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Madoff: El Monstruo de Wall Street
es un fabuloso cuento aleccionador en esta época en donde los estafadores tienen cada vez más recursos para sus delitos
Madoff: El Monstruo de Wall Street

“Cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía.”

El famoso proverbio tiene una razón de ser, y una explicación muy sencilla. Si alguien aparece con una oportunidad única de negocios, en donde los beneficios son inmediatos y exagerados, uno debe desconfiar. En Argentina tuvimos a Enrique Blaksley, quien estafó a incautos por una suma superior a los dieciséis millones de dólares entre los años 2007 y 2016. No es el único, pero es el que recibió una condena este año.

Leonardo Cositorto, fundador de Generación Zoe, es un supuesto asesor financiero al que se le acusa de haber estafado gente en una estafa piramidal simple pero efectiva. La particularidad de su caso es que, hasta la actualidad, no sólo se defiende él de las acusaciones, sino que tiene un ejército pequeño de personas que gritan a viva voz que lo están persiguiendo injustificadamente, mientras que en la vereda de enfrente hay otro grupo igual de numeroso que anhela recuperar el dinero que, por arte de magia, desapareció.

Bernie Madoff ciertamente no inventó el “esquema Ponzi”, un modelo de estafa que escapa a la famosa “pirámide” de la que tanto se habla. Esta metodología es mucho más “poética”, si se puede decir. No tiene una forma geométrica, sino que se asemeja a una flor. Madoff optó por aplicar la fórmula de Ponzi para estafar a inversores que, ajenos a la mecánica del ilícito, confiaron que depositando sumas altas de dinero y consiguiendo nuevos aportantes conseguirían beneficios increíbles, en el sentido más literal de la palabra.

El protagonista de esta triste historia nació un 29 de abril de 1938, en un Estados Unidos que se recuperaba aún del sacudón que fue la Gran Depresión en 1929. Criado en el seno de una familia judía, se graduó en Hofstra con el título de Ciencias Políticas, y después hizo la carrera de abogacía en la Universidad de Alabama.

No persiguió ninguna ambición profesional relacionada a sus estudios, pero el bagaje académico le permitió insertarse en el mundo de las finanzas. Primero como bancario, después como corredor de bolsa. El hombre era capaz de avanzar a pasos agigantados en el territorio que se propusiera, y la reputación creció a la par. Su apellido se hizo conocido entre inversionistas, era una persona de confianza.

En su cabeza siempre activa, siempre buscando la próxima oportunidad de negocios, empezó a formarse una idea perversa, pero eficaz. Mientras más lo analizaba, más seductora le resultaba.

Madoff había dedicado parte de su tiempo a la filantropía. Tenía conexiones con muchas organizaciones benéficas, así como bancos y empresas. Sabía a la perfección que manejaban sumas astronómicas, y el futuro “Monstruo de Wall Street” tenía pensado hundir sus garras en aquellos capitales.

Tras evaluar las opciones de estafas disponibles, eligió del catálogo la que creó Charles Ponzi, quien inventó y perfeccionó un esquema de robo sistemático cuyo apellido terminó dándole la triste fama mundial e imperecedera.

Utilizando la red de contactos que había construido a lo largo de los años, empezó a proponerle su “oportunidad de negocios” a diferentes empresas, organizaciones de caridad y algunas personas con altas sumas de dinero en sus cuentas bancarias. Mediante un discurso totalmente seductor, convenció a estos “inversores” que las sumas depositadas se convertirían en fabulosas ganancias.

Spoiler alert: nunca sucedió.

Al principio si, mejor dicho, porque así funciona la estafa Ponzi. Los primeros inversores recuperan su dinero, pero si no consiguen más gente que ponga dinero pierden, eventualmente, las supuestas ganancias.

Madoff, mientras tanto, consiguió amasar una fortuna superior a los sesenta millones de dólares sin demasiado esfuerzo.

Joe Berlinger, quien ha hecho miniseries documentales aclamadas como “Conversaciones con asesinos: las cintas de Jeffrey Dahmer”, se puso detrás de los cuatro episodios que componen “Madoff: el monstruo de Wall Street”, con el objetivo de dar una visión panorámica, pero detallada, de uno de los estafadores más grandes en la historia estadounidense.

Mediante entrevistas y material de archivo, la narrativa que propone Berlinger es tan atractiva como indignante. Madoff no fue un estafador común y corriente, su arrogancia lo convirtió en una de las personas más odiadas del país, su osadía se convirtió en una leyenda dentro de Wall Street, y su falta de remordimientos es tan impensada como increíble.

Literalmente es ver para creer.

NEW YORK – MARCH 10: Accused $50 billion Ponzi scheme swindler Bernard Madoff exits federal court March 10, 2009 in New York City. Madoff was attending a hearing on his legal representation and is due back in court Thursday. (Photo by Mario Tama/Getty Images)

El gran acierto de esta miniserie documental es cómo aborda las consecuencias sobre las víctimas. El relato es crudo, las sumas que se exhiben son astronómicas. Hablamos de gente que no sólo perdió todo lo que tenía, sino que llegó a morir producto de la depresión y la desesperación. Por algo lo llaman no sólo estafador, sino asesino. El largo de sus tentáculos era tan impresionante que hasta afectó a su familia.

Netflix continúa apostando a un formato altamente redituable tanto en vistas como en lo económico.

Los documentales policiales siempre atraen gente, y muchas veces no es necesario que sean sangrientos para cautivar a la audiencia. Basta con que la historia sea lo suficientemente oscura.

Y la de Madoff es muy oscura.

“Madoff: el monstruo de Wall Street” es un fabuloso cuento aleccionador en esta época en donde los estafadores tienen cada vez más recursos para meterse en los bolsillos ajenos. Estos falsos gurúes de las finanzas, que prometen mucho y dan poco, se multiplican casi por hora, y las posibilidades de caer en una de estas redes es más que real. Por eso miniseries como ésta jamás pasarán de moda.

Los cuatro episodios, todos de menos de una hora, se encuentran disponibles en la plataforma de streaming.

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