Al Pie de la Letra
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Chicas y Mascotas
Relato de Pablo Diringuer
Chicas y Mascotas

Lamerte los pies… cada vez que la iba a visitar, la perra que habitaba el departamento junto a ella, me pasaba la lengua primero, por el dedo gordo del pie izquierdo y luego continuaba por tooooddoooo el espectro dedal que le seguía. Cuando osaba continuar con el otro pie, yo tomaba mis recaudos y cruzaba las piernas para que no lo hiciera. Era verano, y solía visitarla en ojotas, por tal motivo, comencé a frecuentarla en alpargatas y el cuadrúpedo tomó la iniciativa de buscar una salida a tal escapatoria de mi parte, lo que motivaba franelearme con el hocico el pie en cuestión con el objetivo -me imaginaba- de provocar mi inconsciente actitud de sacarme el calzado y así, nuevamente a empezar con su larga lengua que, en determinado momento me llegaba al límite del cosquilleo, con la consecuente carcajada de mi parte. Ella -la dueña del animal- se terminaba contagiando de mi risa e íntimamente llegaba a la conclusión que tal actitud del bicho, me agradaba, me complacían esos lengüetazos embadurnados de baba pegajosa de perra calentona.

Pero todo lo contrario, yo no me animaba a sacar cagando a la osada perra ni menos que menos, darle indicios a ella de mi probable complacencia o no de gustos y sentimientos, más que nada en los albores de tan incipiente relación a punto de desarrollar.

Opté por reaccionar a escondidas para con la guacha cuadrúpeda que me insistía, y entonces, cada vez que su ama circulaba a distancia, le tiraba de sus orejas a fin de mostrarle que no estaba de acuerdo con su molesta actitud. Entonces la perra, por unos instantes se alejaba y no hacía ninguna, y cuando la persona en cuestión regresaba, yo hablaba con suma tranquilidad y displicencia cosa que en ningún momento húbose de modificar en la apariencia de nuestros agradables diálogos de enamorados en camino.

Pero al rato, y al margen de cualquier situación entre nosotros dos, la perra volvía al ataque, y lo que era peor, con más insistencia que antes; tanto resultaba ser así, que, en un acercamiento con ella sobre la cama misma de su habitación –ella vivía sola en un monoambiente- la polleruda perra se metió justo entremedio de los dos. Re hija de puta la bastarda canina y tuvimos que dejar lo que estábamos haciendo mientras las carcajadas de ella hacían complicidad plena al comportamiento de su mascota. Yo era el dueño del circo de mi carpa, pero las acróbatas que me acompañaban –mi futura pareja y su molesta lengüetera canina- participaban de otro espectáculo dentro del espectáculo. ¿Podía yo torcer el rumbo de lo sucedido hasta ese momento, visto y considerando la complicidad de ambas en la reciente indefinición relacional de una persona que acababa de conocer? La moneda en el aire me indicaba la imprecisión del momento y un interrogante que muy probablemente ni ella lo sabía.

Mientras tanto mi cabeza caminaba a full y la batería de la impaciencia mezclada con lo innato del espontáneo sexo de mi parte, buscaban alternativas de circuitos inexplorados hasta ese instante.

Entonces le decía que estaría bueno tomar un mate o un café, para disipar a la perra o espantarla sin que se diese cuenta, y mientras ella se dirigía a la cocina, le daba un moquete discreto en la trompa a la entrometida y le gritaba silenciosamente en la oreja un ¡tomátelás! Y la muy guacha se apartaba unos centímetros y me miraba recelosamente, pero unos cortos minutos y a no mucha distancia de la cama, y cuando mi futura chica regresaba, la matunga otra vez al costado mirando lo que hacíamos.

Podría suponerse que tal situación hubo de suceder una primera vez, o la segunda, o la tercera o… Lamentablemente desde que la hube de conocer durante esos dos meses, sucedió siempre.

Entonces le dije que me tocara el timbre –yo vivía a una cuadra del suyo- pero ella vino varias veces con su imbancable perra marmota aduciendo que, no tenía con quién dejarla y que le daba lástima que se quedase sola, ya que –según se quejaban los vecinos- durante su ausencia se la pasaba aullando como una desamparada eterna al abandono en medio del desierto y jodía a todos los demás y los demás, se quejaban y la acusaban de ser insensible para con la pobre perra que daba una tremenda lástima al punto de –los vecinos- querer llamar a los bomberos para hacer algo por el pobre animal.

Flor de hija de puta la perra y hasta llegué a pensar en conseguirme un perro para que no interfiriera en mi historia, pero hacerme cargo de un animal y hacerlo sufrir dentro ese diminuto habitáculo, me hacían desechar la idea así como tampoco, pedirle a alguien prestado otro canino a fin de hacer feliz a semejante insoportable mascota y –por extensión- a mi persona que ya no daba más de ganas de tener algo con ella. Pero también lo descarté porque me pesaba en demasía el hecho de hacerme responsable de un perro que no me pertenecía y, al mismo tiempo, evaluar que, si la perra no tenía onda, capaz que había goma entre estos y alguno saliera lastimado para después, tener que hacerme cargo de semejante desliz.

Me había metido en flor e incómodo quilombo con esa mina que, todas las mañanas me la cruzaba antes de ir al laburo y así, fue como fui pergeñando el clima de los diálogos en esa creciente relación, relación que poco a poco me fue carcomiendo las ganas porque la perra parecía ser la ama de ella y no al revés. Era como un planeta de los simios en donde mandaban al género humano pero de perrunos suplantando a los orangutanes.

Finalmente me pudrí y no la llamé más; ella me dejó algunos mensajes telefónicos que no respondí, en ese interín me enganché a una que trabajaba en el mostrador de la panadería del barrio; bastó que le comprase un par de veces y alguna simpática boludez que le dije, llenó unos pancitos más de sonrisas en la bolsita. El otro día –cuesta salir con una chica que labura diez horas por día- nos fuimos juntos del negocio y en el camino me crucé con la otra y su perro; se conocían ambas también del barrio; la nueva saludó a la anterior, pero aquella no le dio pelota; siguió con su perro de la correa como si no hubiese visto a nadie. La panadera dijo y me dijo: -¡Esta yo no sé qué se cree la muy puta, se cree que porque sale a cada rato con chabones distintos es la potra del barrio, se la da de exquisita porque probó bocados de los más variados y en cualquier momento del día! ¡En ese teatro de títeres no hay ninguno con cabeza; ahora se hace la santa y pasea el perro! ¡Pero por favor!

Por Pablo Diringuer

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