Al Pie de la Letra
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El Tren de Medianoche
Cuento de Hugo Alberto Guardia en el Difícil Oficio del Enamorado
El Tren de Medianoche

Dos de marzo, falta una hora para el ocaso. He acorralado las ovejas con mi mente volando hacia la estación de trenes, cuando ingreso a la cabaña mis pies tropiezan con la cocina a leña. Todo lo hago atropelladamente, los nervios me cierran el estómago. Hace instantes, mientras me bañaba, mi desafinada voz asesinó con un falsete la única canción que siempre entoné correctamente. ¡Difícil oficio el de enamorado!

Acomodo todo lo desparramado por la cabaña: ropa, calzado, el balde, cacerolas, vajilla y un cántaro vacío. Tengo muchas ganas de verla luego de dos años y medio. Ella llegará en el tren de medianoche. Faltan cuatro horas pero quisiera estar en el andén ya mismo. Pasaré por el almacén, le compraré flores, o algún abrigo regional… Pero la ropa…¡Es tan difícil!  ¡Ah!, ya sé… a ella le gusta pintar paisajes cordilleranos; entonces serán tela, pinceles, oleo… ¿O guantes?  ¿Y si le compro una bufanda con lana de vicuña?

¿Por qué crecían mis dudas allá en la cocina mientras ordenaba los cacharros?

Camino a la aldea no puedo dejar de pensar en Ileana, con ella vivimos seis meses inolvidables. La oruga de la soledad me estaba carcomiendo, cuando escuché el último estertor del viejo motor de aquél colectivo de turismo. Fue a cien metros de la cabaña; me ofrecí para llevar esa gente a la estación. En el viaje les iba comentando como era la vida en la cordillera cuando Ileana, que había venido para pintar, me pidió que la trajera en mi camión, ella se acomodaría en cualquier lugar por unos días. Era una mujer vivaz, llena de iniciativas, en poco tiempo me di cuenta que también era sabia como la luna porque escuchaba en silencio, entonces, fuimos tres los que disfrutábamos del silencio.

A partir de allí apilamos sueños que pronto superaron la altura de los picos nevados, pero ella debía terminar sus estudios de arquitectura y regresó a la Capital. Entre otros, nuestro último proyecto fue la cita de hoy, dos de marzo a las veinticuatro horas, en la estación de trenes…

El almacén de Gómez estaba casi vacío, sólo habían dos almas ociosas y una costumbre; esa señora muy blanca vestida totalmente de negro hasta los pies, yo, y mis vacilaciones…

-Señora, disculpe, quiero hacerle una pregunta -le dije con timidez.

-Sí, dígame -contestó mirándome tan fijamente que sentí enrojecer mi rostro          

-Señora, esteee… ¿Por qué está mi cántaro vacío? -pregunté imprevistamente

La dama retrocedió llevándose la mano a la boca tratando de ahogar el gritito que asomaba. Dio media vuelta y huyó hacia la calle como si la hubiesen llamado para cobrar una herencia inesperada, -no es fácil toparse con un loco, menos cuando es desconocido-

Elegí los fantásticos claveles rojos, Ileana enloquecía por ellos, imaginé su alegría mientras esperaba la hora sentado pensativo en un banco de la estación:

«¿Se habrá recibido? ¿Seguirá siendo tan melosa? ¿Me habrá extrañado? ¡Sí, me extrañaba, lo decía en sus cartas!  Aunque hace tiempo que no me escribe… Quizás ella también pensó que era mejor vernos hoy, acumular la ansiedad, y descargarla en un abrazo interminable»

¡Cómo tarda este tren! Son las veintitrés y cuarenta y cinco… falta poco… 

Me parecía ver a Ileana caminando en el aire, como los ángeles… ¿Los ángeles caminan por el aire? ¡Ileana era tan sensual! ¿Un ángel sensual? 

Está llegando gente al andén. Faltaban dos minutos, los cuellos se estiraban como una interminable curiosidad desafiando la anatomía. Todos los ojos viajaban hacia el este, buscando al brioso caballo de acero que viene resoplando como reconociendo la querencia. Primero arribó la potente luz de su faro y luego el férreo genio nocturno, portador de mi sueño…

Vi tres vagones, dos de carga, y el otro de pasajeros. De éste descendieron nueve personas; una pareja de ancianos y siete hombres, cuando no veo a nadie más, mi pecho emprende un exaltado galope. ¡Ileana no había bajado! 

Subí al vagón, y con diez zancadas que casi me desarticulan, lo recorrí en cinco segundos…

Estaba vacío. Descendí tropezando, y alcancé a los pasajeros ametrallándolos con la misma pregunta y la misma agitada descripción, con cada odiosa respuesta mi mundo se detenía:

-Ninguna joven viajó con nosotros -hubo un eco en cada palabra y también una ausencia.

Hasta dentro de treinta días no vendrá otro tren. Quizás…

Desconsolado, estoy volviendo a mi nido solitario, aún tengo en mi mano los estrujados claveles rojos; los huelo… ¡aroma de claveles! Siento ganas de arrojarlos por la ventana, pero giro y veo el cántaro vacío sobre la mesa… ¿Vacío?  ¡Sí, vacío!  ¡Pero si desde que ella me lo regaló debía estar siempre con agua fresca, esa era otra de nuestras promesas! ¡Si está vacío, es una señal!  ¡Por eso mis dudas! De inmediato me abrazo al jarrón como a un viejo amigo, pongo mi oído en su boca de barro y escucho la voz que desde su interior cuando dice: 

-«¡Ahora los dos estamos vacíos! «

Mi amigo está sediento. Lo lleno de agua fresca, y allí van los claveles rojos que tenían una misión mucho más romántica…

Les dije; difícil oficio el de enamorado… ¡Y qué mal lo pagan!

Hugo Alberto Guardia  – Mayo del 2005

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