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La Vida de Pi
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La Vida de Pi

No existen muchas películas capaces de evocar el sentido de la épica, del dramatismo, incluso con pasajes de comedia y fantasía, como La Vida de Pi.

La adaptación de la novela homónima escrita por Yann Martel estuvo a cargo del genio Ang Lee, responsable de obras maestras como El Tigre y el Dragón o Secreto en la Montaña, quien ha pasado por esta sección con la incomprendida pero aun así fascinante Hulk, del año 2003.

La historia es simple. Pi Patel debe trasladar junto a su familia a todos los animales del zoológico que tenían en la India. El destino es Canadá, donde buscan vender a todos los animales, incluido un tigre de bengala llamado Richard Parker.

La travesía a bordo de un barco japonés parece sencilla tras todos los inconvenientes previos al abordaje. Encerrar y meter en una embarcación a tantos animales parecía el final de una epopeya, pero la madre naturaleza tenía reservadas otras sorpresas para los tripulantes.

Una feroz tormenta se desata, justo cuando Pi está en la cubierta, y el barco termina naufragando. El joven, de tan sólo 16 años, queda a la deriva en un pequeño bote con tres compañeros inesperados. Una cebra malherida, una feroz hiena, y Richard Parker, el tigre.

Parece una situación imposible de escapar. Un niño solo, a la merced de un depredador, sin alimento, sin nadie que sepa dónde se hundió el barco. El océano es un universo aparte, gigante, inconmensurable, al que parece no importarle la aparición de tres nuevos actores ajenos al ecosistema.

La vida de Pi cuenta, entonces, las fantásticas peripecias que tienen los protagonistas a bordo de una embarcación débil. El entorno es tan importante como Pi y el tigre. Todos son parte de un engranaje fantástico en donde los colores naturales se ven reemplazados por vibrantes versiones que realzan la inherente magia del océano y sus criaturas.

La relación entre Pi y Richard Parker es una de las más complejas en la historia del cine moderno. Él es un chico dialogando con su propia mortalidad, lidiando con el duelo de haber perdido no sólo a su familia y a sus animales, sino procesando la extinción inmediata del futuro que le esperaba en territorio americano. Encima, debe aprender a domesticar, parcialmente, a un animal que nació para cazar, que tiene tanta hambre como el niño. Es una relación imposible, pero que gracias a la maestría del libro original, del guion adaptado y la dirección de Lee consigue brindar un espectáculo tan conmovedor como inolvidable.

La historia está contada por el propio Pi de adulto, quien brinda una entrevista a un escritor que quiere retratar su historia. Durante toda la narración es difícil saber si los pasajes más irreales, como las ballenas que brillan en la oscuridad o la isla caníbal que aparece de la nada, fueron parte de la epopeya o simples inventos de un niño pasando por una experiencia extremadamente traumática.

La pregunta que se desprende, inevitablemente, es si es realmente importante saber a ciencia cierta si aquello pasó de verdad, si Richard Parker realmente existió.

Los efectos visuales que ostenta este film se sostienen hasta el día de hoy. Fue una sorpresa entonces y lo sigue siendo hasta el día de hoy. Simplemente es imposible ver La Vida de Pi y no sentirse regocijado por el nivel de belleza que hay frente a nuestros ojos. Rhythm & Hues Studios elevaron al cubo sus capacidades y le ofrecieron a Ang Lee la posibilidad de plasmar su única visión en un espectáculo que está generado, casi enteramente, por computadora.

Sin embargo, por esas paradojas del destino —o mejor dicho, por el sistema voraz de la industria cinematográfica— pese a que la casa de efectos visuales ganó el merecido Oscar y el largometraje se convirtió en un éxito de taquilla, la compañía terminó cerrando sus puertas después de este film.

La música de Mychael Danna, habitual colaborador de Lee, es otro de los puntos altísimos del largometraje. Sus composiciones traducen las sensaciones de magia, de dramatismo, de maravilla con una paleta sonora inigualable, que se nutre de la tradicional música india y la reformula para contar esta aventura de realismo mágico. La combinación es impecable, y el resultado es una de las obras maestras del siglo XXI en cuando a bandas sonoras se refiere.

Suraj Sharma es el otro protagonista absoluto de esta obra de arte. Él le da vida a Pi durante toda la travesía, y su interpretación es el esqueleto emocional de la trama. Lo más sorprendente de todo no es la capacidad del entonces adolescente para dar una actuación digna de todos los premios, sino que fue su primer trabajo frente a cámaras. Sin Suraj el largometraje seguramente hubiera adolecido con un personaje mucho menos profundo, menos carismático, menos magnético. Lo que hace este muchacho bajo las ordenes de Ang Lee es simplemente digno de ser admirado.

La Vida de Pi es una de esas obras que merecen ser vistas y que, por alguna razón, después de su paso por las salas de cine, no tuvo la repercusión que merecía. Es, sin lugar a dudas, uno de los clásicos modernos del séptimo arte, un testimonio sobre el poderío maravilloso de la imaginación, un deleite visual, sonoro y, encima, un disparador de reflexiones importantes para nuestras vidas. Puede sonar muy new age, pero es la pura verdad. Sentarse a pensar en cómo manejamos el dolor y las adversidades después de ver este film es inevitable, y entre el metraje fantástico se esconden algunas respuestas a posibles interrogantes que vayan surgiendo.

Si no vieron La Vida de Pi les recomiendo encarecidamente que la busque en Amazon Prime, y si ya la vieron, es momento de darle una segunda oportunidad. Este es un largometraje que merece revisiones, que nunca falla a la hora de entretener y de emocionar. Y hoy en día ese es un lujo que no muchas películas ofrecen.

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