Tradiciones
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Vaquería y el Comercio del Cuero
El ganado, libre a voluntad se reproduce sin cuidado alguno, y después, cimarrón salvaje (sin dueño) origina la cacería
Vaquería y el Comercio del Cuero

La cacería, deporte que, cuando empieza a resultar un buen negocio, se constituye en trabajo autorizado por el Cabildo, en las llamadas vaquerías: cacerías autorizadas del ganado cimarrón que se aprovecha por su cuero y sebo y luego se abandona.

Desembarco en Buenos Aires -Mauricio Rugendas – Óleo – 1845

Vaquería y el Comercio del Cuero
Estamos en el territorio rioplatense. La Pampa. No hay para los conquistadores ninguno de los tan ansiados tesoros. La ciudad imperial que Pizarro encontró en Perú nada tiene que ver con la que halló a su llegada a nuestras vecindades Pedro de Mendoza. Nada de metales, ni oro, ni plata, ni tumbas sagradas sólo el desencanto y el deseo de resistir hasta poder regresar a Europa. Los colonizadores traen los primeros caballos, ovejas y vacas. En el siglo XVI se inicia la tradición argentina, eminentemente ganadera.

También es preciso recordar que, más tarde, nos llamarían “el granero del mundo», lo que marcó las dos grandes ocupaciones de fines del siglo pasado en el país, que sólo en el siglo XX verá un prodigioso incremento en el aspecto industrial. Es el tiempo del desarrollo interno y del crecimiento de las jóvenes ciudades, las clases sociales te perfilan, dada la marcada tendencia del país, hacia lo agropecuario y, sucesivamente, hacia los logros como capital urbana y administrativa. Este estilo de vida, con la llegada de los españoles que aportan los primeros exponentes de ganado, conjuga armoniosamente con las distancias de la pampa, ideales para la actividad pastoril.

El ganado, libre a voluntad y antojo, se reproduce sin cuidado alguno, y después, cimarrón salvaje (sin dueño), origina la cacería, deporte que, cuando empieza a resultar un buen negocio, se constituye en trabajo autorizado por el Cabildo, en las llamadas vaquerías: cacerías autorizadas del ganado cimarrón que se aprovecha por su cuero y sebo y luego se abandona.

De allí emerge el nuevo comercio del cuero que asegura en 1605 unas 75.000 cabezas de exportación para alcanzar, hacia 1753, a 150.000 cueros.

Comienza entonces, con la posesión de la tierra, bajo la denominación de estancias, chacras, quintas y solares, distribuidos entre los fundadores, el primer concepto de propiedad. Por supuesto, con fructíferas y beneficiosas distribuciones entre los que participaban de vaquerías y faenas, dando origen a un concepto de vida que será netamente argentino. El plano social se verá influido por esta forma social de economía, basada en el acopio del ganado y comercialización, oficio al que se adjudica con cierta nobleza, como si el pastoreo, la maestranza y la actividad ganadera elevaran no sólo el poder económico, sino también el nivel social del ganadero. Constituye una tarea que, además de parecer casi deportiva, tiene algo de juego y permite un clima de camaradería entre señores y siervos.

España traía consigo la concepción de que labrar era cosa de siervos y villanas. De modo que cal concepto se afincó en Buenos Aires, catalogando la agricultura como «oficio bajo» y generando un sentido casi de excelencia para el ganadero que, poco a poco, fue dueño de una profesión que comporta cierto tono de aristocracia. Y es cierto que, mientras el ganado crece, se reproduce y da dinero, su dueño puede viajar, leer e influir en todo el quehacer político y cultural pro- pio del país, generando para sí, su familia y su gente de la estancia, muchos beneficios, a la vez que una forma de vida, de comercio y, por qué no, de identidad y pertenencia.

Buenos Aires Comienzos del Siglo XVIII – http/srazonyrevolucion.org

El caballo genera el otro gran oficio del argentino. Saber sobre caballos y, sobre todo, amar al caballo, tanto para el indio como para el criollo, son extremos que pese a serlo, conformaron la sociedad de la clase que genera las riquezas para el país. El campo argentino ya tiene su arquetipo. Las faenas ganaderas tienen en él al ágil y hábil dominante del caballo, el gaucho.

De a caballo, gran parte de la herencia hispana cobra nuevo valor en la América ecuestre.

Desde el Cid Campeador a los jinetes andaluces, el atuendo se altera y se regionaliza, pero sin abandonar del todo lo hispano. El sombrero, las botas, el poncho en reemplazo de la capa, el chiripá a cambio del pantalón de pana, el pañuelo al cuello, la faja vasca, el corsé primero y la camisa de mangas afaroladas, completando el atuendo de trabajo con un lazo, el facón, el cuchillo, las boleadoras, las espuelas sobre las botas de potro y, de yapa, la compañera, la guitarra. Todo el rudo valor de la destreza y el coraje se desarma cuando el hombre, solo frente al fuego, desenfunda la guitarra para dejar aflorar el alma. Con ella cantó y lloró lo que peleó con el cuchillo. La pampa le dicta el primer idioma y el grito con que renuncia a la vida errante para asentarse a contemplar el ganado con su ojo de conocedor.
Sentir el Folklore – Ediciones Atalaya – por Julia Elena Dávalos – 1999

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