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Homero Manzi: Tan Lleno de Splin
Nunca más tendrá el viejo barrio- Pompeya- un narrador más sincero ni más profundo. Así como inevitable. Ni tan pleno de amor
Homero Manzi: Tan Lleno de Splin

Homero Nicolás Manzione Prestera, Homero Manzi (1907-1951), resumió, en apenas cuarenta y cuatro años de vida, una actividad creativa inusual dentro de la cultura popular. Hombre Tango – su máximo poeta para muchos- fue estudiante de derecho, profesor de castellano y literatura en los colegios Domingo Faustino Sarmiento y Mariano Moreno, político por temperamento y tradición- radical e yrigoyenista, más tarde fundador de Forja, peronista en su última etapa-, periodista, guionista junto a Ulyses Petit de Murat de las mejores películas argentinas de la década del cuarenta, realizador y director de cine. Presidió Sadaic, incursionó en el teatro y dejó proyectos de libros y canciones sin música. Julián Centeya le dedicó en 1966 la imagen que a continuación se transcribe, junto a la dedicatoria que Manzi hizo de su tema Barrio de Tango.

Antes de entrarle a Boedo y en su confesado meridiano de San Juan, donde le advirtió antigüedades de muros y totalidad de cielo, Homero Manzi, que vivía entonces en la casita de Garay y Danhel, había hecho aprendizaje de calles en Pompeya. De ahí que, necesariamente, su recuerdo, forma única de recuperarlo, en enmarque de alta luna asomada sobre el raleado caserío, el potrero echado, ramas de vientos estrangulándose en cañaverales, desoladas esquinas pobres, el corralón, luces amarillas de almacén tajeando el lomo de barro de la calle angosta con márgenes de zanjas, el zaguán penumbroso, el pario rectangular con laterío plantero, el turbio bodegón, la cantina gringa- codillo en aquel y murra en ésta-, el caro de media changa con baranda sentenciosa, farol de barrera, el banco organito de Rinaldi, innúmeras lagunas, albas con coros redoblados de sapos, el decir de la guitarra desvelada, la lonja de la vereda de ladrillo, el puente de madera, el colegio Luppi en la calle Esquiú, El Alba, en Sáenz el boliche del griego en la calle Teuco, todo el sol de la mañanita en la calle Ventana y la lanza maestra de Almafuerte pasándolo de costado al Patronato y al vivero, el terraplén, el brotado monologo gutural del bandoneón, la denunciada sirena de La Pilarica, un formativo en un patio de Famatina y el pregón del boletinero de última hora.

Cuando Homero llegó, Boedo era otra cosa y otro era su espíritu. La esquina de la cortada San Ignacio era la tribuna de Penelon a medias con el racimo e soldados del Ejército de Salvación; estaba Pedro Zanetta- un Giovanni Graso de extramuros-, en el Alegría saltaba Richard Talmadge, lloraba Laura la Plante y suspiraba Silvia Sidney. Estaba en Colombres La Balear y la muerte esperándolo a Eufemio Pizarro. En los altos del Biarritz, José González Castillo encendería las luces de Pacha Camac y en su ancho veredón moriría de balas La Chancha; no estaba el Los Andes, pero si la ruidosa estación del 55, y a la librería de Munner- Boedo 841- caían Leónidas Barletta, Nicolás Olivari, Enrique González Tuñón, Roberto Arlt, Facio Hebecquer, Roberto Mariani. Había pasado, definitivamente por el barrio, Gustavo Riccio. El paraje tenía huecos para la calesita, los chiquillos y el cielo. El café Dante era la sucursal del San Lorenzo de Almagro de los Monti, Lujambio, Omar, Sarrasqueta, Gianella, Larmeu, Carricaberry… A la vuelta estaba el Bristol y se contaba que esa casita, de una sola habitación, enclavada en independencia, vecina al actual edificio del Banco de la Nación, le había mandado a construir el mazorquero Cuitiño.

Entonces Boedo observaba tres fisonomías. La inicial, que le venia del cruce de Rivadavia Tramo ancho, familiar, intimo Pedazo de calle para estarse. De Independencia a San Juan era para que lo taquearan las muchachas, y de ahí, hasta el corte de Caseros –Boedo muere en cruz-, su tercer rastro era de hombre solo. Aún le queda, a esa altura, el último corralón inútil- el de San Vito-, pero otro es el café La Puñalada que también se llamó La Paz y Huracán. Se fueron los inquilinos mayores de la vieja esquina brava: el abuelo Capurro, El Guego  Carmelo Laurino, Amadeo, Cecilio Natale, Pedrito García, Tolampa, Chigolo. El Ruso. Está, todavía, Borrás con su zapatería, pero el tiempo borró la herrería de Vicente. Frente a la escuela está la casa vacía- poblada de sombras- de los Carbonari. Puede decirse que Boedo y Chiclana no existe.

Homero Manzi se fue debiéndole su tango al almacén de San Juan y Loria, que fue su paradero inicial en el barrio. En torno de la mesa de codillo os reuníamos con él, el taciturno Sebastián Piana, Antonio Sureda, Hugo Mac Dougall, Jerónimo Sureda, Catulo Castillo, El Loco Papa, Hugo Castillo… Alguna vez había recalado en ese almacén José Betinotti, esperando la vuelta de María la Cigarrera, que venía de La Sin Bombo trayendo en el rostro todo el cansancio de la fábrica. No era extraño Curlando ni forastero del todo Cazón, que gustaba evocar aquello que le había pasado a Vázquez con el negro Gabino Ezeiza.

En ese turbio almacén de San Juan y Loria. Homero meditó los versos de su primer vals con música de Antonio Sureda: A su memoria, y allí concretó los versos de Viejo Ciego, tango cuya música trazaron Sebastián Piana y Catulo Castillo.

El nuevo barrio le dio nostalgia y para limar tristezas volvió a Pompeya con el lirico pretexto del tango  el vals y la milonga. No consiguió- menos aun lo deseó- evadirse del extremo sur que fue su país. Desde antes de 5ª edición y después de El ultimo organito, tango éste en el que colocara el ciego que le pidió prestado a Evaristo Carriego, su delegación más concreta es, sin dudas, Sur, pagina con la que entiende saldar una deuda con la excusa de verse ¡todavía! Apostado en la vidriera “…y esperándole”.

Nunca más tendrá el viejo barrio- Pompeya- un narrador más sincero ni más profundo. Así como inevitable. Ni tan pleno de amor. ¡Ni tan él! Puesto que en Homero Manzi se dan las supremas coincidencias que es necesario padecer y el rigor de todo destino, y demás, cierta resignación, que como Fierro, le haría decir, ese almacén de humo agrio y chava como afiche:

“Es triste dejar los pagos/ y largarse a tierra ajena”.

Habitante nostálgico, muchos años después, del café Ateneo, de Petrone y Nicolás Viola, de Daniel Belluscio y Samuel Eichelbaum, de Elías Alippi y Magaña, del rengo Gatica y El Quique Roldan; nochero de la cortada Carabelas de Tulio Rosso y Torino, de Raúl Riganti y el Quizzo- patrón de Milloro-: hombre de la Critica del Ruso Lima y Madre Querida: Homero Manzi, cuya muerte ocurrió un 3 de mayo, habíase refugiado en una casita de la calle Oro en el Palermo que ya no puede ser aquel Nicolás Paredes. Desde esa soledad, hecha de quietas mañanas y tardes dulcemente echadas, el poeta de:

“Farol de esquina, ronda y llamada,
lengue y piropo, danza y canción.
Truco y codillo, barro y cortada,
pibe y glicina, fueye y malvón.
Café de barrio, dato y palmera,
negra y caricia, noche y portón.
chisme de vieja calle Las Heras,
pilchas, silencio quinta edición.”,

construyó los últimos temas que se debía a sí mismo y que la ciudad esperaba. Aníbal Troilo- Pichuco- fue el compositor que prefirió. Lo combinado entre ambos está en la mejor- por digna- antología de la memoria. Y anda en silbos y tarareos anónimos, bajo el sol de su Boedo, a la luz de la luna de Barracas, bajo la lluvia de Pompeya, como si todavía anduvieran las chatas playas que al alba dejaban- buscando el puerto- el corralón de Pisso. Su palabra- fondo, color y forma-, historiadora de pesares y leyendas, fue el recurso que necesitó para ubicarse, con talento que no se discute, frente a sí mismo, a la vida que le toco vivir,  a la ciudad que amo entrañablemente.

Estaba demorado en el féretro, en el hall de Sadaic, y era la última noche de su vida y la primera de su muerte Aníbal Troilo fue con Barquina, Pichuco puso una mano temblorosa sobre la frente fría del amigo muerto. Barquina dijo:

-Esto no tiene reposición.

La Maga  – 05-05-93 – Julián Centella

Viejo Ciego

Con un lazarillo llegás por las noches
Trayendo las quejas del viejo violín,
Y en medio del humo
Parece un fantoche

Tu rara silueta
De flaco rocín.
Puntual parroquiano tan viejo y tan ciego
Al ir destrenzando tu eterna canción,
Ponés en las almas

Recuerdos añejos
Y un poco de pena mezclás al alcohol.
El día que se apaguen tus tangos quejumbrosos
Tendrá crespones de humo la luz del bodegón,
Y habrá en los naipes sucios un sello misterioso

Y habrá en las almas simples un poco de emoción.
El día en que no se oiga la voz de tu instrumento
Cuando dejés los huesos debajo de un portal
Los curdas jubilados, sin falso sentimiento
Con una canzoneta, te harán el funeral.

Pareces un verso
Del loco Carriego
Pareces el alma
Del mismo violín
Puntual parroquiano tan viejo y tan ciego
Tan lleno de pena, tan lleno de “splin”.
Cuando oigo tus notas, me invade el recuerdo
De aquella muchacha de tiempos atrás
A ver, viejo ciego, tocá un tango lerdo
Muy lerdo y muy triste, que quiero llorar.

Letra: Homero Manzi (Homero Nicolás Manzione Prestera)
Música: Sebastián Piana y Cátulo Castillo (Ovidio Cátulo González Castillo)

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