Ya fué
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Fogatas en los Barrios
Ambos eventos provienen de festividades paganas, absorbidas por el cristianismo
Fogatas en los Barrios

Los barrios porteños siempre fueron cultores de antiguas tradiciones populares cuyo origen, los protagonistas nunca se ocupaban en investigar. Simplemente se las celebraba. El carnaval, rey de los juegos con agua y su contracara la fogata, pueden considerarse como rituales máximos que involucraron a gran parte de la población. Ambos eventos provienen de festividades paganas, que luego fueron absorbidas por el cristianismo. Pero el vecino y la vecina que entusiastamente participaban de los baldazos en los patios, más de una vez se vieron envueltos en discusiones generadas por la rudeza de los juegos, dejando a veces heridas abiertas. A diferencia de los juegos con agua, las fogatas de San Juan (24 de junio) y San Pedro y San Pablo (28 de junio) unían a la vecindad y a muchos forasteros en torno a las llamas que culminaron con la quema de un muñeco en el extremo de la pira. Con el fantoche crepitante, se incineraban también los sinsabores y malos momentos que fueron de un junio a otro. Los mayores pasaban de las exclamaciones admirativas y algún aplauso en el clímax del incendio, a una actitud pensativa y serena, bajo el embrujo de las llamas que como la lluvia cuando se desata y se vuelve monocorde, pone paz en las almas.

Clarín – 26-06-97

Un mes antes, los pibes obedeciendo a una orden tácita dictada por el almanaque, comenzaban la recolección de material combustible. Maderas de todo tipo, cajones de fruta, muebles en desuso aportados por un vecino, neumáticos de desecho de alguna gomería, aserrín embebido en gasoil que el garaje de la cuadra regalaba después de usarlo como limpiador de piso. Todo era bien recibido y se acumulaba en el baldío más cercano o en alguna casa abandonada. A medida que se acercaba la fecha, crecía la ansiedad y el deseo de tener la “fogarata” más grande de la zona. El orgullo barrial se ponía en juego compitiendo con las fogatas de las cuadras cercanas. Quien consiguiera la pira más espectacular, mantendría el liderazgo hasta el próximo año.

La competencia no siempre fue pacífica. Y en los días previos y en el mismo 24 de Junio hasta minutos antes de iniciar el rito, en algunos barrios salían grupos sueltos a apoderarse del acopio de fogatas vecinas; originando peleas que derivaron en “guerras” que duraban semanas y le complicaba la vida a quien era alumno de una escuela en territorio enemigo.

La hoguera se montaba en una bocacalle y el tránsito se interrumpía con caballetes y tablones en las esquinas. Luego se accionaba la llave de luz de la calle (que entonces era manual) del foco colgante y el escenario quedaba a oscuras. Listo el armado en forma de pirámide y rociado con abundante querosén, se iniciaba el ritual. Las llamas trepaban alcanzando alturas que metían miedo a los ojos infantiles, devorando en segundos el muñeco que exorcizaba las desdichas. Los pibes y no pocos vecinos permanecían hasta la madrugada hechizados por las brasas, donde a veces se asaban algunas batatas al rescoldo y entre los adultos, circulaba el mate amigo combatiendo el frío juniano.

Pero en poco tiempo al empedrado lo cubrieron de asfalto, la casita ruinosa frente al sitio histórico de la fogata fue reemplazada por un edificio de departamentos y los flamantes semáforos en las esquinas, completaron el cerco que el progreso le tendió a la fogata.

Llegó un junio en el que no hubo más “fogaratas”. La policía lo impedía. De nada valieron los esfuerzos de unos pocos para mantener encendido el fuego de la tradición. Después los pibes crecieron y al rito obligado por generaciones lo atrapó el olvido. Igual que los encuentros futboleros llamados “frente a frente” por jugarse de una a otra vereda, los superclásicos de casados contra solteros, los más chicos ocupando la vereda con las bolitas o las nenas saltando el elástico… y el boliche de la esquina testigo de tantas fogatas, que de a poco se fue cayendo de puro viejo. Todos se fueron. “Qué se habrán hecho, dónde estarán…” escribió Homero Manzi recordando a los amigos. Pero siempre queda la memoria para evocar ese pincel de la fogata heroica, apuntalando las emociones y pintando el cielo de naranja en las noches frías de junio.

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