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Calle Corrientes
Conocida como la “Calle que Nunca Duerme”
Calle Corrientes

Desde la época en que su ancho no sobrepasaba lo diez metros, la avenida Corrientes fue experimentando sucesivos cambios, acorde a la época que le tocaba  que la transitaran, y de cada momento dejó su expresión artística que acreditaban lo que los académicos llaman “patrimonio cultural”.

Para la mayoría sigue siendo la Calle Corrientes, aunque desde hace años es Avenida. Conocida como la “Calle que nunca duerme”, se levantó como un centro cultural gigante a cielo abierto, concentrado desde la avenida Callao hasta la peatonal Florida. Sus teatros, librerías y pizzerías, son reconocidos en todo el país y en buena parte de la América Latina.

 Desde su creación hasta la actualidad peatonal, la Calle Corriente sufrió varios cambios.

Su nombre primitivo fue el de San Nicolás, y donde ahora vemos al Obelisco, se levantaba la Iglesia de San Nicolás de Bari, en cuya torre flameó por primera vez la bandera argentina (23 de agosto de 1812) con motivo de la misa de acción de gracias celebrada ante el fracaso de la conjuración de Alzaga. Sus desaparecidos teatros Politeama Argentino, Opera y Apolo fueron escenario del triunfo de los más altos exponentes de la lírica mundial, así como del nacimiento del considerado como teatro nacional: el drama gauchesco Juan Moreira, representado en el año 1884, en pantomima por la compañía circense de los hermanos Carlo, que actuaba en el Politeama Argentino, y cuyo personaje principal fue encarnado por el famoso actor José J. Podestá.

Calle de la ciudad de Buenos Aires, convertida en avenida, luego del ensanche terminado en 1936, que se extiende desde Madero 402 hasta Avenida Federico Lacroze 4200.- Tuvo historiadores notables, como Leopoldo Marechal.- El tango estuvo presente desde los comienzos en un almacén. La Argolla de Oro, convertido en café hacia a comienzos de 1900.

Por allí pasaron músicos como Ángel Villoldo, Enrique Saborido y Rosendo Mendizábal: luego se abrieron  nuevos cafés  transformados en reductos del tango como El Nacional, el Marzotto, en cuyo palco se presentaron las grandes orquestas de tango; en esta calle estuvieron también el Tabaris y el Pigall. Fue un ámbito por excelencia de los teatros (el Apolo, el Politeama, el Astral, el Presidente Alvear, el San Martin, entre otros) y es seguramente la calle más nombrada en los versos de los tangos.

A su esquina más notoria, el poeta Celedonio Flores le dedicó uno de sus mejores poemas y también, por añadidura, uno de sus tangos más famosos: Corrientes y Esmeralda, con música de Francisco Pracánico:

 Amainaron guapos junto a tus ochavas/ cuando un cajetilla los calzó de cross/ y te dieron lustre las patotas bravas/ allá por el año…novecientos dos…/ Esquina porteña, tu rante canguela/ se hace una melange de caña, gin fizz,/ pase inglés y monte, bacará y quiniela./ curdelas y grappa y locas de pris./ El Odeón se manda la Real Academia/ rebotando tangos el viejo Pigall,/ y se juega el resto la doliente anemia/ que espera el tranvía para su arrabal./ De Esmeralda al norte, del lao de Retiro/ franchutas papusas caen a la oración/ a ligarse un viaje, si se pone a tiro,/ gambeteando el lente que tira el botón.

Y Enrique Cadicamo se pregunta en su tango Anclao en París, con música de Guillermo Barbieri: ¡Como habrá cambiado tu calle Corrientes!/ Suipacha, Esmeralda, tu mismo arrabal.

Enrique Delfino le dedicó su tango Calle Corrientes; Roberto Chanel y Ángel Quirolo escribieron Corrientes bajo cero y en Del barrio de las latas, de Emilio Fresero y Raúl de los Hoyos, el protagonista afirma que de allí se vino pa´Corrientes, o sea, a la calle paradigmática del centro.

Bernardo González Arrili la evocó en sus crónicas del libro Corrientes entre Esmeralda y Suipacha y Ulyses Petit de Murat le dedica varias páginas de su obra La noche de Buenos Aires.-

Leopoldo Marechal Escribía Sobre Ella

La noche está en la calle Corrientes, y allí se encontrarán, sin saberlo, todos aquellos hombres, compadritos del barrio, adolescentes ruidoso, horteras  peinados hasta la locura, aventurera de fin de semana.

La calle los espera con sus teatros y cines abiertos, con sus cafés rutilantes, con el vértigo de sus luces y sonidos.

Los repasados burgueses, con sus familias, asientas sus reales en los cinematógrafos de lujo. Y no faltan las patotas de muchachos que recorren la calle, sin rumbo fijo, deteniéndose aquí y allá,  ora frente a las vidrieras del Restauran Mar del Plata, donde el asombro los retiene ante la langostas, ranas y tortugas vivas, ora junto a los cafés, para escuchar gratuitamente la música; o frente a los bares próximos al Paseo de Julio, atentos a la puerta que al abrirse súbitamente les revelará un cuadro de marineros y mujeres nocturnas.

Pero el verdadero color de la gente se manifiesta en los cafés, donde el público es más actor que espectador. Los hay de muchas clases; los que se dedican a la música popular, verdaderas catedrales de tango, en que una multitud silenciosa y por demás reverente, escucha las últimas novedades, aplaude el virtuosismo de los bandoneones y saborea lo detalles de la instrumentación, cada vez más refinada.

Otros cafés mantienen su viejo carácter de mentidero, y su público se da a la conversación, interrumpida cada media hora por los vagos acordes de una orquesta de señoritas: aquellos hombres hablan tan alto que resulta imposible no enterarse de sus pasiones.

Hombres nocturnos de Corrientes, vagos, elegantes, moralistas, teóricos o prácticos, empresarios de lo posible y de lo imposible, profesionales de la noche, gentes alegres o tristes, con o sin destino: cada uno da su nota personal y la calle reúne y armoniza en la unidad de su acorde.

Corrientes por Julián Centeya

“Pero sobre todo se cultiva el café que es una institución que la ciudad de Buenos Aires va perdiendo poco a poco. Ahora de noche, salvando el desfile de las caravanas de automovilistas, Buenos Aires, carece de vida nocturna completamente. La calle Corrientes, que es la espina dorsal de Buenos Aires desde Chacarita hasta el bajo, a las tres de la mañana, tiene dos locales abiertos solamente. Uno se llama el boliche de Ramos, que es una casa de la calle Corrientes y Montevideo, y enfrente está La Paz, que debe cerrar a las tres o cuatro. En los barrios, es inútil buscar un café a las tres de la mañana, no hay nadie.

Nosotros cultivamos la noche de Buenos Aires. Con el misterio de la mesa de billar que le ha desaparecido a Buenos Aires. Y el encantamiento de la vitrola.

Corrientes, tenía una fisonomía desde 25 de Mayo hasta Callao y desde allí después pierde ese carácter, se hace al Mercado de Abasto, donde tiene cierta raíz criolla pero mucha italianidad, entonces tiene un aroma de lechuga fresca y de rabanito. Tiene algo de criollo, porque allí existió una latitud de quintas de hornos de ladrillos en tiempos de prehistoria, cuando llegaban al Mercado de Abasto (esto yo no lo vi, porque estaba entre la Osa Mayor y la Vía Láctea en ese tiempo). Pero en esa edad, venían hasta el Mercado de Abasto, los cultivadores de legumbres y de frutas, en carretas tiradas por bueyes. Estaba el Chanta Cuatro, que en los altos era una posada, ahí dormía esta gente que venía en carreta.

Barrio de tango que da a Pichuco. Da a De Simeone, un hombre guapo. Estaba el teatro Excélsior, con Enrique De Rosas. La calle Corrientes sigue de largo y empieza a hablar otro idioma allá en Villa Crespo, viene la colectividad judía. Después tiene ganas de sentirse criolla un poco más y a la altura de Dorrego tiene un misterioso bodegón, donde paraba José Otal un criollo, paraban carreros, chateros.

Y después no sé porque misterio, la ciudad se amasija, la calle Corrientes se amasija ahí a la altura de Chacarita. Por eso yo digo que la calle Corrientes, nace en el primer “round” del Luna Park y  termina en el último “round” allá contra el paredón del ferrocarril Gral. Urquiza, que es un ferrocarril que se pianta del mapa y que sé yo hasta donde va”.

Calle Corrientes

Mi linda calle Corrientes…!
sos de todos y de nadie
vas cruzando a Buenos Aires
con tu ritmo diferente:
segura, tranquilamente,
coqueta, vivaz, risueña,
como una piba porteña
que no ha cumplido los veinte…!

Sos hija del Luna Park
con avenida Madero,
y te acunan los carteros,
frente al Correo Central,
y después que te ajustas
el talle, con Leandro Alem,
saltás del Jousten Hotel
a conquistar la ciudad…!

Te paran en San Martín
silbando, los mensajeros,
y el seco repiqueteo
de máquinas de escribir;
y te encontrás que al seguir
sobre tus hombros y hastío,
cae un montón que Tronío
te lo trajo de Madrid…!

Y te parás en Florida,
para ver lo que hay de nuevo;
si ves pasar un modelo
se lo copias enseguida,
y después ya más tranquila
cuando llegás a Maipú
recibís del Marabú,
un tango de bienvenida…!

Y ya más señora y dueña
sos Corrientes la que manda,
y en la esquina de Esmeralda,
bajo las luces que sueñan,
presentás tu línea media:
Maipo, Odeón y Ta-ba-ris,
y me avisas si París
no pida la contraseña…!

Mezclás, escalera real
con generala servida,
Opera, Rex, pizzerías,
Obelisco y Diagonal:
bolero sentimental,
milonga con variaciones,
traje con dos pantalones
y teatro Nacional…!

Salpicas rotiserías
con cafecitos cortados,
del semillón del parado
al sundae con leche fría:
saltás de peluquerías
al criollo, de Jacobo
que vende de sobretodos,
a perros de policía…!

Corrientes sos el pincel
que disimula pesares,
imán de los arrabales
que todos te quieren bien:
¿te acordás cuando Gardel,
tu morocho del Abasto
encontraba entre canastos
su casa de Jean Jaurés…?

Sos hija de Luna Park
con avenida Madero,
te canto porque te quiero
banderín de mi ciudad,
si tu punto terminal
es el mío… Chacarita…
donde un coro de floristas
con cantan el funeral…!

Héctor Gagliardi – 1949

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