Al Pie de la Letra
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Amuchados en la Peatonal
Relato de Pablo Diringuer en donde ve pasar un culo y lo celebra con un faso mientras suena la música jamaiquina
Amuchados en la Peatonal

La vida con humo o sin este no da respiro; la exhalación es lo devenido del alivio; del saber que se dio todo para que lo fortuito sea un segundo plano en donde los culos ni asombran más que por su aspecto que por otra cosa.

Amuchados en la Peatonal
Culos. Los pantalones aprietan en el mediodía de la calle Florida y los rayos del sol diagnostican: carnes hinchadas a punto de explotar en el habitáculo otorgado por el diseñador de moda del momento -montañitas tipo celulitis domesticadas, enmascaradas; pieles de naranjas de color rosado apretujadas bajo la oscuridad del género poliamídico 35% y 65% algodonero. Mujeres que no están al borde de nada, simplemente son mujeres que muestran lo que tienen a todo el mundo, pero sobre todo al sexo opuesto al que quieren conquistar aunque mientan en su aparente distracción.

Ella justo se ha agachado a recoger unos papeles con anotaciones que inesperadamente se han vertido del contenido de su bolso; justo allí, en el medio de la gran caminata de la muchedumbre en este día viernes soleado de junio. Bancarios, cadetes, motociclistas, diarieros, mozos del otro lado del vidrio, motociclistas al paso… transeúntes en general desvían sus ojos del letargo rutinario en donde la automaticidad delinea el único circuito disponible para la sobrevida humana: no siempre pero casi, la vida digitada desde no se sabe dónde, dice la flecha hacia dónde habrá que dirigirse, y los corderitos que brillamos de lanas, acatamos al abrigo social del lugar que nos ha tocado en suerte. Todos miramos ese culo sin pantalones que, sin saber sabiendo, ha decidido mostrarnos el color de su bombacha; son solamente unos segundos pero suficientes al albedrío de las ganas populares del masculino macho que todo lo puede, que todo lo requiere según los mandatos del lugar ambientado de fortaleza de género.

Ella ha dado por terminado el episodio y, nuevamente se endereza y las miradas -algunas hechas distraídas- continúan el viaje hacia la nada, hacia el objetivo inmediato del periplo individual; el bancario sellará la boleta en la ventanita de su caja; el cadete llevará su recado hasta destino; el diariero seguirá voceando lo que sea; el motociclista pondrá primera y puteará a un tachero por una mala maniobra. Todo continuará con los paréntesis ambientados y obsequiados de la metrópolis en vísperas de un nuevo fin de semana, presagio de isla poseedora de la descontractura y la sonrisa tan necesarios a la hora de la continuación del viaje. Hace casi frío, y en ese monumento de Florida y Diagonal, mis cachas -que no son absolutamente las de esa mina- apoyan sobre la superficie de granito mientras intento aprovecharme de la tibieza solar y robarle una pizca de su existencia. A escasos tres metros de distancia, un grupo musical imita a Bob Marley y me contagia de Centroamérica, mis pies se mueven e inconscientemente el culo de mi asiento -o sea, mi culo- recircula libremente de temperatura central corporal; el destemplado del día se ha reciclado en una tibia tarde.

No soy el único en posición de silla sobre el mármol, conmigo hay dos ignotos transeúntes a cada uno de mis lados; a mi derecha, un pendejo que se fuma en vivo y en directo un finito al compás de la música jamaiquina; a mi izquierda, un jovato casi desdentado y vestido de un viejo y apolillado traje que no para de observar en derredor de su persona. Trece y quince minutos marca el reloj y la gente trastabilla sobre la peatonal impulsada por los horarios que empujan todo el tiempo; el pibe a mi derecha me ofrece participar de su viaje y yo le acepto; luego de imantar la brasa, observo a mi izquierda, el viejo  con su traje me observa perplejo, como no entendiendo mi participación de tipo aparentemente más adulto, en la insolencia innata y desubicada del mocoso a mi derecha. Yo –contrariamente a lo que habrá imaginado- sonrío, y lo miro de manera ruiseña; el humo exhalado me envuelve y nubla su mirada; sus gafas no alcanzan a divisar por unos instantes mi imagen de tipo en franca transformación; de individuo políticamente correcto, había pasado a estar al lado del cartel prohibido estacionarse con las correspondientes sanciones al trasponer la raya.

La música sigue y cada vez es más la gente que se agrupa y afloja del cerrojo de su encierro; mis pies siguen el compás musical e inconscientemente nos vamos semejando todos los escuchas a una gran troupe bailarina sin ensayo pero con ganas de transgresión. Simplemente no podemos parar y el grupo musical tampoco, y el volumen invade en el mismo epicentro del cartón gubernamental y las risas mezcladas con palabras al viento hasta amenazan con tapar el ruido de motores y bocinas que nos hacen milanesa los cerebros. El viejo sigue mirando atónito la escena y yo trato de aclimatarlo; levanto mi mano derecha y mis dos dedos fragantes, apretados de un resto de resina marihuanera se ofrecen incondicionalmente a sus sorprendidos ojos. Yo le hago el gesto recontra evidente de invitación y el viejo despectivamente me rechaza y amenaza con levantarse ante tan desagradable situación, luego, una nueva inhalación de mi parte, exhalo con todas mis fuerzas pulmonares hacia mi costado donde el jovato se mimetiza todavía más de viejo; el humo no se mueve de su lugar y la humareda que momentáneamente lo ha envuelto, comienza a transformar su acostumbrado lugar de antaño en la sociedad, en una tenue sonrisa que imprevistamente, comienza a deambular en la sintomatología de sus piernas que han comenzado a moverse.

El pibe a mi derecha se ríe por el viejo, por mí, por él y por la música y, como sobrepasado de ansias hechas realidad se levanta de inesperada alegría y desaparece entre la multitud; a mi izquierda, el viejo sigue todavía allí y da la impresión que la música ha comenzado a agradarle, nuevamente le ofrezco lo que resta del cigarrillo de pasto humeante; él me sonríe y me hace un gesto con su dedo índice que no, que no lo necesita ni lo va siquiera a considerar… pero imprevistamente toma mi mano y, esa tuca casi extinta de muerte feliz, inesperadamente termina posada en sus ajados labios: una, dos, tres y hasta casi cuatro profundas pitadas dan por finalizado su inédita incursión en el mundo del distinto viaje aparente de su persona, luego se levanta del mármol y, tambaleante de edad o de locura se mezcla con los cercanos al sonido de la banda; en un momento y, tal vez, por lo apretujado de la muchedumbre cae sobre el mosaico de canto rodado; muchos lo ayudan y se incorpora como si nada; como si tal desatino fuese patrimonio de la humanidad más que de sus inclementes años.

El reloj marca la hora catorce, la música –según sus intérpretes- está llegando a su final, el clima es más sol que luna; mi culo sigue allí, sobre el umbral del momento de vida individual; los culos apretados siguen pululando por la peatonal; la felicidad bajo el espectro es una búsqueda constante de iniciativas y episodios consecuentes; tengo la impresión que no es una cuestión de culo; si esta sucede está bien, bienvenida sea, pero el quedarse quieto no sirve para estas cosas, la vida con humo o sin este no da respiro; la exhalación es lo devenido del alivio; del saber que se dio todo para que lo fortuito sea un segundo plano en donde los culos ni asombran más que por su aspecto que por otra cosa.

Por Pablo Diringuer

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