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Ésta entidad proclama la huelga general de inquilinos el 13 de septiembre de ese año y uno de los conventillos más grandes de la Capital, el de la calle Ituzaingó 279 – 325, en el límite entre San Telmo y Barracas, inicia la lucha.

La Gran Huelga de Inquilinos
El flamante siglo XX en nuestro país exhibe dos caras muy visibles: la del “granero del mundo” que enorgullece a las minorías patricias dueñas de la tierra y su reverso: miles de familias hacinadas en las piezas de conventillos en las grandes ciudades; en particular, Buenos Aires.
Ese conglomerado humano, en gran parte inmigrante y sin mayores pretensiones (salvo una vida mejor), es el que habita los inquilinatos. Otros concretaron su sueño de “hacer la América” en el comercio, arrendamientos rurales y no pocos, como propietarios de conventillos.
En 1907 gobierna el país José Figueroa Alcorta, fiel exponente de esa clase dominante que considera a la renta agraria diferencial generada mayormente por la pampa húmeda, un bien inagotable que les pertenece con exclusividad. Testimonio de esa riqueza son los grandes palacios que todavía hoy se yerguen en zonas exclusivas, como el Palacio San Martín (Cancillería) que la familia Anchorena vendió a la Nación en 1936. Está frente a la Plaza San Martín, en Retiro. Otros casos son el Palacio Ortiz Basualdo (hoy embajada de Francia, Cerrito y Arroyo) o el Palacio Paz, frente a Plaza San Martín y actual sede del Círculo Militar. Son los años en que los hijos mimados de esas poderosas familias, “tiran manteca al techo” en los cabarets de moda o en el obligado viaje a Europa.
Pero hay otra Argentina que se revuelve buscando su lugar. Dos años antes conducida por Hipólito Yrigoyen se produce la última gran insurrección radical exigiendo la plena vigencia de la Constitución Nacional, bajo el gobierno de Manuel Quintana. El compromiso de numerosos militares en el alzamiento alertó al poder político, obligando a los sectores más lúcidos de esa dirigencia a replantearse el juego político – institucional. La llamada Ley Sáenz Peña (1912), fue en parte consecuencia de aquella asonada.
En paralelo, aumentan las tensiones sociales que se expresan mediante huelgas y movilizaciones, exigiendo mejores salarios y condiciones laborales; entre ellos, la vigencia de ocho horas de trabajo. Pero el correlato de ese drama es la vivienda.

Refiriéndose a los conventillos porteños, el escritor Santiago Estrada escribió pocos años antes:
“Cuando está ocupada, la ratonera del conventillo recuerda las cajas de lata de mariscos. Los hombres, las mujeres y los niños, los perros, los loros y las gallinas viven y duermen estirados. (…). Se dice que en ciertos conventillos se alquila por la noche el piso del patio, dividido en fracciones del tamaño de una sepultura. Algunos posaderos de la muerte arriendan lo que llaman cama caliente. En la cama caliente duermen sucesivamente tres o más personas, que esperan a que les llegue el turno sentadas en los umbrales del conventillo” (1).
La cantidad de inmigrantes arribados por oleadas a partir de la década de 1870, se acomodaron como pudieron en Buenos Aires y otras grandes ciudades, pero debido a la ausencia de políticas sociales y la falta de regulación en el tema alquileres, se agravó el problema a niveles insospechados. Alguna gente adinerada adquirió antiguas casonas en San Telmo, Montserrat y otros barrios del sur, ya que debido a la epidemia de fiebre amarilla (1871), los dueños originales abandonaron radicándose en la zona norte. Las espaciosas viviendas fueron alquiladas por piezas, con baños compartidos y numerosas familias conviviendo en condiciones paupérrimas. Otros inversores compraron baldíos y apresuradamente levantaron conventillos; con materiales reciclados, o directamente chapa y madera.
Debido a que sus habitantes eran en general también trabajadores fabriles, de servicios o pequeños comerciantes, la problemática del inquilinato se vinculaba íntimamente con el mundo del trabajo. Las experiencias de las luchas sindicales, comenzaron a trasladarse a la vivienda. Pese a que la inflación fue (oficialmente) baja en los primeros años del siglo XX, debido a que la emisión de dinero estaba sujeta a la cantidad de oro de reserva, los salarios se mantenían rezagados y los alquileres no dejaban de subir. El investigador Jorge Páez ofrece un interesante cuadro de la evolución de las tarifas en los barrios más afectados: “San Cristobal: 1904, $13 / 1912: de $26 a $30 – San Telmo: 1904, $15 / 1912: $28 a $32 – Catedral Sur: 1904, $18 / 1912, $40 – Socorro: 1904: $16 / 1912: $30 a $35” (2).
A los precios abusivos se debe agregar la falta de derechos de los inquilinos y los desalojos ejecutivos por mora en los pagos en pocos días, con la fuerza pública.
A mediados de 1907 la tasa municipal y el impuesto inmobiliario registran un aumento muy importante, que los dueños trasladan a los arrendatarios. Aumentan los desalojos y días después, los inquilinos deciden organizarse para resistir. A instancias de la Liga de Lucha Contra los Altos Alquileres e Impuestos (de tendencia anarquista), comienza la resistencia a los abusos de los dueños. Ésta entidad proclama la huelga general de inquilinos el 13 de septiembre de ese año y uno de los conventillos más grandes de la Capital, el de la calle Ituzaingó 279 – 325, en el límite entre San Telmo y Barracas, inicia la lucha. Allí vivían unas 130 familias (promedio una por pieza). El gigantesco edificio se dividía en cuatro cuerpos con dos entradas. Por tal motivo, se lo conocía como “Los cuatro diques”. Su propietaria era la empresa Bencich Hnos; constructora y dueña de cientos de conventillos. La consigna de los huelguistas: rebaja del 30% en los alquileres; supresión de los tres meses de depósito y mejoras sanitarias, entre las principales demandas. Otros inquilinatos porteños y del Conurbano siguen el ejemplo y pronto la medida se extiende a Rosario, La Plata, Bahía Blanca y otras ciudades. Las casas en huelga designan delegados y sub comités de barrio que coordinan acciones como propaganda, bloquear desalojos enfrentándose a la policía, manifestaciones callejeras y la libertad de los presos que comenzó a producirse rápidamente.
“Más de 2000 casas dejaron de pagar el alquiler; ésta cifra representaba algo así como el 80% del total de inquilinatos de Buenos Aires y el número de huelguistas fue calculado en alrededor de 100.000 personas” (3). El sindicato de carreros ofrece gratuitamente sus vehículos para mudar a desalojados y la Federación Obrera Regional Argentina (FORA) organiza ollas populares para asistirlos.

La Boca es una de las primeras barriadas que registra “La marcha de las escobas”; una original y pacífica protesta con mayoría de mujeres y niños, enarbolando escobas. Simbólicamente, las escobas eran para “barrer a los caseros” (encargados de cobrar la mensualidad y ejercer control a veces abusivo, sobre la población conventillera) y otras demandas que acompañaban los principales reclamos.
Un testigo de los hechos explica el núcleo del problema:
“La edificación no progresa lo suficiente para cubrir las necesidades de la avalancha inmigratoria y ésto hace que los alquileres sean cada día más elevados y que para alquilar una mísera vivienda, sea necesaria una infinidad de requisitos (…). De ahí que las más inmundas covachas encuentren con facilidad inquilinos, ya que Buenos Aires no es una población en la que sea dado andar eligiendo”(4).
Pese a algunas tímidas ordenanzas municipales destinadas a no cumplirse, la situación se fue agravando hasta llegar a ese conflicto histórico. Los conventillos se habían convertido en máquinas de generar ganancias sin obligar en la práctica a los propietarios a ninguna contraprestación.
A medida que pasan los días y el conflicto persiste y ante la falta de ingresos, algunos propietarios empiezan a aceptar las demandas de los inquilinos, reforzando la voluntad del resto a resistir. La represión fue en aumento y el 22 de octubre en Perú y San Juan, San Telmo, la policía mata a un inquilino de 18 años. El cortejo fúnebre reunió a unas tres mil personas.
El 14 de noviembre de ese año una enorme fuerza policial encabezada por su jefe, el coronel Ramón Falcón, tomó por asalto el conventillo de la calle Ituzaingó.
“Tras la refriega, Falcón puso dos bomberos armados con máuser en la puerta de cada cuarto.
Al día siguiente, mientras el patio mostraba restos de muebles destruidos, los diarios anunciaban la nueva dirección del comité central de la huelga: Salta 657” (5). El comité de huelga se recompuso, pero los triunfos parciales, la represión feroz, los desalojos y la detención de varios dirigentes (varios de ellos deportados bajo el imperio de la llamada Ley de Residencia) debilitaron el movimiento hasta hacerlo desaparecer.
1) Estrada Santiago – Viajes y otras páginas literarias – Ed. Ángel Estrada, Buenos Aires, 1889.-
2) Páez Jorge – El Conventillo – Centro Editor de América Latina – Buenos Aires, 1971.-
3) Suriano Juan – La huelga de inquilinos de 1907 – Centro Editor de América Latina – Buenos Aires, 1983.-
4) Gilimón E. (1911) – Citado por Abad de Santillán Diego – La FORA – Ed. Libros de Anarres – Buenos Aires, 2005.-
5) Arrosagaray Enrique – El último conventillo – Diario Clarín – Buenos Aires, 28/9/1997.-
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