Lunfardo
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Una Luz de Almacén, el Lunfardo y Yo
Edmundo Rivero relata en su libro las características básicas de la incursión del lunfardo en nuestra sociedad
Una Luz de Almacén, el Lunfardo y Yo

Al lunfardo concurren voces de la inmigración, del lenguaje rural y del orillero en retirada. Un mundo cuyos caracteres y personajes se decantan en el sainete, pero cuyo lenguaje quedará fijado por las letras de los tangos y las milongas, a partir de los años veinte.

Edmundo Rivero en la Ventana de El Viejo Almacén

Una Luz de Almacén, el Lunfardo y Yo
Hay que admitir que en materia de lunfardo, el aporte básico inicial se debe al más bajo de esos “sectores bajos”, al mismísimo mundo del delito, obligado a inventar y reinventar su idioma cada día.

No hace mucho escuché hablar de un “paralitico” y me dije que debía tratarse de un lisiado, de un enfermo, pero no era así. Resulta que ahora se les llama “paralitico” a los automóviles robados que están fuera de funcionamiento, impedidos de transitar. Una nueva forma de delito tiene de inmediato su propio vocabulario y, aun los viejos “laburos”, modifican el suyo, lo retocan para mantenerlo hermético al “deschave” y a la “batida”.

En una cárcel de las muchas a las que fui a cantar, pregunté a un internado porque estaba allí.

Me contestó “¡Dequerusa!, La Prensa…y dejó de hablar. Quiso decirme que estaba siendo vigilado: “¡dequerusa!” equivale a ¡cuidado! Y “La Prensa” nombraba el guardián, al que puede informar, como el periódico.

Al lunfardo concurren voces de la inmigración laboriosa, del lenguaje rural también orillero pero en retirada, todo un mundo cuyos caracteres y personajes se decantan en el sainete, pero cuyo lenguaje tal como señala la Academia- solo quedará fijado por las letras de los tangos y las milongas, sobre todo a partir de los años veinte. No es solamente un paso de las orillas al centro, es una inserción decisiva de un modo de nombrar hechos y objetos, de “chamuyar” el mundo, que iba a ser asumida por casi toda la ciudad. Por los años en que nací, ya Villoldo titulaba sus divertidos diálogos con nombres tales como “Un mozo pierna”, “Los tauras” o “Galleteao”, pero su difusión era ínfima, comparada con la que iban a obtener las letras de los tangos con Gardel o con Rosita Quiroga. Celedonio y Contursi habían encontrado el medio ideal para estimular con dosis de lenguaje “reo” y, a veces, “lunfa” puro, nuestra habla popular.

De allí en adelante, el dinamismo del lunfardo original pareció transferirse paulatinamente a diferentes sectores de la sociedad y sus quehaceres. A poco más de medio siglo de esa revolución, el lunfardo no solo es de uso corriente en todas las concentraciones urbanas de la Argentina, sino que es reconocido como uno de los argots más ricos de cualquier lengua. Y el primer siglo cumplido ya imprecisamente por el lunfardo, no solo ha provisto de neologismos que, durables o pasajeros, han cumplido una misión útil, sino que ha dejado ya para el estudio un sinfín de arcaísmos, una especie de lunfardo fósil en el que algunas de mis canciones incursionan. Entretanto, el interés de la Real Academia de la Lengua es cada vez mayor y el ingreso de argentinismos a sus diccionarios será, de seguro, creciente.

Algo por el estilo sucedió con la germanía, lenguaje de los bajos fondos ya en tiempos de Cervantes. No quiero hacerme el erudito, pero en el episodio de los galeotes, cuando Don Quijote dialoga con Ginés de Pasamontes, éste le habla con términos germanescos. Uno de ellos, casualmente, es “cantar”, utilizado tal como lunfardo, por confesar.

Edmundo Rivero – Ilustración de Mateo Tkas

La antigua Roma tuvo también su lunfardo, incluso con un nombre de tan mal aspecto como nuestro le llamaban sórdidas verba. Lo que importa es que también trascendió el barrio “reo” de origen, llamado Suburra. Lo que queda es el uso talentoso que de la “verba” hicieron Plauto, Petronio, Apuleyo y hasta Cicerón. También entre nuestros escritores son mayoría los que, en mayor o menor grado, han asumido el uso del lunfardo. José Edmundo Clemente definió muy bien el motivo: “El lenguaje viene desde abajo, es demagógico, mandan los más. Tiene una finalidad social y común intercomunicación”.

Hay también muchas portas que han escrito en lunfardo. Los de mi preferencia son Felipe Fernández (“Yacaré”). Carlos de la Púa y José Pagano. Son mis “clásicos”. Pero entre los nuevos podría nombrar a Luis Alposta, Eduardo Giorlandino, Juan Bautista Devoto, Mario Cesere, Juan Enrique Nervi y Nyda Cuniberti. A menudo me visitan jóvenes que escriben un lunfardo y casi todos son universitarios. A veces compongo música para sus poemas. El público que gusta de esa literatura es cada vez más numeroso y, modestamente, creo haber ayudado a acrecentarlo. Me crié lejos del centro. A medida que pasaba de las decimas de los payadores a las letras de tango, reconocía verdad en las dos expresiones. Descubría que una y otra eran- herencia o pertenencia completamente nuestras. También redescubrí en las letras de “Cele” un lenguaje que me fascinaba desde mucho antes y que, en cuanto pude elegir mi repertorio, fue parte de él. Y dije ya, más de una vez, que no me siento cantor nacional. Si me fue imposible renunciar a mis estilos a mis vidalitas, ¿Cómo no asumir como nacional al lenguaje popular, al lunfardo?

Edmundo Rivero de Una Luz de Almacén, el Lunfardo y Yo – 1982 – Emecé

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