Fuera de Serie
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Six Feet Under
quizás el mayor impacto de esta serie es el legado involuntario que dejó detrás. “Six Feet Under” elevó la vara
Six Feet Under

HBO, desde su nacimiento como señal de cable en Estados Unidos, apostó por el contenido orientado a una audiencia adulta. Productos como “Los Sopranos”, “The Wire” o “Six Feet Under” pavimentaron el camino para que los creadores se soltaran, que apostaran a contar esas historias que la restricción de metraje en un film les impedía abordar. En los albores del siglo XXI los productos para la pantalla chica tenían mala reputación, se lo veía como género menor.

Estas series seminales torcieron el rumbo, poco a poco, demostrando que la tv podía ser un medio narrativo atractivo, osado y con las garantías dadas para que los artistas fueran lo más libres posibles.

Las estrellas del séptimo arte irían volcándose al formato “pequeño” a medida que la calidad de las series creció. Cuando el género se consolidó, hubo una migración lógica. Lo que hoy en día parece común, ver a actores de renombre que antes despotricaban ante la idea de tener un rol en una serie de tv es gracias a series como la que hoy da título a nuestra reseña.

El cineasta Alan Ball propuso la idea al canal de televisión. La concepción aún hoy sigue siendo objeto de debate, porque el mismo Ball dijo que se le ocurrió ambientar su serie después de la muerte de sus padres. Pero en los extras del dvd afirmó que fue la presidente de la división entretenimiento de HBO, Carolyn Strauss quien le propuso el argumento que terminaría desarrollando.  

Así, a comienzos del siglo XXI, la producción comenzó, estableciendo un elenco enorme, con figuras reconocidas en la tv. Peter Krause, Frances Conroy, Freddy Rodriguez, Matthew St. Patrick, Rachel Griffin y el más conocido de todos, Michael C. Hall (quien luego tendría un protagónico en la recordada serie “Dexter”) armaron la familia ensamblada. El piloto se rodó, los ejecutivos quedaron conformes. Había nacido “Six Feet Under”, cuyo título hace referencia a la supuesta profundidad que debe tener una tumba.

Fisher & Son es una funeraria reconocida en Los Ángeles, regenteada por la familia que le da nombre a la peculiar, pero necesaria, empresa. Cada episodio de la serie comienza con la muerte de un futuro “cliente”, y cómo el velorio se desarrollará. Pero en realidad, lo que importa es cómo la muerte afecta a los que trabajan allí, como las dinámicas disfuncionales que los interpelan evolucionan. A veces lo hacen voluntariamente, a veces la vida (o la muerte en este caso), fuerzan ese cambio. Ninguno tiene una vida normal a ojos de la sociedad. Criarse entre ataúdes, cadáveres en el sótano y el llanto perpetuo de los deudos puede afectar a cualquiera.

Pero los problemas que tienen los Fisher son los que tendría cualquiera. Batallas con la identidad sexual, conflictos con parejas, depresión, problemas económicos. La familia ficticia se convirtió en un espejo de una sociedad estadounidense clase media/alta.

La clave del éxito es que, en medio de todo el drama, el humor negro cobró protagonismo, y se convirtió en la válvula de escape. Las risas, aunque sean culposas —¿cómo nos vamos a reír en un contexto trágico?— llegan para equilibrar la balanza, para desacralizar lo que consideramos sagrado, para romper tabúes. En este caso la muerte, presencia ominosa, pierde un poco de intensidad cuando una situación genuinamente graciosa impacta por sorpresa. Como un gancho a la mandíbula inesperado de un boxeador contra las cuerdas. Fuerza la sonrisa indebida, la que más de una vez se nos escapó en medio de la tensión.

“Six Feet Under” nos mostró que la vida tiene estos contrastes, que está bien sonreír cuando es necesario, y, sobre todo, que los problemas que pasamos a diario se presentan en cualquier contexto.

No importa que seas empresario, trabajador del puerto o empleado en una casa fúnebre.

Los sesenta y tres episodios, divididos en cinco temporadas, marcaron un hito televisivo casi inédito. Los premios cayeron sobre la serie como una lluvia fresca. Emmys y Globos de Oro por igual. Los medios de comunicación escribieron kilómetros de alabanzas. Los listados de “mejores series televisivas” empezaron a ubicar a “Six Feet Under” bien arriba en el podio, contradiciendo el propio título del producto.

Pero lo que quizás sea el mayor impacto de esta serie es el legado involuntario que dejó detrás. “Six Feet Under” elevó la vara, obligó a los canales de tv —que en ese momento no sospechaban siguiente del futuro streaming— a buscar creadores arriesgados, historias osadas. Esta serie obligó a los actores a dejar de mirarse el ombligo y levantar la vista hacia la “caja boba”. Esta obra de arte formó parte de un ataque al paradigma vigente, a la reputación del medio. Fue parte de ese pelotón que mencionamos al inicio de esta nota, el que transformó el entretenimiento serializado para bien.

Todas las temporadas de “Six Feet Under” se pueden disfrutar en HBO MAX y, créanme, vale la pena encarar las cinco temporadas porque los Fisher prometen un viaje único, transformador y repleto de sorpresas.

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