Al Pie de la Letra
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Cuento 1304 «A»
Cuento de Pablo Diringuer
Cuento 1304 «A»

Cuento 1304 «A»; ella destila espuma por su boca… aún ríe del viaje de soltura entre ambos, hubo millones de palabras que nos demostraron que… nos queremos decir y hacer lo elucubrado en cada una de las mentes. Yo le dije que ya no me importan los tornillos de la máquina ambiental que nos incluye e impone suspicacias por doquier… y ella me contesta, no con palabras, solamente sus gestos me dan la pauta que está más allá de lo que mi Ser le pueda decir; ella lo espera todo de mí, pero obviamente no me lo dice, es ese juego de ambigüedades sin certezas entre hombres y mujeres que siempre, pero siempre, cabildea cuando se quiere algo… ese algo tan inmenso que perfecciona al Ser que componemos sin proponérnoslo.


No puedo decir que la quiero… y ella, tampoco. El alcohol nos ha doblegado en las formalidades y cada vez que ella toca a mi mano y viceversa, esa espuma que vomita de su boca entrelaza invisiblemente de fundamentaciones palabreras, pero lo dice todo desde el brote semillero que inevitablemente formamos parte.


Me atrevo a preguntarle si se siente mal en ese bar pestilente de ambigüedades especuladoras en donde las pestañas de ambos sexos bajan cortinas y luego las abren casi sabiendo que esos actores si bien no ganarán premios «Oscar», pesarán posibilidades concretas de amor abrigados de camas.


Ella sigue mareada de nubes etílicas y yo… yo no soy menos aunque mi cascarita muestra sus músculos sobre ese ring sin árbitros.


La mano, esa mano que fue el grifo comunicante de a dos, dio pie al labio, previa mirada complaciente, brillosa y anhelante de…algo más…
Soy tan creído de mi ambientación interna que todo lo que le pueda llegar a decir, es para mí la perfecta comunión del deseo y la ansiedad erizada con forma de pelitos braceros que acarician y labios corrugados llenos de vapores que pintan, simplemente pintan ese inmediato devenir que nunca es nuevo, nunca resulta ser algo de lo que no se sabe; no,… pero es digno de destacar en ese interior tan íntimo, que jamás de los jamases lo material pudo hacer mella en ese algo tan impecablemente cristalizado a través de lo inefable de esa piel tan pegoteada de ganas simbióticas de amor.


Ella sigue borracha o algo así, y sus vahos todavía relucientes, le alcanzan para reciclarse en ella misma y hasta reírse de su estado.


Tambaleantes entre esas mesas talabarteras algo nos indica una especie de camino invisible y complementa otorgándonos la posibilidad de embaucar ese sendero eficaz hacia la salida del bullicio junto a esa marea humana mezclada con volúmenes musicales, y ya sobre el adoquín palermitano, un taxi aspira nuestras siluetas. Ella acompasada por el silencio del chofer que no habla, se atreve a sus ímpetus felices sin ningún tipo de espacios limitadores de decires; entonces, como quien tiene la palabra en el speech o monólogo o disertación ante un amplio espectro de oyentes, ella, pone su mano al lado de su boca, y pegada a mi oído -tal vez para que ese chofer del taxi evite miradas indiscretas- sopla palabras arrastradas por su vapor hacia mis adentros que derriten bronces opacos de novedades apócrifas, entonces a modo de apuntadora de esa obra teatral que nos incluye, sus cuerdas vocales suavizan y humedecen mis oídos, ella tiñe sus ganas hacia mí y apunta la incidencia de quien se sabe influyente en mi inmediatez: –

¿Sabés de qué se trata lo que vas a decir en tu cercano palabrerío historial de vivencias sobre ese monitor que todo lo espera de ti? -me dice muy segura de su locura-.


Le contesto que no, que ni idea sobre lo que mostrará mi laberinto cuando me halle solo frente a la computadora, entonces ella -que ya no emite espumas boscosas de viajes selváticos- me concluye con su apreciada y borracha mirada en su inmediato devenir: -«Cuento 1304 A» -dice-.


Luego rió y casi que se desmayó del pedo justo cuando hubimos de llegar a su departamento. El taxista se percató, pero no se animó a brindarme su ayuda para bajarla del auto, hasta me solidifiqué en mi apariencia para vislumbrar ante él y cualquiera que surgiese, que yo podría con todo. Y así fue, que tras embocar la llave tras ese pasillo corto en esa planta baja, la llave increíblemente embocó en el epicentro de la cerradura.. Al acostarla en su cama estuvo -una vez más- de otro gesto de arcado espumoso, pero no, finalmente no sucedió.


Me desperté mal dormido sobre ese sillón viejo de telas y ni siquiera hube atisbar inquietudes sobre sentir su calor femenino, y en ese lapsus que casi como que no recuerdo en detalle, le dejé escrito en un cuaderno sobre esa pequeña mesita en el pequeño living lindante de su habitación, y mientras de a ratos la observaba mecida en su viaje alcohólico me acordé de su anticipado cuento 1304 «A». Y se lo dejé solitario sobre el papel olvidado de ese cuaderno.


Luego me fui mientras ella dormía flotante vaya a saber sobre qué espacio sideral. Hoy prendí la computadora en mi domicilio y ella, acompañada de una selfie risueña, retransmitió ese texto del cuaderno en el facebook: ¡Cómo me gusta el 1304 «A»! -agregó ella al escrito-.

Todavía estoy algo desarmado de antenoche, el teléfono está sonando, no sé quien es, aunque lo intuyo. Muy probablemente el cuento 1305 «A» o «B» esté por escribirse. -¿Hola?…

de Pablo Diringuer

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