Lunfardo
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Giribaldi y la Poesía Lunfarda
“Una poesía que no conoce el pueblo. Ni nadie. Si hay una obra no difundida, esa es la mía”
Giribaldi y la Poesía Lunfarda

Leopoldo Lugones calificó al tango como un “reptil de lupanar”. El juicio que nuestra lengua marginal, el lunfardo, recogió de la cultura oficial, no fue mejor. Por carecer de gramática propia y necesitar el auxilio permanente del castellano para construir una oración, se lo arrinconó en un lugar oscuro de la literatura, como un juguete barato del que más vale no acordarse que existe.

Pero el lunfardo se abrió camino. Muchos vocablos pasaron al habla cotidiana de los argentinos y de los porteños en particular; atravesando clases sociales y generaciones. Como no podía ser de otra manera, se cruzó con el tango y la milonga y “por prepotencia de trabajo” al decir de Roberto Arlt, juntos hicieron historia.

Algunos de los poetas que cultivaron el lunfardo arribaban del modernismo entonces socialmente en boga, como Celedonio Esteban Flores, el “Negro Cele”; y anclaron definitivamente en nuestra jerga orillera. Allí reafirmaron su pertenencia artística y dejaron su legado. Muchas piezas lunfas pertenecientes a poetas del género, alcanzaron una difusión enorme debido a su musicalización.

Famosos intérpretes llevaron esas letras a cada rincón del país y buena parte del mundo. Fueron muchos y talentosos quienes escribieron en lunfardo sin considerarlo un género menor, ni un divertimento. La carga de angustia y lo elaborado de los versos en numerosas composiciones, así lo prueba. Daniel Giribaldi fue uno de aquellos artistas.

“Nací (cosa que hoy por hoy -y menos yo- nadie duda) en Buenos Aires. Nueva Pompeya

Para más datos. El treinta de Tauro de 1930. Lo aristocrático del barrio no me impidió incursionar años más tarde, en la poesía popular. Una poesía que, paradójicamente, no conoce el pueblo. Ni nadie. Si hay una obra no difundida, esa es la mía”.

Así resumió Daniel Giribaldi su biografía, con una buena carga de humor, para una recopilación de poesía lunfarda que preparaba el poeta y ensayista Luis Alposta (1).

A su vez, la Academia Porteña del Lunfardo en una semblanza sobre el poeta, asegura que “… vivió en estado de poesía”. Fue un escritor prolífico. En 1958 (a los 28 años) publica la novela Villa de Dios no se entrega. La colección de poemas Agua Reunida y la novela El Desarme datan de 1959. En 1968 aparece la obra más conocida de Giliberti, Sonetos Mugres. El raro valor de ese libro lo llevó a que la edición se agotara rápidamente. Entonces comenzó a circular en hojas escritas a máquina, entre los cultores de la buena poesía.

Rememorando en lo formal a los “poetas malditos” franceses (no es casual que tradujera a Charles Baudelaire al castellano) éste porteño de San Telmo describe con palabras que queman y frases que sacuden como latigazos, la angustia y el lado mugriento de la vida que subyace en las cosas cotidianas, o con lo doloroso e inesperado que uno puede llevarse por delante un día cualquiera.

El soneto Macabro vale como ejemplo. En sus cuatro estrofas resume el horror y el absurdo de un feto conservado en alcohol dentro de un frasco, hallado (o imaginado) bajo el mostrador en un boliche de San Telmo. Al observarlo, el poeta reflexiona:

Pudo nacer, pudo haber sido un curda.

Y agrega:
Pudo rolar con chorros a la gurda
o llevar un milico bajo el casco.

Para rematar en los versos finales:
La cosa es que bandeao por el escabio
pienso que a la final jugó de sabio:
seguirá con su alcohol cuando yo muera.

Giribaldi supo combinar la belleza formal del soneto con la mugre, el sin sentido de una existencia que obliga detenerse en los aspectos más sórdidos y cantarles; justamente por que son parte de la vida. Necesariamente, había que hacerlo en lunfardo.

En 1974 aparecen Siete milongas de un saque. Pero ese hombre de verso discepoleano también generó otras páginas: Cambio y fuera, La construcción del laberinto y las publicaciones póstumas fueron Sonetos de amor y Bien debute y a la gurda.

El 6 de noviembre de 1982 en reconocimiento a su trayectoria, ocupó el sillón Dante A. Linyera de la Academia Porteña del Lunfardo.

Se nos fue el 11 de noviembre de 1984. A modo de epitafio, tal vez no le hubiera disgustado un verso suyo, por ejemplo del poema Yo Mismo:

¡Hemos visto quemarse tantos puchos, que ya no nos calienta la ceniza!

1) Alposta Luis – Antología del Soneto Lunfardo – Ediciones Corregidor
2) Buenos Aires, 1978.

Yo Soy Aquel

Yo soy aquel que ayer nomás batía
el verso mugre y la canción ranera.
El que casi amasija a una mechera
que el mate cebó con agua fría.

El que quilombizó la taquería
la vez que cayó en cana en la tercera,
cuando escribió en una pared fulera:
¡Quevedo volverá! La Poesía…

El trompa y el peonacho de la rima,
el que apiló palabras a destajo,
el que en la viola fue bordona y prima.

Y al fin de su jornada de trabajo
siente que el mundo se le viene encima
y canta un mundo que se viene abajo”

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