Al Pie de la Letra
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La Sociedad Moribunda y los Trenes Nuevos
Relato de Pablo Diringuer
La Sociedad Moribunda y los Trenes Nuevos

Nuevamente en tren; ferrocarril Sarmiento hacia el oeste y las nuevas formaciones que… pareciesen ser del primer mundo: son cero kilómetro con sus pisos, asientos, vidrios y puertas recién sacados de fábrica, hasta por los parlantes incorporados avisan todo lo que viene y luces de colores marcan el recorrido. Las puertas cierran perfecto y las vías no hacen ruido, o mejor dicho, el taca tac de las ruedas metaleras en las uniones de los rieles ni se siente. Increíble, hasta se puede hablar durante el viaje sin gritar y decir cosas al oído como si primara la intimidad.

Es día martes, previo del siguiente miércoles de nochebuena, la gente viaja refrescada por el aire acondicionado y el humor cambia un poco para bien, por lo menos lo apretujado no es tal y el transpirar sólo es un trámite ineludible al bajar del vagón; el verano tiene eso en todas las latitudes –salvo las polares-  y las buenas costumbres acompañan un desodorante o un perfume que nos mienten sanamente en la mejor convivencia posible.

El viaje es así y siempre lo será y lo más probable es el acostumbrarnos aunque sea lentamente a un vivir mejor y a incorporar nuevas sensaciones del por qué vale la pena seguir respirando sobre la carpeta terráquea. Somos en la observación a distancia bichitos caminantes que llevamos nuestro propio bagaje de interminables maneras de ser, ninguna igual a otra con lo cual nos debemos el conceder para que todo funcione de la manera más respetable, pero claro, millones de defectos, caprichos, hacen las diferencias y entonces, la fricción es un simple tornillo girador sin ningún tipo de lubricante.

En el trayecto de ese no tan extenso periplo de la estación Caballito hasta Haedo, pasa de todo aunque todo no pase, sólo una parte; y en ese lapso, el trabajo representado por el callo humano de ganarse el sustento aparece inevitablemente en los rostros de todos, del que se levantó a la hora 6 o del bancario que entra alrededor de la hora 10. Todos viajan mezclados como en un gran licuado compuesto de todo tipo de frutas y ahora, con la refrigeración de los vagones, ese licuado está fresquito y hasta dan ganas de tomarse un vaso. Un refresco de gente que labura y mientras dura ese viaje, pocos se dan bola, sólo los conocidos entre ellos se dicen palabras comunicantes, los demás viajan o duermen o miran o escuchan a los vendedores que expenden la total romería al alcance de la mano para usted señora o para usted señor. Me agrada ver eso, me siento parte y no reniego de ello y la mente me lleva hacia cualquier lado y ese lado creado por mí, me ambienta quizá, un poco lejos de la realidad circundante, pero cada tanto, esas cosas que suceden en estos trayectos, espabilan hasta el más viajero de los mortales producto de esas situaciones, prácticamente inmanejables a la hora de una horizontalidad del comportamiento humano que jamás podrá surgir como si lo innato en estas situaciones se contrapusiera a lo indispensable para llevarnos mejor. Siempre ocurre algo que nos saca de la normalidad y lo anormal si bien es mirado con fastidio, ese callo también ha sido incorporado después de tantos años del incomodar a algún otro porque ese otro hubo de incomodarme a mí también. Razones, siempre hay razones para la justificación del otro hacia el otro y el mapa del armado social está a la hora del día en cuanto a las precipitaciones de hechos que cualquiera pudiera suponer y, de manera esporádica, suceden.     

Entonces, con el tren recién detenido y las puertas que se abren, los que bajan y los que suben; los que dejan el asiento y los que lo desean; los vendedores que quieren seguir vendiendo aún a pesar de las sardinas enlatadas y el empuje que dejó de ser de palabra para pasar a ser de hecho, el empujar físicamente para seguir hasta el otro vagón y vocear por enésima vez el ofrecimiento de todo por dos pesos aunque ya no lo sean y sean cuatro o diez.

También, mezclado en ese apretujar, el o los improperios a flor de piel y de la corrección se pasa al insulto en décimas de segundos; lo que parecía inalterable, imprevistamente se desbocó y los epítetos barnizaron esas paredes nuevitas de las formaciones y rebotaron haciendo eco hasta esos metros finales que anteceden el siguiente vagón ¿y todo por qué? Porque la señora acusó al señor que, al pasar por detrás de su espaldar, osó apegarse de manera incorrecta y hasta obscena valiéndose del lleno del tren.

El aire acondicionado no es como los ventiladores de… hace unos meses nada más; todo funciona a la perfección y el enojo tiende a diluirse en la intrascendencia o el anonimato y los paisajes bordeados de avenida Rivadavia se van sucediendo mientras más árboles avisan que están vivos y algunos perros mueren a la vera de la ruta, cuando autos modernos y veloces aplanan cuanto ser viviente osase interrumpir semejante atropello a la modernidad. El 2015 avasalla y nadie lo puede parar ni siquiera los factores climáticos que se han cansado de anunciar que la lluvia quedará para el año que se avecina, por lo cual, el agua será una triste ilusión de las lenguas secas de los árboles que se han empecinado en ser eso, simples mendigos vegetales al acecho de un futuro más llevadero y tranquilo. Pero el Hombre como género no puede, no le sale re empastar de lubricante el camino forjado con sacrificio y desde siempre, y entonces el ingenio que no es popular –es bipolar porque conveniente según ambas circunstancias- incide en un Sí o en un No: si la intención es poseer dinero, inevitablemente habrá que hacer las barbaridades que corrientemente se practican; si, por el contrario, el dinero cash o como se llame, pasara a ser algo de menor envergadura o algo ninguneado o de inferior valor social, todas esas cosas a las cuáles estamos acostumbrados a vivenciar, inevitablemente desaparecerán y darán lugar a unas nuevas que sin dudar serán de una incertidumbre tremenda.

El valor de las cosas como objetos primordiales para un mejor estar, o el valor de las personas y sus costumbres de un mejor vivir sin joder al otro. Dicotomías viajeras de este martes a primera hora de la tarde en medio de este viaje en estos nuevos trenes chinos con aire acondicionado que –dicho sea de paso- me refrigeran las ideas hasta tanto llegue a destino.

Luego sí, vuelvo en mí, vuelvo inmerso en el espectro del codo a codo con todos los ex transpirados y bien olientes pasajeros del Sarmiento y, como sapiente circunscrito al mundo circundante, esa nena o nene que sus largos pelos no me dejan identificar su verdadero sexo, sólo confirmo la existencia de su mamá, que le grita porque no le entiende o no le hace caso; la madre está embarazada y lleva a una criatura más chica entre sus brazos y, delante suyo, otro pibe acompaña los rizos de ese o esa otra que no sé y les grita a ambos, pero más que nada al indefinido/a  en cuestión: -¡Hacé lo que te digo o ya vas a ver! –le indica con su innata prepotencia-

Los gritos, obviamente que llegan a oídos de los bajitos y las estampitas que arrugan entre sus manitas, una a una van espolvoreando ese pasillo largo de asientos nuevos y laburantes gastados; algunos dan, otros dicen: “No gracias”. Así siguen y pasan al otro vagón mientras los mocos se dispersan por esos brazos finitos y sucios y pintan cachetes de mugre pegajosa que luego secará bajo el calor ambiental pero  probablemente no maternal porque esa señora de panza pronunciada y bebé en brazos, no dice, sólo grita y los pibitos siguen en su caminata de pasillos.

El tren se detiene en Ramos Mejía y la mujer baja y ordena: -¡Vamos para el otro, dale apuráte! –obliga sin uniforme-

El pibito baja, pero el o la de los rizos se queda unos instantes arriba del vagón e imprevistamente asoma medio cuerpo por las puertas; el nuevo sistema ferroviario no permite cerrarlas si algo se lo impide y, al mismo tiempo, la formación no puede continuar su marcha.

Un hombre de unos 70 años, le recrimina al de los rizos: -¡Dale nena que si no nos vamos más!

La criatura lo insulta y le escupe, luego salta hacia el andén y la madre ni siquiera le preocupó nada de lo acontecido. El hombre se limpió el salivazo con un gesto de resignación y rápido olvido, el tren inicia su marcha hacia la estación Haedo y el murmullo caduca toda conclusión.

Yo hube de volver en mí y observar la escena… luego el tren arrancó nuevamente y mi mente me transportó otra vez quién sabe dónde; murmullos y silencios a punto de llegar a mi inmediato destino, prefacios de un mundo que aun no comprendo y quién sabe comprenderé… como si no hubiese alcanzado mi recorrido hecho, como si mi cáscara apenas, hubiese comenzado a resquebrajarse de tanto picoteo en insistir saber sobre qué se trata

Por Pablo Diringuer

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