Al Pie de la Letra
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Soldaditos de Plomo
Relato de Pablo Diringuer
Soldaditos de Plomo

Cachivaches de antaño, muy de antaño.

En ese reducido espacio tipo guantera de auto, pero en unos metros cuadrados de la habitación de un servicio abandonado, una guardilla.

Inexplicable la actitud de los seres humanos de acumular recuerdos a través del tiempo, como negar la filtración lógica del mismo y atraparlo de cualquier manera. Así pues, viejos trastos polvorientos perfumados de humedad y algunos bichos raros acovachados entre los recovecos dispersos, absolutamente irregulares dentro de ese orden improvisado y a las apuradas con tal de, sacarse de encima rápidamente el trámite para, al mismo tiempo, no deshacerse del inminente recuerdo. Contradicciones de la gran mayoría de los mortales casi como el futuro devenir en años, en donde al ver los mismos almacenados y hasta casi olvidados, inmersos en ese bochornoso orden imperante, cayeran indefectiblemente en la sorpresa del estar nuevamente junto al mismo y viajar en el recuerdo. ¿Te acordás de esta foto? ¿Y de este cuadro? ¿Sabés de quién era este par de zapatos? ¿Y esa caja toda rota, aplastada por esa valija tan pesada que estaba arriba de ésta? ¿Sabés qué hay dentro de la misma? Juguetes, chiches de los mejores de aquella época que pertenecieron a… ¡Mi abuelo!!! Sí… efectivamente en ese pequeño gran laberinto de tiempos detenidos, también –además de fotos llenas de sonrisas- había unos pocos juguetes pertenecientes a la infancia de mi querido abuelo al que ni siquiera llegué a conocer. Quizá haya sido alguna cuestión circunstancial de mi abuela la que hubo de reparar en los mismos y, por ende, destinar en su exclusivo viaje, el detenerse a cobijar esa inefable y lejana parte de la vida de quien fuera su esposo. Años acomodados en ese lúgubre lugar de esa vieja casa y a la que nadie de sus deudos quería modificar un ápice de su estática maqueta.

Cuando después, también falleció mi abuela, esa casa que habitaban, quedó totalmente vacía, y prácticamente a la deriva en el futuro destino de la misma. Muy de vez en cuando, algunos de los deudos, se daban una vuelta y acomodaban o sacaban algo, o simplemente limpiaban un mínimo para despistar de manera aparente la tristeza del silencio.

Durante muchos años la cosa fue así, y llegando casi a la década, finalmente todos los ambientes fuéronse vaciando de contenido. Uno de los últimos lugares fue esa guardilla y su inhóspito contenido de cosas.

Así fue como me encontré de repente, con esa enigmática caja de juguetes del abuelo dentro de la cual había no muchos, pero de todas maneras, emblemáticos chiches de aquélla época: un auto de lata a cuerda; un oso de color marrón y blanco apolillado en su cabeza; un juego de dominó de madera al que casi no se les veían las puntuaciones de los mismos; una pequeña pelota de goma desinflada y podrida, y por último un gran manojo de soldaditos de plomo que hasta se podía visualizar el color verde oliva que los cubría.

Yo había ido con uno de mis amigos a llevarme un par de sillas que aún quedaba y se las iba a dar porque recién había rentado un departamento y tenía prácticamente nada. Descubrimos por casualidad esa caja a la que ninguno de mis parientes hubo de prestar la mínima atención, lo que motivó el llevármela sólo por curiosidad. Mientras mi amigo se divertía con la cuerda del auto latoso, yo me hube de colgar con ese ejército de plomo al que, en la vida real, después de lo sucedido en la vida política de mi país, poco y nada podía simpatizarme el hecho de esos muñequitos armados hasta los dientes.

En el viaje de regreso al departamento de mi amigo, él, en agradecimiento por las sillas, quedó en invitarme a un lugar que tenía un conocido suyo al lado de un pequeño río a unos… cien kilómetros de distancia. En realidad, lo de las sillas era sólo una excusa para reírnos un rato y hacer más llevadero esos tiempos primarios de finalizaciones relacionales en lo sentimental. Tanto él como yo, como su otro amigo, gozábamos de similares separaciones amorosas casi sucedidas en esos mismos tiempos.

Así fue como, dos semanas después, Fredo –mi amigo- me pasó a buscar con su desvencijado Ford de seis cilindros y el baúl lleno de botellas de vino y cerveza.

Ya antes del viaje hubimos de tomarnos varios tintos, tal vez, no muy convencido de mi parte, pero según él, conocía una ruta en la que prácticamente no iba nadie y que, no tendríamos ninguna clase de inconvenientes. Y fue así, nada de policía en el trayecto, ni percances inherentes a la mecánica del auto ni deslices de manejo ni nada. A las casi dos horas ya nos hallábamos en ese rancho de su amigo al lado de ese río.

Era verdaderamente en el medio de la nada y el amigo en cuestión, vivía prácticamente de lo que le daba la tierra. En ese lugar hambriento de gente, el humus proveía a quien quisiera de lo más variado en alimentos: había árboles frutales, yuyos de todo tipo, tomates pequeños pero tomates al fin, y unos zapallos gigantes que, de tan grandes, Zen –el amigo de Fredo- decía que no alcanzaba a terminarlo y se le pudría por las altas temperaturas. Toda una vida la de Zen en el medio de la nada y hasta tenía una vaca solitaria masticando en cámara lenta a cien metros de distancia. También tenía unos metros destinados a unas plantas de cannabis que acostumbraba a cuidarlas sobremanera y hasta sabía en detenimiento y hasta cuándo, debía dejar a las macho cerca de las hembras. De eso sabía mucho y –por ende- demás estaba decir que se hallaba fumado gran parte del día.

Cuando Fredo bajó los cajones de alcohol, la propuesta estuvo completa, yo había pensado previamente en que nos iríamos a comer unos cuántos asados de carne vacuna, pero no, Zen solamente comía vegetales y, de vez en cuando, en ese riacho sito a unos veinte metros de su casa solía divagar con una vieja caña de pescar que según decía, los peces rápidamente caían en su anzuelo y ésa, era la única carne que solía comer de vez en cuando.

Ante nuestra llegada, Zen amplió el menú y nos invitó a que lo acompañásemos a la vera del río; estaba re fumado y reía al compás de cada trago de cerveza; cuando tiró el anzuelo de su caña con mediana fuerza por su estado viajero, patinó sobre el borde mismo del río y cayó por unos instantes sobre la orilla. Ni Fredo ni yo nos preocupamos, pues no había demasiada profundidad, Zen insultó escuetamente al aire y sólo dijo que, solía pasarle de tanto en tanto. Cuando nuevamente subió hacia donde nosotros estábamos, nuevamente un epíteto escabulló de sus labios: la plomada de la caña se había perdido en el fondo acuoso.

Fredo le dijo que no se haga problema, que durante ese fin de semana seríamos completamente vegetarianos, pero Zen dijo que no, que de alguna manera atraparíamos algunos de esos miles de peces que divagaban a la espera de ser deglutidos por alguien y que, nosotros tres éramos los enviados por dios para semejante tarea.

Imposible seguir una coherencia en los diálogos y de un tema se saltaba a otro como si nada, como si todo se entendiese así porque sí, porque estaba escrito en algún lado que el idioma –ese raro incoherente- correspondía continuar sea como fuese, pero seguirlo como si nada sucediese. Las risas participaban como un gran nexo entre lo que se decía y lo actuado; la única interrupción fue esa caída al agua de Zen y su consiguiente cara de preocupación cuando fue en búsqueda de una nueva plomada y no la encontró.

Su rostro adusto lo mostró en evidencia y hasta puso cara de verdadero enojado consigo mismo.

Fredo enseguida prendió su lamparita y recordó –no sé cómo- que dentro de su Ford de seis cilindros, en el interior del mismo, en ese piso oxidado casi a punto de perforarse de pudrición, había barrido el mismo antes del viaje y había encontrado cuatro soldados de plomo que habían pertenecido a mi abuelo, que se me hubieron de caer luego de recogerlos en la guardilla de la casa que los había cobijado durante tantos años.

Fredo los trajo y me los puso sobre mis manos, eran bien pesados y esos cuatro tenían pinta de no ser soldados rasos, sus gorras con viseras denotaban cierta jerarquía muy alejada del soldado con casco en el frente de batalla, sus uniformes parecían tener una mejor vestimenta, hasta más prolija que la correspondiente a los del llano.

Zen los miró y dijo que nunca los había visto de plomo, que sí los hubo de conocer de plástico, pero así de pesados…

Antes de dar una opinión observó mis gestos, mi mirada de viaje hacia… un lugar impreciso, luego le dije: -¿Sabés transformarlos en una plomada?

 -¡Por supuesto! –Zen nuevamente volvió a sonreir-

Tomó una lata y la puso sobre los leños encendidos, allí echó los muñequitos militares uno tras otro y el plomo derretido pronto mostró su brillo mientras el verde oliva se evaporaba hacia la nada; durante cinco, diez minutos tal vez, los Videla, los Massera, los Agosti, los Galtieri, se derretían en su propio metal asesino; no pensé en mi abuelo, mi abuelo ya descansaba tranquilo y hacía rato; mis pensamientos no flotaban en el olvido a pesar del viaje placentero del joint con el tinto; los militares diminutos,  juguetes de mi abuelo habían pasado a ser simples lingotes plomizos que Zen se las ingenió para agregarles un ganchito en una de sus puntas.

De los cuatro chiches militares salieron dos grandes plomadas; Zen las amarró bien al hilo plástico de la caña y en menos de veinte minutos, cuatro grandes peces sintieron el peso del plomo en sus bocas. Zen y la parrilla hicieron el resto.

La paz de mi abuelo había transformado la mugre militar en un bocado exquisito de pescado sazonado por Zen en el medio del campo, mientras Fredo y yo reíamos una vez más y el humo se filtraba entre las copas de los árboles.

Por Pablo Diringuer

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