Testimonio, Conciencia y Reflexión
Elara desapareció entre la niebla de la Avenida Corrientes, dejando tras de sí un mensaje profundo: la mujer no necesita un aula para enseñar; solo necesita la valentía de habitar su propia historia, aunque el mundo la llame delirio.

por Ada Noemí Zagaglia
El Palimpsesto de Buenos Aires
El eco de los pasos de la doctora Elara Vance sobre las baldosas de la Sala del Tesoro de la Biblioteca Nacional no era un sonido, era una métrica. Elara no caminaba; ella escandía el tiempo.

Sala del Tesoro de la Biblioteca Nacional
Bajo la estructura brutalista de Clorindo Testa, entre el aroma a papel viejo y el silencio denso de la calle Agüero, ella sabía que la literatura no se lee, se padece.

Teatro Nacional Cervantes
Capítulo I: El Barroco y el Engaño de los Espejos.
El semestre comenzó en el Teatro Cervantes. Elara, con una palidez que evocaba a las heroínas de Góngora, no entregó un programa de estudios. En su lugar, hizo que sus alumnos representaran fragmentos de La vida es sueño bajo los frescos del techo.
—El Barroco no es adorno —dijo Elara, mirando a Julian, un alumno brillante de ojos febriles—, es la conciencia de que somos un parpadeo en el ojo de Dios.
En un café de la Avenida de Mayo, entre el bullicio de los mozos y el mármol del Tortoni, Julian y Elara cruzaron la línea. Él la amaba con la intensidad de un conceptismo desesperado. Pero el desengaño barroco llegó pronto: Elara descubrió que Julian no buscaba su intelecto, sino el prestigio de su apellido vinculado a la vieja aristocracia porteña. «Toda la vida es sueño», pensó ella mientras lo veía alejarse bajo la llovizna gris de la Plaza de Mayo, comprendiendo que el amor, como el Barroco, es una arquitectura magnífica construida sobre el vacío.

Reserva Ecológica Costanera Sur
Capítulo II: El Romanticismo o la Patología del Paisaje.
Para el segundo mes, la clase se trasladó a la Reserva Ecológica de Costanera Sur. Elara quería que sintieran el «Sublime» frente a la inmensidad del Río de la Plata. En los senderos salvajes que miran al horizonte turbio, los alumnos leyeron a Byron y Bécquer.
Allí apareció Thomas, un arqueólogo urbano que parecía arrancado de una pintura de Caspar David Friedrich. Su romance fue un incendio. Recorrieron las bóvedas del Cementerio de la Recoleta, emulando un paseo de almas en pena, buscando en los epitafios una verdad que no fuera ceniza.
El desengaño aquí fue biológico. Thomas no creía en el futuro, solo en los estratos de los túneles coloniales de la ciudad. «La mujer», le dijo Elara frente al río embravecido de la Costanera, «no es una musa para tu melancolía, Thomas. Soy el sujeto, no tu paisaje». Se separaron en la Estación Retiro, bajo el reloj inglés, con el corazón roto pero la pluma afilada.

Facultad de Filosofía y Letras de la Calle Puan
Capítulo III: El Realismo y el Peso del Riachuelo
De vuelta en el sur de la ciudad, el aire se volvió denso, táctil. La clase recorrió los conventillos de La Boca y los bodegones de Parque Patricios, no por el turismo, sino buscando la esencia de El juguete rabioso. Elara enseñaba que el realismo es la valentía de mirar la fealdad sin parpadear.
En esta etapa, el personaje de Siobhan (ahora quizá una joven llamada Soledad), una alumna que lidiaba con la precariedad económica y los viajes eternos en el Sarmiento, cobró fuerza. Elara comprendió que su propia lucha intelectual era un lujo frente a la Buenos Aires que resiste. El desengaño fue social: la universidad, ese templo de la calle Puán, a veces ignoraba el hambre de sus propios hijos. La filosofía de la mujer aquí se centró en la resiliencia: ser la columna vertebral de una ciudad que se cae a pedazos pero sigue bailando tango.

Calle Florida
Capítulo IV: La Modernidad y el Flujo de la Conciencia
Llegó el invierno. Elara se volvió Borgiana y Cortazariana. La clase consistía en caminar por la Calle Florida, grabando los pensamientos aleatorios de la gente que bajaba del subte.
—La identidad es un laberinto —explicaba ella en la Librería El Ateneo Grand Splendid, rodeada de los palcos que antes fueron teatro—. Somos lo que recordamos y lo que decidimos olvidar.
En este capítulo, Elara se enfrentó a su propia psique. Se dio cuenta de que había usado los periodos literarios como armaduras. El romance aquí fue con ella misma, una reconciliación dolorosa en la penumbra de su despacho en la Facultad de Filosofía y Letras, aceptando que su libertad residía en no pertenecer a ningún canon masculino.

Puente de la Mujer, de Santiago Calatrava en Puerto Madero
Capítulo V: El Final Inesperado — El Gran Teatro del Presente
El examen final no fue un ensayo. Elara citó a sus alumnos en el Puente de la Mujer en Puerto Madero a medianoche. Les pidió que quemaran sus apuntes y arrojaran las cenizas a las aguas oscuras del dique.
—La literatura ha muerto —anunció con una sonrisa enigmática—. Ahora les toca a ustedes ser el texto.
El giro memorable ocurrió cuando se reveló que Elara no era profesora. A través de un documento encontrado por la alumna, se descubrió que Elara era una paciente del Hospital Borda Moyano que, cada año, lograba infiltrarse en las aulas universitarias, poseída por un conocimiento enciclopédico y una psicosis literaria sublime. Los alumnos comprendieron que la línea entre la genialidad y la locura es el lugar donde nace la verdadera poesía.

Av. Corrientes y la Noche de Buenos Aires
Elara desapareció entre la niebla de la Avenida Corrientes, dejando tras de sí un mensaje profundo: la mujer no necesita un aula para enseñar; solo necesita la valentía de habitar su propia historia, aunque el mundo la llame delirio.
Ada Noemi Zagaglia – Derechos Reservados de Autor.
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