Al Pie de la Letra
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Malos Entendidos
Cuento de Pablo Diringuer
Malos Entendidos

Qué ciudad de mierda en la que vivo; algunos dicen que hay montones de cosas sobre las cuáles habría que congraciarse y conformarse, pero el mundo que nos rodea, presiento y visualizo, es una manada de cactus con sus pinches acechantes y unos buracos con formas de bocas que destilan babas lubricantes de lenguas a punto de saborizar menúes a la hora del  hambriento almuerzo o cena.

Principio, medio y final de ese triángulo que nos compone en la proliferación de la ramificación del árbol que nos vio nacer desde que la lava paró de destilar  en ese punto de partida de resetear y comenzar de nuevo.

Y yo, corriendo sobre esas piedritas coloradas de ese diminuto camino de la plaza de una manzana de perímetro y mis pantalones cortos que se humedecen en la agitada respiración del individuo que niégase a la vejez automática del Ser. ¿Siete, ocho… tal vez diez vueltas y mis pulmones que restriegan mucosas y los pensamientos se vanaglorian de coincidencias al respecto. ¿De qué conclusión se trata?

Ella está sentada en uno de los bancos de tablitas curvadas de aposentos en esa casi vacía plaza; algunos  jubilados -no más de dos o tres- departen presagios veraniegos de visualizaciones inminentes, pero ella resalta en la imagen de su aspecto una especie de desasosiego, tal vez algo de angustia o qué sé yo, bajón, lisa y llanamente, una imagen de mujer imantada de flor innata pero resaltadora en la cúspide de esa montaña que la vislumbra y erosiona. Ella llora.

 Yo sigo dando vueltas en esa pedorra plaza inundada de bocinas y algunas palomas que cagan y limpian esfínteres aleteando plumas desde las alturas mientras esos aires volátiles evaporan restos a la marchanta, voraces de desintegración movible.

Cada tanto, o mejor dicho, en cada una de esas vueltas que propongo evacuar disculpas ante ese dios que no veo ni visualizo de creencias, esa mirada taciturna de ella, y la mía, de tipo ignorante y al mismo tiempo irrisorio de ambigüedades al paso, viajeras de conformismo rutinario, coinciden en ese fotográfico pantallazo que todo lo logra elucubrar y esa primera imagen del parpadear imanta construcciones de referentes jamás certeros pero que destraban esas puertas con cerrojos casi oxidados del mundo que, obviamente, no podemos saber.

La remera empapada y los músculos hirvientes de esa sangre que corre carreras ante el impávido despertar del planeta que gira una mañana más del arenero reloj y agita restos de un tiempo impensado de vida. En esos exigentes movimientos que produzco ya, en las postrimerías de egoísta gimnasia, ella se hace la distraída y tras la vidriada mirada, secantes servilletas absorben esas descargas de dolores marchitos o a punto de serlo cuyo desencadenante no le importó en absoluto esas consecuencias que siempre resultan ser inherentes del individuo/a que resta trayectos en el final del tobogán hacia la caída al vacío.

Una, dos, tres… cincuenta y siete flexiones de brazo que hincha y rompe tejidos celulares y mi culo eterniza lo erguido muscular mientras desde ese banco solitario de plaza, ella deja de regar plantas abstractas para evaporar humedades y displicentemente, observa; estamos a… unos quince, tal vez veinte metros de distancia… cada uno/a en la suya y con diferentes -tal vez distantes- situaciones de vida. 

Entre movimiento y movimiento de mi parte, escasos minutos de recarga y rélax me acomodan para seguir y seguir en mi accionar, y en esos contados espacios de tiempos a modo de paréntesis, la observo una vez más, y ella, también hace lo mismo, y acompañando con su dedo índice me apunta y señala hacia mis partes bajas. Primariamente esa vergüenza que me delata, tal vez en la suposición de alguna desventura masculina que tuviese que ver con esas imprevisiones de deportistas al paso en donde alguna rotura o detalle imperceptible a mi persona evidencia algún desperfecto a punto de sonrojarme. ¿Qué hacer?… pongo cara de pensativo, como si mi frecuencia fuese hacia ese otro lado tal vez mucho más profundo que el simple hecho de andar corriendo por esa solitaria plaza y mis zapatillas «lifthinadas» por piedritas coloradas acomodaran mis flashes volátiles en la profundidad de agujeros negros imprecisos de dilucidar. Pero ella insiste en su accionar señalador hacia mis partes bajas y yo, que cruzo veredas de miradas al unísono con ella, finalmente resuelvo no bajar persianas y a punto de desviar mis movimientos hacia la sugerencia de sus intentos, completa sus gestos tomando unas llaves entre sus manos y las agita como dándome a entender todavía más su mensaje.

¿Qué me está diciendo? -recopilo información al respecto- ¿Que tengo roto el pantalón? ¿que se me nota demasiado el bulto que me identifica?; ¿Tal vez un pajarito -que no es el mío- bombardeador de pinturas innatas de existencialismo? ¿Acaso alguna lastimadura imperceptible ni dolorosa que aquejase mi ser?… Pero no… nada tan alejado de la realidad circunscrita a mi persona: ella aflora entre sus dedos una colgante cadena ostentadora de llaves y me la muestra una vez más a modo concientizador de realidades al instante. En esa no tan larga distancia que nos separa, por primera vez ajusto mi lente visual hacia ella, y una vez más, nuevamente ese gesto con sus llaves acompañan su intención con un casi exagerado girar las mismas como si se tratase de cerrar alguna cerradura o algo por el estilo. Entonces, claro, antes de actuar en consecuencia por sus insistentes gestos, disimuladamente me doy vuelta no vaya a ser cosa que su intención estuviese dirigida a otra persona que estuviese justo detrás mío. Pero no, nadie oculta su ser detrás de mi existencia, debido a lo cual, improviso mi realidad contestataria a la inquisición  de sus insistentes gestos y entonces sí, no me hubo de quedar otra que bajar mi mirada hacia donde ella gesticulaba con sus dedos abrazadores de llaves.

Era toda una obviedad el calor reinante y después de haber quemado calorías alrededor de una hora, mis células no paraban de trasudar en su mejor esplendor; ese pantalón de rayón bien sintético que cubría mis partes bajas goteaba de manera exagerada entre mis piernas y ella, luego de su exponente lagrimear, había trocado su imagen hacia la casi sonrisa socarrona mientras veía gotear exageradamente hacia el pedregoso camino anaranjado esas sales acuosas que mi cuerpo destilaba. Allí supuse diametraban sus sugerencias: cerrar el grifo de mi canilla y hasta me perseguía la idea de pensar que ella de manera irrisoria suponía que me había orinado encima debido al esfuerzo deportivo. ¿Acaso tenía que dar algún tipo de explicación al respecto, sobre todo para con una persona que jamás había visto en mi vida? ¿Semejante situación acaecida en ese instante habríame demostrado que mi personalidad no resultaba ser como lo creía nada tímida? ¿Debería pues, a partir de ese momento el plantearme de ir a un psicólogo y contar semejante negación de mi parte?… Millones de cuestionamientos surgíanme a partir de esos risueños gestos de su parte, y al mismo tiempo, esas improvisaciones bien trastabilladas que me brotaban y enrostrábanme tal cual llenas de espontaneidad.

  Aunque pareciese absurdo y hasta estúpido, a veces, con hechos fortuitos y casi banales, afloran verdaderas reacciones bien íntimas en el accionar humano; tal vez por ello, me autoconformaba con esa parte casi desconocida en mi accionar, y de alguna manera, sentía que, a pesar de tener bastantes años de vivencias, esa rara situación me había puesto en una especie de blanqueo y duro reconocimiento de la realidad en mi personalidad. Era probable también que me hubiese puesto colorado por alguna vergüenza perimida, pero… ante esa mujer lacrimosa que no conocía en absoluto ¿Qué me había sucedido?

  De alguna manera, a ella, también «algo» le hubo de pasar, y mientras yo tomaba conciencia al mirar cómo destilaba agua justo en ese espacio bajo de mi sexo, ella se puso de pie y dirigiéndose hacia donde me encontraba, se animó a unas primeras palabras para conmigo: -Disculpáme si invadí tu… privacidad de deportista… pero fue algo llamativo y hasta jocundo el hecho de verte cómo destilabas tanta agua justo en el medio de tu pantaloncito… ¡llamaba la atención!!!

 Inmediatamente ella se largó a reír y me contagió su expresión y hasta me dio pie para hacer lo que hace cualquier varón que le llega a interesar una femenina: «Cómo es tu nombre»; «A qué te dedicás»; «De qué barrio sos»; … Y ante la pregunta ¿Qué hacés por acá? Comenzó a responder como si fuese algo puntual una tras otra, no sin antes observar a cada momento su teléfono celular, como esperando algo anhelado sobremanera e inmediatamente declaró de a ratos algo nostálgica; de a otros ratos, algo displicente y hasta alegre de intercambiarnos palabras, entonces su nombre: «Sirena»; vivía de hacer un trabajo de vestuarista en un canal de cable; vivía en Vicente López… 

  Esa plaza a la que yo solía concurrir asiduamente era en pleno centro geográfico de la Ciudad de Buenos Aires, y ante esa última pregunta que hube de hacerle sobre lo distante de su domicilio, Sirena, una vez más miró su teléfono que había comenzado a sonar, y entonces atendió y dijo: -¡Cómo que estás acá, conmigo, en la plaza… si me dijiste cada cosa!

 Yo trataba de no enfriarme físicamente haciendo movimientos relajantes, así como también -a pesar de ese llamado- no bajar la temperatura y la hilatura de lo hablado con ella. Sirena, parecía haber vuelto a ese mar de dudas aunque finalmente decidió nadar hacia ese barco o isla o no sé qué salvavidas avistado, en ese corto diálogo por celular, finalmente dijo mientras giraba sobre sí misma buscando con la mirada: -«Ya voy»

 La plaza estaba vacía, aunque en la punta más lejana se avistaba a una persona recién cruzada desde la otra acera de la avenida, era una exuberante mujer de pantalones apretados y pasos cada vez más ligeros.

 Sirena, sin mediar una palabra más comenzó casi a correr hacia esa esquina donde esa otra mujer comenzó a abrir sus brazos como alas desesperadas y desplegadas al viento que había comenzado a soplar abrigos de fusión. Finalmente se miraron y se transformaron en una simbiosis indestructible de amor mientras se besaban deseosas del oasis en medio del desierto que las había disecado de amor.

 Yo me había quedado pensativo observándolas, pero sólo unos contados minutos, ya mi pantalón corto no goteaba siquiera humedades, la primavera había terminado, el verano evaporaba prontamente los charcos del encuentro agitado de novedades.

Pablo Diringuer – 23-01-21

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