Al Pie de la Letra
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Psicoanalizando el Momento
Relato de Pablo Diringuer en su primera y fallida primera entrevista con la psicóloga
Psicoanalizando el Momento

Gozaba con mi presencia en ese lugar y hasta parecía haberle cambiado su semblante pálido de mujer cercano al fin de sus días. Hiciese lo que hiciese, la muy turra no paraba de reír y yo me sentía como un gran pelotudo a la marchanta.

Psicoanalizando el Momento
Tanto joderme, tanto joderme y… finalmente fui. «Finalmente» casi bordeando el final de mi mente de esas elucubraciones previas que normalmente cualquiera podría hacer ante hechos que se avecinan. Los hechos suceden y… las culatas de los revólveres explotan empuñadas en mis manos y salpican tiros de gracia en el ajar cotidiano derrochador de vida, que es la mía precisamente.

El timbre del psicólogo es de un bronce antiquísimo y sin ningún tipo de protección ante las inclemencias del tiempo; está recontra oxidado y, al apretarlo, la certeza de su función crea un interrogante más ante mi despiadada situación inestable emocional. Lo aprieto una, dos, tres veces y, entre pulsar y pulsar, dejo unos segundos la posibilidad de reacción del otro lado de la puerta.

Así fue durante unos cinco minutos en que el viento otoñal se aprovechó de mi infelicidad y me basureó con hojas marrones muertas mezcladas con tierra olvidada de ciudad por los alrededores, alguna de las cuales golpeó de lleno sobre mis irises y hasta sensaciones de elefantes clavados abominaron mi ya vilipendiado estado anímico.

Miro el reloj, he llegado minutos antes de mi consulta, casi tantos como los que llevo parado allí, del otro lado de esa reja de esa casa de la provincia de Buenos Aires, con un jardín aburrido y algunas flores marchitas semejantes de cementerio y el timbre allí, duro y oxidado de indiferencia mientras el soplar del viento me indica que en cualquier momento se larga con todo y yo sin un miserable paraguas cobijador circunstancial de mi desamparo.

Sigo pensando en mí; total, nadie ha aparecido en respuesta a mi llamado y todavía mis piernas no se han entumecido como para que abandonase ese barco anclado en esa dársena sin estibadores; algunos gorriones comen bichitos al azar en pleno de sus rasantes vuelos haciendo las veces de gaviotas hambrientas por las orillas de esos mares inexistentes; yo, yo sigo moviendo mis pies como hamacándome en la espera de esa hipodérmica sensación inyectada de ánimos bien arriba que en teoría, esa señora recomendada por alguien habrá de introducirme mágicamente con mi firme beneplácito de tipo buscador de puertas abiertas por sobre las cerradas.

El barrio no es feo, es un poco alejado de la gran urbe pero observándolo bien en detalle tiene, de alguna manera, esa impronta de barrio capitalino alejado y casi cercano a los límites mismos de la misma, lindantes a la avenida General Paz. En esa casa casi esquina, aparece de a ratos esa característica inconfundible de los barrios de calles asfaltadas sin adoquines y llenas de cicatrices alquitraneras que todo lo tapan en referencia a las heridas causadas vaya uno a saber por qué o quién y han dejado su huella, enmarcada en un equis tiempo imposible de dilucidar.

Una señora mayor inquieta por esas hojas viajeras en todos los sentidos del viento, aparece con su infaltable escoba y mientras las amontona de a sectores y pegadas con agua de los bordes de los cordones, las arrima prolijamente hacia el medio de la misma calle; en unos contados minutos ha acumulado tantos como cinco montículos dispersos en un radio de unos diez o quince metros sobre el espectro asfáltico. Luego pasa algún que otro vehículo y, las ruedas los aprisionan todavía más contra el suelo y, nuevamente el viento hace su trabajo y las dispersa a lo largo de la cuadra.

La vieja observa la escena y refunfuña algo que no alcanzo a interpretar, pero demás está imaginarme que probablemente sea un pequeño insulto hacia el vehículo circulante y provocante de desparramo otoñal.

Sigo mirando todo lo acaecido sobre esas calles vacías de ese barrio y cada movimiento producido por allí, no hace más que hacer notar que entre todas esas cosas, mi presencia sobresale, sin ninguna duda por encima del llano rutinario de silencio barrial a unas cuatro cuadras de distancia de una mucho más poblada estación de trenes.

Yo sigo allí, con mi dedo índice recto y casi entumecido apretando ese petrificado timbre de bronce que apenas acusa recibo de mi fuerza y mueve no más de un milímetro un aparente recorrido que si tuviese que ver con lo sexual no llegaría jamás a ningún orgasmo.

La vieja continúa allí, con lo que quedó de su escoba después de enésimos movimientos barrenderos y hojas diseminadas a la deriva sin ton ni son; de a ratos se apoya con ambas manos superpuestas sobre el recto palo de la escoba y, en su verticalidad, apoya su mentón y no deja de observarme. Yo también la miro, total, no hay nada más para ver en esa deshabitada calle; enseguida viene a mi mente, pensamientos perdidos así, al azar de las circunstancias atemporales de los individuos y me dejo llevar en el tiempo para dilucidar si habré conocido durante mi existencia alguna persona de características similares a esa mujer; no tengo una conclusión temprana e inmediata a los acontecimientos presenciados, no obstante concluyo en que jamás hube de conocer una mujer tan… descuidada y fea. Quizá, nunca hubiese prestado atención sobre esas viejas barrenderas de veredas y cordones bajo mi infancia o adolescencia, pero en ese momento no recordaba para nada haber conocido semejante personaje, casi de historieta o dibujito animado por su fealdad.

De a ratos no me quita la vista y hasta me decido contestarle del mismo modo y trato de ni siquiera pestañar, algo que no logro por lo molesto del viento que sigue clavándome elefantes en los ojos, la jovata tal vez sí puede, pues posee frondosos anteojos que prácticamente separan su visión del aire que impacta. Luego apoya el mentón sobre sus manos que a su vez reposan en ese palo de escoba y, la distancia de vereda a vereda no deja escuchar sus ininteligibles palabras masculladas en un tono de voz no demasiado amigable; luego sigue persiguiendo hojas asesinadas por el tiempo y descargando municiones un poco más fuertes ante el paso de algún auto desperdigador de montículos vegetales.

Mi reloj dice que ha pasado poco más de diez minutos de la hora señalada para el encuentro con esa mujer terapeuta de mi persona en esa primera consulta, y el timbre de bronce no se ha dado por aludido; entonces, comienzo a golpear mis manos y el sonido de mi aplauso hace eco bajo el alero continuador del pequeño jardín, antesala de la puerta de ingreso de la casa. Pero nadie responde; lo repito una, dos veces más y nada, para colmo el teléfono de ella no lo tengo conmigo, a raíz de lo cual, la deriva forma parte de mi patrimonio en ese momento.

La vieja de enfrente hace gala de su cuento de la buena pipa y sigue con su escoba y sus solapadas palabras que jamás entenderé pero hubo de agregar algo a ese espectáculo casi inerte de ambos más los autos que esporádicamente transitaban: ante cada uno de mis aplausos avisadores de mi presencia en ese domicilio, la mujer saludaba al cielo o hacia un hipotético público que aparentaba estar ovacionándola y al mismo tiempo sonreía y tiraba besos al aire y cruzaba sus brazos como apretando a ese público que la alababa y luego tomó una flor de su jardín y la olía y besaba como agradecimiento a quien se la hubiese obsequiado. Luego volvía a su barrido y de a ratos a su mirada inquisidora sobre mi persona que ya me estaba inflando las pelotas.

Nuevamente volví al timbre y a las palmas; unas tras otras alternadas en mi búsqueda de oportunidades de cambio bajo esa situación inesperada de los hechos. Y nada, la vieja reía cada vez más y saludaba el cielo poseedor de su dios o no sé bien qué, lo que la hacía regocijar y hasta reírse de a ratos como una bruja de carcajada larga y pocos dientes a la vista. Gozaba con mi presencia en ese lugar y hasta parecía haberle cambiado su semblante pálido de mujer cercano al fin de sus días. Hiciese lo que hiciese, la muy turra no paraba de reír y yo me sentía como un gran pelotudo a la marchanta y encima el puto timbre de bronce que me ignoraba.

Me armé de paciencia, sin dejar de ser yo, no fuese a ser cosa que me sacara y descarriara de la manera más torpe e imprevista, sin embargo, luego de mi último timbre y aplauso dirigido hacia la puerta de la casa, ella, una vez más rió con todas sus fuerzas y con su dedo índice me señalaba y hasta casi que se doblaba presa de sus carcajadas; entonces decidí ponerle coto final a su viaje y bajé a la calle y con mis pies esparcí uno a uno todos los montículos que había armado la jovata y se los pateé con todas las ganas y automáticamente hice fuerza para reírme y, en la medida en que me escuchaba más y más soltaba mi risa que iba en constante aumento y hasta cierta alegría íntima de revancha por esa actitud increíblemente aprovechadora de mi desgracia: con bajón psicológico, sin poder verme con la nueva terapeuta, un timbre apócrifo y una inesperada bruja despiadada de mis necesidades.

La reacción de ella por mi inesperada actitud no se hizo esperar y de inmediato alzó su escoba con una actitud amenazante mientras mi risa se imponía por sobre sus inentendibles palabras que parecían estar dirigidas a un dios o a un ser sobre natural del que desconocía por completo. Luego me maldijo y se cruzó de la vereda en que se hallaba hacia la que estaba yo y, en su continuado tono agresivo levantó la escoba como para agredirme pero no logró su objetivo, en un rápido movimiento se la arrebaté y se la arrojé lo más lejos posible, la misma cayó sobre el cordón de enfrente y quedó mitad sobre la vereda y mitad sobre la misma calle. Ante esa situación la mujer me maldijo y se dirigió a buscarla nuevamente pero como quien no quiere la cosa, uno de los pocos autos circundantes por los alrededores apareció imprevistamente y fue justo a estacionar en ese mismo lugar donde la escoba había quedado tirada; su chofer no la observó y estacionó como si nada, como si todo estuviese correcto para hacerlo y así fue que en esa marcha atrás para estar bien junto a la acera, su rueda derecha trasera subió lentamente esa pequeña altura puenteada del palo y lo partió exactamente a la mitad quedando ambos pedazos bajo el mismo vehículo.

La anciana mujer comenzó a gritar descontroladamente y se tiraba de los pelos de desesperación e impotencia luego comenzó a gritar como una chiflada total y me quedé perplejo observando sin saber qué hacer; si pedir ayuda o salir corriendo hacia la nada. Pero no tuve tiempo, y quizás fue lo mejor; uno de los pocos transeúntes del lugar, vecino del mismo apareció y me dijo mientras observaba mi cara de tipo perdido: -No se preocupe por esta mujer todos los días se le cae un tornillo nuevo ¿usted está tocando el timbre en esa casa de enfrente? –Sí -le respondí- tenía la primera entrevista con una psicóloga, pero no contesta…

-¿Sabe lo que pasa? –me respondió- todos se confunden, esa casa en que estaba tocando es de esta misma vieja chapita, tiene varias casas en esta cuadra; esta es la calle Virrey Loreto y la que usted busca es la que viene que se llama Marqués de Loreto; el número es el mismo, pero aquí no hay ninguna psicóloga; al contrario, está esta vieja que necesita de un simposio de psiquiatras…

Me fui de esa calle no sin antes agradecer de la mejor manera a ese vecino que me hizo revivir en mi verdadero estado de ánimo requeridor de un simple terapeuta que escuchase mis conflictos y dejara brotar mis confundidas reflexiones, mucho más cercanas a un sofá y a la vista dirigida a un cielo raso que a una escoba viajera, barredora de hojas muertas y risas peyorativas en lo inhóspito de la locura.

Por Pablo Diringuer

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