, las noches de carnaval desfilan tocando tambores y entonando canciones de letra ingenua e imitando el castellano característico de los afrodescendientes de entonces.

La Fiesta del Carnaval en la Década de 1930

No obstante existieron comparsas de morenos auténticos como la que se identificó con el nombre de “Sociedad Negros Humildes”, de la que se rescata parte de una canción que no por casualidad, aquellos primitivos murgueros la llaman “tango”. Una de esas composiciones dice lo siguiente en ese castellano confuso atribuido a la colectividad africana:

“Todo lo neglo
Somos cupido
Prosupuesto
Para la mos,
Pol que no hay negla
Que lesista
La plimel
Leclaración” (1).

Pero también las murgas de blancos tiznados dejaron de ser atractivas y fueron languideciendo hasta desaparecer. Por entonces, la Buenos Aires cosmopolita con el tango y los barrios como buena parte de su identidad, empieza a pisar fuerte. Y junto a los clubes y las sociedades de fomento, surgen las murgas y comparsas que con el estandarte que identifica su origen, compiten en los corsos capitalinos y del Gran Buenos Aires.

La Catalina del Riachuelo – Febrero 1997

Una definición apurada dice que la murga se caracteriza por los instrumentos de percusión y el baile como característica. El baile tradicional consistía en tres movimientos: el bamboleo agazapado, sigue la “liberación” con tres saltos o patadas y completa con el movimiento de brazos. La comparsa siguiendo la misma definición, sería un agrupamiento más numeroso, con instrumentos de viento y otros “lujos”.

Tanto la murga como la comparsa porteña y según sus posibilidades, contaban entre sus integrantes con los portabanderas, lanzallamas, cabezudos, malabaristas, sombrillas, zancos y cuanta habilidad fuera digna de mostrarse. Luego de desfilar a lo largo del corso exhibiendo toda su destreza, la formación o parte de ella encabezada por el Director, accedía al palco oficial. Se entonaban tres canciones: presentación, crítica o sátira de temas de actualidad y despedida. Luego se retiraban por la parte opuesta del corso realizando el baile acrobático, mientras otra agrupación hacía su ingreso.

La vestimenta en general consistía en frac, galera o sombrero, pantalones o polleras en las chicas; todo el conjunto de tela brillante adornado con lentejuelas y los sombreros con espejuelos y cintas “marabú”. El uso de galeras, guantes y levitas, algunos lo atribuyen a parodias a las clases altas argentinas de comienzos del siglo XX; otros, lo relacionan (también en clave humorística) a la ropa sobrante que los amos regalaban a sus esclavos o sirvientes y que éstos, usarían en sus días de franco. Son sólo interpretaciones; no existen actas que certifiquen tal o cual teoría.

Murga – La Prensa – 05-01-03

Algunos nombres memorables de la época de oro murguero en el siglo pasado fueron: Café Iaccarino, Juventud Marina del Plata, Los Nenes de Suárez y Gaboto, Los Xeneizes (todos de La Boca); Los Viciosos de Almagro; Los Pecosos de Chacarita; Los Cometas de Boedo y una multitud de otros nombres que representaron e hicieron disfrutar a “Los Cien Barrios Porteños”, como cantó Alberto Castillo. Varias de esas agrupaciones siguen deleitando los corsos en pleno 2022.

Tal vez por los cambios de costumbres o simplemente porque la calle se había vuelto peligrosa, con la instalación de la dictadura en 1976 los corsos comenzaron a decaer y las letras murgueras censuradas.

Con la recuperación de la democracia la cultura popular (y la murguera lo es por naturaleza) volvió a florecer. En 1984 se realizó el Primer Encuentro de Murgas y Comparsas del Gran Buenos Aires en la localidad de San Martín, auspiciado por el municipio y las cámaras empresarias de la zona.

“Lo que nosotros hacemos es arte popular, aunque muchos no lo ven así. Yo pienso que cada persona que haga algo, bien, mal, como pueda, está creando a su manera. Y pienso que la murga es una expresión de arte como cualquier otra”, afirma “Popó”, un personaje histórico de Los Funebreros de San Martín (2).

Pero con altibajos, la cultura murguera se volvió a afirmar en los corsos de la ahora Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) y el Conurbano. Por tal motivo, la Ciudad mediante Ordenanza N° 52.039 declaró “Patrimonio cultural las actividades que desarrollen las asociaciones o agrupaciones artísticas de carnaval”. En ese momento la medida benefició a unas 30 murgas porteñas.

Capítulo aparte merecen las comparsas del Interior, en particular las fastuosas formaciones que desfilan en los corsódromos de Gualeguaychú, Corrientes y otros escenarios similares.

La atracción de estas agrupaciones de innegable matriz carioca es fundamentalmente visual y coreográfica. Pero se fueron desarrollando y alcanzaron un nivel internacional, como Ará Berá, Copacabana, Papelitos y otras.

La Nación – 08-02-03 – Foto de Maxie Amena

A su vez, los corsos del noroeste argentino y las comparsas que los representan, tienen una tradición hispano criolla y aborigen que se pierde en los siglos, en particular en Salta y Jujuy.

Y en éste inventario precario, no pueden faltar las murgas uruguayas como Agarrate Catalina, Araca la Cana, Falta y Resto entre muchas otras, que despliegan su arte directamente sobre los tablados.

Las murgas y comparsas renovadas por las jóvenes generaciones y con un carácter fuertemente inclusivo, donde nadie queda afuera, se encargan de mantener viva una de nuestras tradiciones populares más entrañables.

1) Luis Soler Cañas – “Viejos Carnavales Porteños” – Todo es Historia – N° 22- Buenos Aires – 1969
2) Revista El Porteño –  Buenos Aires  – Junio 1984

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