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Rescatando al Soldado Ryan
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Rescatando al Soldado Ryan

Sector Doo Green, playa de Omaha. Varios batallones se acercan a la orilla de un mar convulsionado. Los vehículos que transportan a las tropas estadounidenses están en silencio, tensos. Se ven hombres vomitando. Se ven hombres besando cruces. Otros mascan tabaco. El Capitán John Miller (Tom Hanks) bebe un poco de agua de su cantimplora metálica. Las manos le tiemblan, pero consigue mantener la compostura. El desenlace es inminente.

La misión es tomar la playa, lo que pasaría a la Historia como el desembarco a Normandía. Las compuertas se abren y la masacre comienza. Las balas perforan a los soldados que caen como en un sádico juego de feria. Los batallones intentan replegarse, acceder al terreno de arena como sea. Las aguas, aunque poco profundas, se tiñen de carmesí mientras algunos hombres se ahogan por el peso de los equipos que llevan. Otros son pisoteados sin querer. Los proyectiles impactan a muchos que intentan llegar a la superficie para tomar una bocanada de aire. El objetivo es intentar parapetarse detrás de las barricadas de acero, pero el fuego alemán parece infranqueable.

Miller y parte de su batallón C consiguen escudarse del fuego que llueve desde los bunkers enemigos. El Capitán tiene un momento de desconcierto, el mundo alrededor se ralentiza. Mientras la sangre de sus compañeros mezclada con el agua salada de mar le empapa el rostro, él observa el horror que lo rodea. Un joven amputado que rescata su brazo cercenado. Un soldado que estalla en llamas junto a dos compañeros. Las bombas de los morteros revoleando cuerpos a mansalva. Los jóvenes le piden instrucciones. El sonido de la balacera es arrollador, pero él no parece oír nada. Un muchacho, al lado del Capitán, recibe un impacto de lleno en la frente, y ahí Miller parece volver en sí.

El panorama es claro: no tienen escapatoria. O toman la playa o se unen a la larga lista de caídos en combate. Los hombres avanzan poco a poco para obtener una posición de ataque clara. Mientras tanto esquivan más hombres moribundos, que gritan de dolor, en shock, pidiendo por sus madres, víctimas del terror más absoluto. Los batallones iniciales parecen haberse disuelto. Miller reúne a los hombres que le quedan y, con la suerte de su lado, consiguen llegar a un espacio seguro para comenzar el contraataque.

Tras in intenso intercambio balístico las tropas estadounidenses consiguen tomar el primer puesto de avanzada alemán, y en cuestión de minutos la contienda cambia de curso. El ejército que parecía condenado toma terreno cada vez más rápido. Los enemigos comienzan a caer. Algunos de ellos intentan salvar sus vidas levantando los brazos en señal de rendición, pero tras la masacre inicial, los estadounidenses no toman prisioneros. Uno de los bunkers estalla y varios cuerpos en llamas intentan rodar hacia la arena para conseguir apagar el fuego. Un soldado grita que no disparen, pide eufórico que dejen que se frían.

Los médicos de campaña no dan abasto con la cantidad de heridos, la mayoría de ellos tienen el destino sellado. Un cura le da la extrema unción a un soldado. Otros hombres revisan los cadáveres alemanes buscando trofeos de guerra. Caparzo (Vin Diesel) encuentra una cuchilla con el emblema de la Juventud Nazi y se lo da a Stanley Mellish (Adam Goldberg) quien bromea que va a usarlo para cortar comida kosher, y entonces estalla en lágrimas, aturdido por la magnitud de la hazaña (y el horror) que acaba de protagonizar. El Capitán observa el fruto de la victoria. Mike Horvath (Tom Sizemore) le comenta sobre la “belleza” del paisaje, y Miller asiente.

La cámara hasta ese momento había estado metida entre el ejército estadounidense, como un soldado más, esquivando balazos y generando una sensación de claustrofobia y desesperación, al igual que deben haber sentido los soldados reales que protagonizaron aquella batalla el 6 de Junio de 1944. El nivel de crudeza retratado pocas veces se había visto en pantalla grande. Cuando algo explotaba cerca del ojo de la cámara, esta temblaba. El sonido de las balas pasando cerca, junto con imágenes de muerte y destrucción sin ningún tipo de restricción estética crearon una atmósfera de pesadilla. Cuando el desembarco finaliza, la cámara se estabiliza. Las tomas son firmes. Los movimientos se vuelven “gráciles”. Steven Spielberg ofrece viñetas de la tragedia detrás del triunfo. La música, ausente hasta este punto, reaparece. John Williams ofrece una melodía con reminiscencias a la gloria de la victoria, pero entre las notas se esconde el dolor, el horror.

La cámara sobrevuela la playa, y se acerca poco a poco al cadáver de un soldado, tirado boca abajo, rodeado de otros cuerpos y hasta peces empapados en sangre. En la mochila del hombre se lee Ryan S.

Miller no lo sabe, pero aquel apellido cambiará el rumbo de lo que quedó de su batallón.

Todo lo anteriormente descripto constituye tan sólo los primeros veinte minutos de metraje de Rescatando al Soldado Ryan. Lo que a cualquier otro director le hubiera llevado una hora y media de película —o hubiera sido la épica escena final—, Spielberg lo condensa en menos de media hora y lo utiliza como apertura de su historia. Con crudeza, con la intención clara de demostrar que este es un film que no tendrá ningún tipo de concesión con el espectador.

Este largometraje es la cuarta incursión en la temática de la Segunda Guerra Mundial por parte del director, tras la fallida comedia 1941; El Imperio del Sol y el increíble film La Lista de Schindler. Ese período particular de la historia es muy cercano a Spielberg, cuya familia sufrió el exterminio a manos de los nazis. La saga de Indiana Jones, por ejemplo, tiene como villanos a diversos hombres simpatizantes de Hitler. Pero Rescatando al Soldado Ryan cuenta una historia diferente, que busca honrar a las tropas estadounidenses y propone preguntas morales difíciles, retratando también las miserias que causaron los soldados, aparte de las que padecieron.

Muchos critican el tono patriótico que flota sobre el largometraje, pero es un film hecho por un estadounidense cuyas raíces están en la Europa ocupada por los nazis. Es lógico que Spielberg vea a las tropas como héroes —independientemente que en Estados Unidos la figura del ejército es mucho más reverenciada que en otras latitudes— y que los retrate como tales. Pero no por eso se priva de mostrar los costados más oscuros, las dudas, los errores que cometen. Esta es una película que plantea la pregunta “¿vale la pena sacrificar un batallón para salvar a una sola persona?”, y no es un interrogante fácil de despejar. La idea es que el espectador decida. Y la decisión es muy complicada.

Rescatando al Soldado Ryan se convirtió en un clásico casi de inmediato. Muchos la consideran la mejor película bélica jamás hecha, y una de las mejores representaciones de la Segunda Guerra Mundial. La escena del desembarco en Normandía influenció, por ejemplo, a una generación de diseñadores de videojuegos, que tomaron aquel impresionante despliegue artístico y técnico para conseguir mejores simulaciones en los juegos de guerra como Call of Duty.

Las casi tres horas de metraje son de una calidad impecable, que justificaron con creces el segundo Oscar que se llevó Spielberg por la dirección. El grupo humano que lidera el personaje de Tom Hanks es creíble, los diálogos pasan de cuestiones propias de la guerra hasta charlas más casuales. Se nota la camaradería de estos hombres, se nota que tienen personalidades definidas y todos tienen un momento estelar para resaltar. Quienes hayan visto el film tendrán sus momentos preferidos, o imágenes que quedaron impresas en la memoria, o sus personajes predilectos. Rescatando al Soldado Ryan es un film que no deja indiferente a casi nadie.

Netflix tiene disponible en su catálogo esta obra maestra de uno de los mejores directores de la historia.

En estos tiempos en donde la guerra se transmite en primera persona con celulares, en donde la cercanía de una tercera contienda mundial parece inevitable por momentos, Rescatando al Soldado Ryan es aún más relevante que en su estreno allá por 1998.

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