Al Pie de la Letra
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Acostumbrados al Desfalco
Relato de Pablo Diringuer con Olivia en la suplencia en una agencia de noticias muy chica
Acostumbrados al Desfalco

Argucia me sonaba algo más leve que semejante infortunio recibido sin el menor dislate de parte de ella. Mentira me resultaba como un adoquín que golpeaba y golpeaba y mi colchón lleno de resortes tensados de… aceite, podría decir, a cada momento se achataban más de la cuenta y el impacto del simbolismo del golpe calaba huesos sin vestigios positivos de nada.

Tipo común a los que ya, prácticamente nada, inducía a la sorpresa, sobre todo por esa escuela nacida y producida de la Sociedad en que hube de nacer en que tal sustantivo común -la mentira- habíase ramificado por doquier y hasta los más conspicuos individuos percataban la emoción negativa para cuando sus tejidos crujieren de semejantes contramanos golpeadores de imprevisión.

Olivia había nacido en EE.UU. y, en poco menos de un año de haber llegado al mundo, sus padres regresaron nuevamente a su madre Patria, la Argentina.

Estuve dos semanas cumpliendo una suplencia en una agencia de noticias muy chica que no podía responder por su limitado presupuesto, a reemplazar a uno de sus destacados opinólogos referentes alrededor de la problemática de política nacional, sobre todo porque, se venía una especie de transición gubernamental en el país, en donde el actual gobierno venía de cuatro años de políticas muy prometedoras que para nada se llevaron a cabo mientras la pobreza y la indigencia hubieron de aumentar casi al doble de los inicios del mismo. Todo un zafarrancho y despropósito muy contrario a lo prometido de antemano, lo cual golpeó inmediatamente en el electorado que mostraba previamente su desazón y disconformidad para con los gobernantes hasta ese momento, lo cual vaticinaba un cambio de gobierno de insospechadas políticas de “cambio”. ¿Por qué hubieron de decidirse por mi incorporación durante ese par de semanas? Hubo dos razones: la primera fue porque el que se hubo de tomar las vacaciones era uno de esos tantos ex compañeros de rutas periodísticas que fue el que me hubo de recomendar; segundo: yo estaba sin laburo y, aunque me pagaran relativamente poco, agarré viaje dando una imagen de ser aprensivo hacia esa “pequeñita” agencia noticiosa sobre la cual “los consideraba que había que ponerles una gran mano para que siguieran creciendo y salieran adelante”. En este punto, tal vez, esgrimí de mi parte, también una cierta cuota de falsedad, y me auto justificaba basándome en sobre cómo funcionaban las cosas en esta Sociedad capitalista. De todos modos, durante mi estadía en ese puesto laboral, básicamente, lo importante era cumplir con las expectativas previas y no defraudar a ese compañero que me había propuesto para ese puesto.

Olivia, ni sabía yo bien, qué cornos hacía en la misma, a veces la veía que iba y venía hacia y desde las oficinas de los directores editoriales; otras, la observaba algo enfrascada en su escritorio hablando largo rato sola o con su celular vaya uno a saber con quién; varias veces más, pasaba a retirar mis impresiones previas del momento político que luego me los devolvía corregidos o modificados por algún jefe mientras que aprovechaba esos contados segundos para gesticular “algún algo” de esos femeninos que mucho sugieren, y yo, que estaba soltero, sonreía placenteramente, mezclado con mi imagen de tipo concentrado en sus quehaceres.

En esa primera semana de laburo esporádico agenciero, no tardé casi nada en cruzarme con ella en un bar a la marchanta, tal vez, algo propuesto por su persona; allí nos vimos frente a frente y, si bien no estuvo ausente el discernir alrededor de nuestro periplo laboral, obviamente, en esas casi tres horas comiendo y tomando algunos alcoholes, finalmente y de manera escalonada, los dos que sugeríamos cercanías ligadas a la atracción física, comenzaron a manifestarse en el ímpetu del movimiento; así pues, primeros las manos aterciopelaron y acariciaron dedos para luego y en medio de ese encuentro, dejar de mi parte estar sentado frente a ella para correr mi silla al lado de su presencia y hasta acercarnos en un labio con labio antes del café.

Los dos parecíamos alumnos frecuentes de los tórtolos y, sin profundizar pensamientos ampliados hacia esos lados más proclives a esa realidad tangible que nos hubo de cruzar en la agencia de noticias; podría decir que yo estaba enganchado con ella; sin embargo, cuando tocamos de a ratos, la función de cada uno en el laburo, allí, destapábamos la sábana de la cama ideológica y la desnudez nos indicaba las veredas de las calles que transitábamos.

Olivia, si bien había nacido en EE.UU. prácticamente había vivido toda su vida en Argentina, debido a lo cual, una vez más iba a emitir su voto en el país, lo cual nos invitaba a decirnos frente a frente esa especie de creencia mínima para ese hecho por demás importante pues luego de la elección, nos esperaban 4 años de una nueva experiencia sobre todo en carne propia de lo que deberíamos vivir en ese futuro bien cercano.

En esos escasos días relacionados para con ella, y en la semana y media que hubimos de intimar, ella quedándose en mi departamento, comenzó a vislumbrar un cierto enojo para con mis pensamientos alrededor de lo que muy prontamente deberíamos emitir el voto presidencial. Olivia, podría decir que esgrimía una ferocidad llamativa en contra del candidato que yo votaría de mi parte; del mismo modo, en mí afloraba la sorpresa de percatarme a raíz de las barbaridades casi xenófobas que emitía su favorito candidato, lo cual, imprevistamente comenzó en mí la toma de conciencia que, estar con ella resultaba ser un completo absurdo, hasta había llegado a la conclusión luego del sexo en mi misma cama, que ella, que se llamaba Olivia –salvando las distancias físicas- hacíame recordar cuando fui pibe, a la novia de Popeye que morfaba espinaca todo el tiempo y cagaba a palos a un tal Brutus que aparentaba ser un tipo similar a una bestia maligna. Pensamientos absurdos mientras ella me daba lecciones sobre cómo debería reflexionar alrededor de ese hecho tan importante como lo era el de elegir un futuro presidente y sobre el cual, ella no tenía dudas en volcarse hacia ese deplorable personaje que diagnosticaba romper todo de todo y, al mismo tiempo, que cada uno se las arreglase por méritos propios como si fuésemos a vivir en las épocas mismas de las cavernas y, garrote en mano, el diéramos y diéramos no solamente a dinosaurios varios, sino también a quien osase mendigar un simple plato de comida.

A punto de cumplirse esas dos semanas en mi viajero puesto de trabajo, uno de los directores me citó y me dijo que se sintió muy conforme con mi suplencia “excelentemente bien cumplida” y que desde el día lunes venidero tendría depositada en mi cuenta bancaria lo referente a lo pactado. Luego vino el famoso “te tenemos en cuenta, y ante una nueva situación, te llamaremos”… otra nueva falacia acostumbrado a sonreírle… como cuando otra vez –la última- crucé contadas palabras con Olivia: -“Después te llamo” –me dijo- a lo que le respondí: -“yo también”…

Embusteros… está  lleno de ellos –me dije- y yo también formo parte de la falsedad como ese nuevo presidente gritón e histérico.

Siempre pienso que en el partido jugado entre esos dos equipos: Deportivo Mentira y Deportivo Verdad, nunca hay empate; el de Verdad siempre se queda lamentando sobre la tribuna; el de Mentira tiene llenas las vitrinas de sus triunfos.

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