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El Carnaval está en Gualeguychú
Más allá del colorido, la alegría y el despliegue del Carnaval de Gualeguychú, la mayor característica es la Corneta Murguera
El Carnaval está en Gualeguychú

Esta fiesta en la ciudad entrerriana, comenzó llamándose Carnaval Internacional del Río Uruguay, luego Carnaval de Gualeguaychú y hoy Carnaval del País y afirman que es la fiesta al aire libre más grande de la Argentina.

El Carnaval “Costanera del Tiempo”

Los primeros documentos históricos que marcan los inicios de esta fiesta entrerriana, esta se remonta a la época de la Confederación, que por decreto provincial de 1840, se permitió «festejar con Carnaval» el aniversario del convenio de paz firmado con la Imperial Francia.

Igual que en sus orígenes en el antiguo Egipto o en la Mesopotamia el Carnaval es magia. Bajo máscaras y disfraces el amo se convierte en esclavo y el esclavo, en amo; los varones, en mujeres y ellas en ellos, los ricos pueden vestir harapos y los pobres, lentejuelas. Se invierten las jerarquías y se desata el misterio.

Pero ocho años después, un decreto de Justo José de Urquiza, por entonces gobernador de Entre Ríos, prohibió las mascaradas «para siempre». En 1876, por ordenanza municipal, se creó una comisión para organizar los corsos y desplegar comparsas por dos de las calles principales de la ciudad, que partían de la plaza Independencia (hoy San Martín). Pero estaba prohibido «jugar con agua», en el circuito del corso y cuadras adyacentes, durante los tres días de Carnaval, los entrerrianos de Gualeguaychú festejaban todo el día: con agua a la siesta; con desfile de carruajes, comparsas, murgas y con bailes por la noche.

Cuatro años más tarde, en 1880, se reglamentó el juego de Carnaval. Se permitía que los corsos se realizaran entre las 11 a las 16 –el inicio y el final se anunciaba con repiques de campanas– y estaba permitido salir disfrazado a la calle, siempre y cuando se contara con autorización municipal. Desfilaban carros, carruajes y murgas (como «Sociedad los negros del Sahara») y comparsas (como la de Nerón, de Abelardo Devoto) y orquestas (como Amor y primavera). Con la llegada de la luz eléctrica, en 1907, el municipio comenzó a ornamentar el recorrido con enormes guirnaldas de lado a lado de la calle y encendía lámparas de colores, que representaban mariposas, flores y símbolos carnavalescos. Se levantaban palcos adornados en las veredas y se arrojaban flores y papel picado a los carruajes. Con los años, los circuitos se fueron ampliando y hasta se sumaron comparsas de mujeres como «La unión argentina» (1929). Entre 1920 y 1930 afloraron las murgas en la periferia, con rasgos orilleros y barriales, que imitaban a las murgas españolas, pero incorporaban elementos de la cultura africana. Herederas del candombe y sus tambores –nacidas en el patio de vecindarios populares, donde se construían instrumentos, confeccionaban trajes y creaban canciones al compás de la original corneta traversa de caña y papel conocida como corneta murguera, estas agrupaciones pronto se convirtieron en las principales protagonistas de los carnavales de aquel tiempo.

A fines de los años 40, los corsos comenzaron a decaer y el carnaval se refugió en los bailes de los clubes. Desaparecieron las carrozas, los palcos, los ornamentos, los juegos florales y hasta las máscaras. Los corsos, según consta en el Museo, se transformaron en un juego violento y grosero, que alejó a las familias de los festejos. Solo algunas agrupaciones mantuvieron viva la tradición en las décadas siguientes. Así, «Los gavilanes», «Los colombianos» y «La barra divertida», junto a la aparición de nuevos personajes como el payaso «Matecito» (nombre que llevan hoy los corsos populares), «La Casimira» y «La vaca del corso» sostuvieron la llama encendida. Las dictaduras militares y los conflictos políticos y las sucesivas crisis económicas del país, desde mediados del siglo XX en adelante, hicieron tambalear la fiesta.

Los gobiernos de facto dejaron de apoyar la celebración y, como consecuencia, en 1978 las instituciones de la ciudad y sus vecinos se organizaron y dieron nacimiento al «Carnaval de la Avenida», el germen del actual «Carnaval del País».

El nuevo formato comenzó en 1979, realizado por instituciones locales, y ya en 1981 el Carnaval de Gualeguaychú comenzó su gran camino hasta convertirse en la fiesta a cielo abierto más grande del país.

Hoy, gran parte de la ciudad vive del Carnaval (de su vestuario, de la confección de carrozas e instrumentos) los 365 días del año, igual que Río de Janeiro.

Cada año compiten tres comparsas, de las cinco que componen el Carnaval. Papelitos, del Club Juventud Unida; O’ Bahia, del Club de Pescadores y Ara Yevi, de Tiro Federal. La ganadora continúa y las otras descansan por un año. Es el caso, en la edición 2020, de Kamarr (Centro Sirio Libanés) y Mari Mari (Club Central Entrerriano), la más premiada de todos los tiempos, destaquemos que en este 2021 no se realizaron los carnavales por el tema de la pandemia. Cada comparsa presenta cuatro carrozas: tres temáticas y una de músicos que ejecutan temas en vivo. Las tres comparsas que compiten tienen más de 1.000 integrantes y mucho brillo, música, color y baile.

En todas estas agrupaciones de carnaval se utilizan instrumentos musicales como: guitarras, bandurrias, laúdes, bombos, platos, cajas, etc. Pero sin duda, el instrumento más famoso, conocido e identificativo del Carnaval de Cádiz es el pito de carnaval, kazoo o mirlitón.

Aunque hay gente que puede confundirlos, y el kazoo es un mirlitón en su forma comercial, deberíamos saber qué diferencia hay entre el kazoo y mirlitón para entender al popular pito del Carnaval de Cádiz.

Más allá del colorido, la alegría y el despliegue del Carnaval de Gualeguychú, la mayor característica es la Corneta Murguera.

La Corneta Murguera,  ya forman parte del inventario del Patrimonio Cultural Inmaterial de la República Argentina, realizado por Secretaría de Cultura de la Nación.

Este instrumento musical que se fabrica íntegramente de manera artesanal. Consta de un cono de chapa al cual se le adosa un cilindro de caña de bambú o tacuara —aunque últimamente, algunas murgas han reemplazado la caña por un pedacito de caño de PVC—.

A ese cilindro se le hace una boquilla de manera transversal, que es por donde el murguero soplará el tarareo de la canción. Pero para que vibre, falta un detalle importante: colocar en el extremo del cilindro un papel celofán (el más usado es el de los envoltorios de los paquetes de cigarrillos) y sujetarlo bien tirante con banda elástica o tiritas de las cámaras de bicicleta.

La licenciada Pilar Piana, conservadora de bienes culturales del Museo del Carnaval de Gualeguaychú, contó a Mirador Entre Ríos que “antes de implementar estos conos de chapa, las primeras cornetas se confeccionaban con los amplificadores de las vitrolas, al cual también se les realizaba una adaptación para poder introducir la boquilla de caña”.

Algunos sostienen que esta corneta, es pariente lejano del pito de carnaval de Cadiz, que no contaba con el cono típico de Corneta Murguera.

La Corneta Murguera

Ese instrumento que amplifica el tarareo, forma parte de los corsos desde 1938 cuando lo introdujo a su agrupación el director de la Murga Los Vacantes. Desde entonces, su fabricación y utilización han sido transmitidas oralmente, de generación en generación.

El 23 de julio de 2017 se realizó en Gualeguaychú la inauguración costanera sur, espacio público que pasó a llamarse “Costanera del tiempo”. Allí, se emplazó una corneta enorme y colorida que confeccionó el artista de la ciudad Martín Naef. Pero esta corneta, que rinde homenaje a los corsos populares, no es meramente un monumento, sino que es una corneta real. Los vecinos que sepan tocar el instrumento y se acerquen con su propia boquilla.

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