Al Pie de la Letra
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Pensamientos Inequívocos en la Plaza
Relato de Pablo Diringuer
Pensamientos Inequívocos en la Plaza

Yo estaba parado allí, en esa plaza dominical, soleada… y esos árboles coordinadores o… verificadores del espectáculo de tranquilidad familiar; luego, claro, ese entorno inevitable y completo en donde los pájaros y los principales protagonistas del arraigo familiar -los pibes- deambulan inmersos en sus gritos desahogados bajo el influjo vacacional que tanto imanta.

Estaba solo en esa plaza Irlanda y en esa rara combinación mezclada de mirada y mente hube de tildarme del otro lado de la reja de la calesita. Inevitable ese tilde personal mientras esa calesita subía y bajaba caballitos y autitos hamaqueantes y elefantes movedores de trompas y raras naves espaciales con luces de colores desteñidos.

Padres, padres más jóvenes que yo; hijos prontos a dejar pañales y otros cómplices del futuro desparpajo que dan vueltas y vueltas y la sortija esquiva que finalmente encastra en algún dedo al azar. Las vueltas se suceden y las cuerdas musicales de los discos calesiteros alternan pegadizas melodías en donde de a ratos Xuxa sigue inalterablemente joven.

No sé por qué, mientras observo la escena reiterativa, cada minuto que sucede en mi rama del árbol, alguna melancolía me sucede. No es muy común en mí, y menos que menos en esta tarde soleada en donde si tuviese un espejo frente a mí, vislumbraría una especie de muñeco de cera dentro de un irreal-real museo. Las plazas parecieran ser… todas iguales; calesitas, centros de jubilados, pibes con pelotas; payasos con globos; bicicletas; algún deportista transpirando pelos y remeras… y yo ahí, como inmerso en la pantalla de mi propia película.

Las sortijas se suceden unas tras otras y las vueltas de los pibes que ríen no escaldan óxidos y el aceite lubricante de vida, sigue ese circuito innegable de ganas de respirar. He dejado el cigarrillo hace muchos años, obviamente menos que los que tengo, sin embargo, en esa especie de estado catatónico de mi parte, me hubiera fumado uno. Elucubrar reflexiones para utilizarlas como toboganes o montañas rusas mientras me recuesto sobre esas imágenes visuales mezcladas con esas otras transportadoras del tiempo hacia atrás. Y en ese tiempo pasado, imágenes ecográficas de mis hijos que ya, están en otra muy distinta y muy alejada de la sortija calesitera.

La vida pareciera ser una especie o combinación de giros reiterativos aunque, evidentemente, para cada individuo significase una experiencia netamente inédita, y lo que me tocó vivir no es más ni menos que los que otros antes que mi persona han vivido con igual intensidad. Tal vez esa fisonomía del planeta que habitamos sea, de algún modo, una gran metáfora de lo que nos tocará inevitablemente vivir; todo será o formará parte de un circuito en el que todos participaremos y llegaremos al punto de partida o del final, según la libre interpretación del que así lo desee.

Soy un padre grande mirando a los padres más jóvenes con sus correspondientes hijos que hubieron de comenzar algún tiempo después ese circuito redondo de dar la vuelta al planeta.

De a ratos me espabilo con los gritos del payaso y su tribuna infantil que no cesa; de a otros ratos, también, veo a esos jubilados con esas boinas o esos bastones o sus músicas rejuvenecedoras inmersas en sus posibles juegos amables llenos de risas y sonrisas.

Sentirse en el medio; sentirme en el medio; ni padre joven, ni jubilado; tampoco abuelo, ni casado ni nada. Divorciado hace mucho, y esporádico novio de alguna que quiera sentirse algo joven y me contagie.

Sobre esa plaza no había hojas otoñales, solamente en mis pensamientos, las hojas de almanaques inundaban este verano, y en esa parquedad de mi parte, en ese no tener ganas de hablar con nadie, esa mujer policía de mangas color bordó y chaleco negro observaba el espectro solapadamente ensombrecida con su gorra con visera. Yo seguía tras las rejas en la estatua que, circunstancialmente me contenía; la encargada de brindar “seguridad” imprevistamente se acercó a mi lado y rompió mi monotonía viajera: -Buenas tardes –me dijo en tono amable- ¡Qué lindo es mirar a los chicos cómo se divierten!

Yo casi que no la miré, me quedé ensimismado en mi viaje y como no tenía ganas de hablar con nadie ni siquiera le contesté; hasta me quedé inexpresivo, como otorgándole la posibilidad que supusiese que carecía de poder escuchar, luego me acordé de una chica que había visto el día anterior en el viejo Hospital de niños vendiendo globos y que vinieron otras mujeres policías y le incautaron y rompieron todo mientras la esposaban por vender sin permiso, y más me retobé e inmediatamente miré para el lado contrario al de ella y partí con rumbo desconocido dejándola sin ningún tipo de respuesta de mi parte. Y en esas intempestivas zancadas de mis piernas hube de dejar escapar unos pedos silenciosos que se perdieron en el medio de los árboles.

Fue un día domingo plagado de pensamientos íntimos de mi parte en esa plaza llena de todo, pero con muy poco margen para saber fehacientemente que no tenía lugar pare ese establishment lleno de caretas y esbirros al servicio de ningún pulgar hacia el epicentro de la tierra.

De Pablo Diringuer

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