Al Pie de la Letra
Y encima, soy tan moderno, que esa canilla, ya no posee, ningún cuerito ni tornillo ni presagio costumbrista de lo viejo conocido del siglo que he vivido. Lo que hay allí es una moderna canilla combinada con un solo grifo que gira hacia derecha e izquierda.

Esa Gota de Agua…
Apretar la pinza sobre esa tuerca… Estar escribiendo una historia «rara» de un japonés en el país, allí perdido sobre la avenida Corrientes, y de repente, toparse con mi persona….
Vidas desordenadas, ¿A quién se le ocurre el pensar que un tipo que divaga -como yo- al frente de un teclado, y mientras las palabras surgen mezcla de vivencias con… ese epitelio insolente de mentes laberínticas casi desaforadas de cotidianidad, desembocasen en el insoportable acarreamiento del desgaste universal del tiempo.
Imagínense el escuchar cómo esa canilla que gotea casi a riachuelos invasores de inundación foránea, no tanto de unos pisos mojados, sino en ese sonido interpelador de lo que fuese, y uno tuviese que interrumpir lo más importante a la hora del refugio encantador de primarias inquietudes. –“Yo sólo quería decir” –me defiendo ante algún tribunal superior antes de una “X” condena-
LA CANILLA: La mesada, presa en la cocina de mi casa, da justo al lado mismo de la pieza que acumulo vivencias y dolencias añosas desde… hace mucho tiempo, y en este extendido periplo de almanaques oxidados, demasiados entendidos en la materia, han dado cátedra sobre cómo es un gran menester el hecho de evitar inconvenientes de caños, conductos, grifos, canaletas en paredes, para llegar a unos simples cueritos canilleros que todo lo impiden a la hora de evitar esos ruidos torturadores casi chinos de finitos ruidos rajadores de tímpanos como nazis componentes, contenedores de esa batuta que baja martillera de la condena final… Y encima, soy tan moderno, que esa canilla, ya no posee, ningún cuerito ni tornillo ni presagio costumbrista de lo viejo conocido del siglo que he vivido. Lo que hay allí es una moderna canilla combinada con un solo grifo que gira hacia derecha e izquierda y vomita agua sonriente del frío o del calor según cante el movimiento. Y encima, semejante modernidad, ahora –después de la parafernalia propaganda en donde jamás de los jamases habría problemas de ninguna índole- viene a hinchar bien las pelotas con ese ruido trasnochador que taladra cráneos hueseros para pinchar ese raro circuito celular de venas y arteritas –el mío- y caer en paracaídas justo en el medio de lo que ese japonés me está dictando como partícipe de su mancomunada historia… Canilla de mierda, tengo ganas de agarrar una maza y un cortafierro y cortar por lo sano de su enfermiza molestia. El japonés me lo agradecería sobremanera, y yo brindaría con un vaso más del tinto cuyo color bordó acariciaría todavía más el beneplácito de contar semejantes vicisitudes. Pero no. Teclado a un lado, y mis manos sostienen esta pinza oxidada y la tuerca es una hembra bisexual que a veces reclama un tornillo, y otras, esta misma pinza que la aprieta y aprieta y ella no se queja en lo más mínimo, a lo sumo, deja exhalar esa transpiración acuosa que, de a ratos, gime un acotado ruido no tan placenteroa mis intenciones de escuchar a ese japonés que solamente quería enterarse de este mundo argento, tan alejado de su Tokio en donde millones agitan gestos al son de prolijidades proclives al cuidado ambiental y ecológico y además, ningún grifo escapa transpiraciones sin el okey placentero en ese hormiguero de vidas amuchadas por una existencia mejor.
Por Pablo Diringuer
Temas
Comentarios
Columnistas