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El Tigrero Justo Almirón
La historia es simple y común. No alcanza, la intensidad y vuelo de la de Martin Fierro, ni tiene su sentido social
El Tigrero Justo Almirón

Almada lo recibe con aparente cordialidad, pero le codicia la mujer. Hace público su propósito de quitársela. Se produce la inevitable y feroz pelea. Almada es muerto. Almirón se convierte en “El Tigrero”, capitán de los bandidos de la sierra.

El Tigrero Justo Almirón
Un personaje que le hubiera gustado a Borges.

Es conocida la predilección de Borges por guapos y cuchilleros, los de “la secta del coraje el cuchillo”, entusiasmo que doña Leonor Acevedo de Borges no le fomentaba. En los relatos de algunos de estos personajes- en páginas de Eduardo Gutiérrez o Tomas Oliver- encuentra Borges palabras que, en su tiempo, le encienden un intento criollista en la prosa o el verso, lo que luego fue atemperando o abandonó. Así “mandar fuerza”, (Un viejo puede todavía “mandar fuerza”), es expresión que subraya y alguna vez utiliza.

En El Tigrero, del payador Félix Hidalgo (Biblioteca Gauchesca), folleto subtitulado “Capitán de los bandidos de las Sierras del Cristiano”, los límites del coraje y la infamia se confunden.

El relato pertenece, como se dijo, a Félix Hidalgo, payador y sargento de policía, hombre de Barracas. No es mucho lo que se sabe del autor. Haciendo algo así como periodismo tremendista, pinto en verso y publicó en folletos, antes de 1900, catástrofes ferroviarias e inundaciones.

El poeta José González Carbalho le dedico unas páginas. Alguna vez daremos a conocer una crónica de lo sucedido en La Plata durante la revolución de julio de 1890, cuando Hidalgo es convocado a servicio, aunque está imposibilitado por el reumatismo. Este relato en verso apareció en un Almanaque radical y está ilustrado con dibujos de los “cívicos” de la época, con su cinturón cargado de balas y la galería o “pavita” que llamaban “budinera”.

Pero en el caso concreto de “El Tigrero”, el folleto de 32 páginas (excluyendo la tapa y contratapa en colores) cuenta la historia siguiente: en Lobería, por el lado de las Sierras del Cristiano, había un verdadero refugio de maleantes, de peligro sumo, al que no solía llegar la partida policial. Allí los bandidos se regían por su ley. José Almada capitaneaba una banda.

Un mozo guapo, Justo Almirón, es tomado preso y enviado al “3 de Línea”, para servir como castigo, en las fuerzas fronterizas. Cumple su tiempo y pide relevo. El coronel se enfurece con el pedido y lo amenaza con renovarle el tiempo de servicio. Almirón se propone “resbalarse” hacia los indios. Le gana el lado de la confianza a un capitán cordobés, se hace el humilde, logra que el capitán cordobés lo use de correo para enviar una misiva de amor a una dama a la que pretende.

Almirón rompe la carta y confiesa su amor a la destinataria, que lo acepta. Los amantes preparan su fuga, un día de pago, en el que la borrachera se generaliza. Almirón huye en el azulejo overo del capitán, y alza a la dama en ancas, luego de bolsiquear y robar a varios borrachos. Llega al puesto el paisano Pedro Trejo, que lo recibe cordialmente y lo recomienda a Juan Serrano-cuñado del puestero-, mano brava en los refugios de la sierra.

Trejo le regala una daga y aun un traje. Ahumada llega a la Lobería, donde un pulpero le da albergue, no sin mostrarle alguna desconfianza. Secretamente, el pulpero informa al alcalde de la llegada de Almirón. El alcalde viene a prenderlo y golpea la puerta de la pulpería. Almirón abre súbitamente y, daga en mano, deja a tres milicos boqueando. Huye entonces a las Sierras del Cristiano y pregunta por Almada, el capitán de los bandidos de la sierra.

Almada lo recibe con aparente cordialidad, pero le codicia la mujer. Hace público su propósito de quitársela. Se produce la inevitable y feroz pelea. Almada es muerto. Almirón se convierte en “El Tigrero”, capitán de los bandidos de la sierra. Hace mil tropelías y comete innumerables crueldades, hasta ser odiado por su propia mujer. Por fin, es muerto por Pedro Rosas “El Mataco”. La mujer, agradecida por haberse librado del bandido, se entrega a Pedro Rosas.

La historia es, como se ve, la simple y común. No alcanza, por supuesto, la intensidad y vuelo de la de Martin Fierro, ni tiene el sentido social de aquel poema. Pero algunas descripciones de duelos criollos alcanzan cierta bárbara grandeza.

Vayan algunas muestras de las alternativas que el poema recoge.

“Como Almada había dicho
“le he de quitar la mujer”,
no puede retroceder
de aquella idea feroz
y un combate entre los dos
tenía que suceder”.

“Y a mas también se propuso
el hacer un escarmiento
para que en todo momento
sepan todos los demás
que como hombre era capaz
de pelear a un regimiento”.

“La cosa fue que más tarde
Almada lo provocó
porque Justo se negó
a sus torpes pretensiones
y ahí nomás, sin más razones
daga en mano lo atacó”.

“No lo halló desprevenido
porque Justo lo esperaba
así es que en la atropella
Justo el cuerpo le sacó
y muy ligero evitó
una feroz puñalada”.

«Justo le empezó a cuerpear
como no haciéndole caso
pero sin perder el paso
en cuanto se descuidó
en la muñeca le dio
el más tremendo planazo».

«Almada, al sentir el golpe
la daga se le cayó,
desarmado se quedó:
pero Justo, siempre leal
no lo quiso aprovechar
y a que se armara esperó».

Semejante humillación
lo enfureció doblemente
y su fama de valiente
si la pierde es bochornoso.
y lo atropelló furioso
con puñaladas de muerte»
«Justo vio que era preciso
el combate terminar,
pero para demostrar
que él también era valiente
le dio un hachazo en la frente
que lo hizo trastabillar».

«Los bandidos admirados
de aquel modo de pelear
le empezaron a gritar
«dale la definitiva»,
que si lo deja con vida
Dios no lo ha de perdonar”.

«Justo, que también estaba
cansado de la función
dijo: – Sí, tengo razón
de matarlo, me parece,
y le metió hasta la ese
la daga en el corazón».

«Cuando ya quedó sin vida
miró justo a los bandidos
y les dijo: -Si han creído
que yo no tuve razón,
puede pelar su facón
el que se crea ofendido».

«Pero todos a una voz
Gritaron
«¡Viva Almiron!»
y todos de corazón
lo aclamaron con afán,
nombrándolo Capitán;
y terminó la función».

«Almirón, desde ese día,
fue el Capitán de esa gente
y tomó tanto ascendiente
que todos los bandoleros
le llamaban El Tigrero
por su fama de valiente».

«Con ese nombre de guerra
tanto se hizo respetar
y llegó a ser tan brutal
que hasta su misma mujer
aquel trato tan cruel
no podía soportar».

«Por eso, cuando El Mataco
al Tigrero lo mató,
la paisana agradecida
de este gaucho sacrificio
y en pago de aquel servicio
al Mataco se entregó».

Todo es Historia – Febrero 1985 – Por León Benarós

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