Costumbres
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Los Lustrabotas
En nuestro país y probablemente de manos de los inmigrantes, la actividad se extendió por las calles céntricas de Buenos Aires
Los Lustrabotas

En Buenos Aires, la ciudad de los mil oficios callejeros, no podía faltar el lustrabotas.

Antiguamente, el calzado de cuero se protegía aplicando grasa animal, pero luego éste insumo comenzó a ser desplazado por el betún, de origen industrial. En nuestro país le llamamos “pomada” y se comercializa en varias presentaciones, en general en latas planas de fácil manipulación; también se expenden cremas y líquidas. Los colores son variados y hasta transparentes, pero los clásicos siguen siendo negro y marrón.

“Wassington”, “Cobra”, “Arola” fueron las marcas más populares y casi un distintivo infaltable en el cajón de lustrar en los años de auge de los lustrabotas. El grito “Se lustra…” fue en una época, un pregón tan familiar como el voceo de la “Quinta” o “Sexta” de los canillitas en las calles porteñas.

El origen de éste oficio como muchos otros, se pierde en el tiempo y varias geografías reivindican su paternidad. Pero la hipótesis más difundida es que el lustrado como trabajo remunerado, se habría originado en las ciudades inglesas de finales del siglo XIX.

Poco después en nuestro país y probablemente de manos de los inmigrantes, la actividad se extendió por las calles céntricas de Buenos Aires, donde también florecieron los primeros salones de lustrado; lujosos y en muchos casos, vinculados a peluquería y otros servicios afines. Al estilo de los baños termales romanos de la Antigüedad, estos salones del Centro servían a sus clientes como ámbito de vida social. Política, economía, chismes… matizaban el tiempo que demandaba el servicio, que a diferencia de la peluquería, era mucho más breve. Hay fotografías de la primera década del siglo XX, que muestran salones de lustrar en plena faena; el trabajo en muchos locales estaba a cargo de chicos. Algunos salones completaron la oferta vendiendo en la parte delantera y por lo general con vidriera a la calle, billetes de lotería, juegos de azar como naipes, pequeñas ruletas, dados, perinolas y otros; a lo que hay que agregar tabaquería.

Lustrabotas – 1901 – H. G. Olds – Fundación Antorchas

A diferencia del vendedor ambulante, el lustrabotas independiente se instalaba en una “parada” fija; que debía defender a capa y espada, como lo siguen haciendo los escasos sobrevivientes del oficio. Los sitios preferidos por la cantidad de transeúntes, fueron siempre las terminales ferroviarias, el Microcentro porteño y las grandes avenidas.

Un pequeño cajón que contenía latas de pomada, cepillos, franela y frascos de tinturas para algún servicio extra, por ejemplo un cuero manchado o para facilitar la aplicación de la pomada. En la parte superior del cajoncito, una plataforma con el diseño de una horma de calzado, para que el cliente apoye su pie. Cuentan los entendidos que un servicio eficiente y profesional, no puede demandar más de cinco minutos.

Recordemos que hasta avanzada la década de 1980, en determinadas actividades laborales el saco y corbata eran indispensables, pese a que ya estaba superado el sombrero desde años atrás. El complemento de estar “bien vestido”, era el calzado lustrado.

Pero en la medida que la indumentaria se volvió más informal y las zapatillas fueron desplazando a los zapatos, la sombra de la extinción comenzó a sobrevolar los cajoncitos de “Cobra” o “Wassington”.

El lustrador Francisco Clemente instalado en Florida y Diagonal Norte, comentaba al cronista de un matutino porteño en 1995 que en los años 40 y 50, en “tiempos de Perón”, – dijo- atendía alrededor de ciento cincuenta personas por día: “Había que esconder el cajón para ir a comer. A partir del 55 el negocio fue decayendo. Ahora hago no más de 20 o 25 lustradas diarias” (1). Pero la debacle no es sólo argentina; en Madrid por ejemplo, en el año 2000 se estimaba que no quedaba mucho más de una docena de lustrabotas..

Una curiosidad porteña en materia de lustradas, son los locales que se encuentran en el pasaje subterráneo Obelisco Sur, que atravesando la Avenida 9 de Julio une las calles Carlos Pellegrini y Cerrito. Se trata de una galería comercial intensamente transitada.

Los locales mencionados se encuentran frente a frente, cerca de la entrada de Carlos Pellegrini. Debido al escaso espacio disponible los locales no están en profundidad, sino que se trata de gradas escalonadas con asientos para los clientes y apoyos para los pies.

En ese escenario los lustradores pueden trabajar con comodidad.

Como muchas actividades callejeras, los “lustras” también cuentan con sus figuras emblemáticas. Es el caso de Agustín el “Negro” Gómez, con parada en Diagonal Norte y Florida. Agustín fue declarado ciudadano Ilustre de la ciudad de Buenos Aires en el año 2010. El hombre trabajaba con un “Mueble Ergonómico de Lustrado”. Se trata de una suerte de kiosco que permite al cliente estar más cómodo y al trabajador cumplir su tarea sin necesidad de sentarse casi al nivel del piso, como sucede con los banquitos tradicionales.

Gómez fundó en 2003 la Mutual de Lustradores de Calzado y Afines de la República Argentina, para organizar y brindar una mínima cobertura a quienes persisten en el oficio, que según cuentan, en muchos casos fue un trabajo que pasó de una generación a otra.

Muchas personalidades de infancia humilde recurrieron al cajoncito y al cepillo para llevar algún dinero a su casa; como José “El Mono” Gatica e Inácio “Lula” Da Silva, entre otros.

Los cambios en la vestimenta dictados por la moda, por ejemplo el uso masivo de zapatillas, en el siglo XXI conspira contra la supervivencia del legendario trabajo.

De todos modos los lustradores con sus cajoncitos, desde pibes hasta adultos mayores, ya están incorporados a la memoria popular. Fueron protagonistas de un tiempo impreciso, cuando la costumbre imponía, entre otros hábitos perdidos, ganar la calle con toda la “pilcha” encima y los zapatos bien lustrados.

1) Diario La Nación – Buenos Aires – 08-01 -95

Se Lustra Señor

Con sus ropitas viejas, curtido por el sol,
la vida lo ha tratado con todo su rigor.
Siempre en la misma esquina, voceando su pregón:
¡Señor, aquí se lustra mejor que en el salón!
Conozco su historia y sé de su valor;
que cierto día el padre no regresó al hogar
y que él, sin decir nada, se hizo aquel cajón,
y que en su casa nunca les ha faltado el pan.

¡Señor, aquí se lustra!
¡Se lustra, señor!…

Buscando una esperanza,
la vida así se amasa
de penas y dolor.
Y así todos los días,
aunque nos queme el sol,
o el frío del invierno
nos hiele el corazón.

Y una mañana de ésas, el viento de arrabal
dejó un silencio extraño, allí, junto al umbral;
y ya hace varios días no se oye su pregón:
¡Señor, aquí se lustra mejor que en el salón!
Ayer fuimos a verlo, son cosas de contar…
Nos mira, se incorpora y así se pone a hablar:
Mamita, andá prontito; traeme mi cajón,
que aquí, señor, se lustra mejor que en el salón…

Y así, como esta historia que acabo de contar,
así se amasa el alma humilde de arrabal.

Tango – 1946
Música: Enrique Alessio / Eduardo Del Piano
Letra: Marvil

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