Costumbres
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Adoquín y Empedrado
“No me gusta el empedrado / ni la voy con lo moderno…”
Adoquín y Empedrado

“Cabeza de adoquín…”. Cuántas veces escuchamos esa calificación dirigida a alguien que a juicio de quien profería el grito, era un “cabeza dura”. El adoquín es una materia durísima, granito compacto; y cuando se lo compara con la cabeza de un humano, se quiere significar que éste en su cráneo es incapaz de almacenar una idea. Pero metáforas aparte, el adoquín tiene una noble y útil historia en la humanidad y particularmente, en nuestra Ciudad de Buenos Aires y las principales localidades argentinas. Como todo avance urbanístico, tuvo su momento de auge y luego fue superado por el hormigón y las carpetas asfálticas, pero a medida que el paso de los años demostró las limitaciones de éstos últimos ingenios y los gastos que ocasionan su mantenimiento, la mirada de muchos especialistas se volvió al viejo adoquinado.

“No me gusta el empedrado / ni la voy con lo moderno…” dice la “Milonga del Novecientos” de Homero Manzi y Sebastián Piana. La pieza está ambientada en los comienzos del siglo XX y el protagonista asocia con desprecio, el empedrado con el progreso; considerado hostil a las formas de vida tradicionales. Pese a la opinión del personaje de esa milonga, el empedrado tiene una antigua presencia en la historia de los porteños, a tal punto que hoy se considera a varias calles adoquinadas de la ciudad, patrimonio cultural de la urbe.

Sus comienzos datan de la etapa anterior al Virreinato del Río de la Plata, durante la gobernación de Nicolás Del Campo, Marqués de Loreto y luego, flamante virrey del Río de la Plata. Para emprender la modesta obra de empedrar varias calles porteñas, el hombre tuvo que enfrentar alguna oposición, como la de su antecesor en la gobernación bonaerense y futuro virrey, Juan José de Vértiz y Salcedo. Éste funcionario se habría opuesto alegando que los edificios podrían derrumbarse por las vibraciones provocadas al paso de los carruajes y que se debería gastar en llantas metálicas para las carretas, además de herraduras para los caballos, como protección extra y onerosa. Más adelante, el virrey Arredondo auxiliado por una suscripción popular, siguió empedrando el pequeño casco del Centro porteño. Se trató de una construcción primitiva, que consistía en la colocación de las piedras sobre una capa de arena que, a su vez, cubría la tierra apisonada.

El hombre se las ingenió para adoquinar treinta y seis cuadras en seis años con mano de obra parcialmente integrada por presos que recibían una paga que como se ha dicho, la aportaron los vecinos.

Las piedras eran de distintos tamaños y formas irregulares y se extraían de la isla Martín García y la Colonia del Sacramento, actual Colonia uruguaya. Con la llegada del ferrocarril a la ciudad de Tandil, se abarataron los costos de extracción y aumentaron los volúmenes de carga, coincidiendo a partir de la segunda mitad del siglo XIX, con una edificación acelerada que a su vez demandaba calles transitables, siendo prioritarias para el adoquinado aquellas en que se erguían los palacios de los dueños del poder de la época.

Se considera que la calle Florida fue la primera que contó con empedrado y como testimonio, desde 1971 en el cruce de ésta con la diagonal Roque Sáenz Peña, se conserva un metro cuadrado del empedrado antiguo.

En la búsqueda de pavimentos durables y de menores costos, las distintas gestiones municipales intentaron varias soluciones. Las piedras de formas y tamaños irregulares de los comienzos, fueron paulatinamente reemplazadas por piezas más pequeñas y de bordes redondeadas; como los adoquines llamados granitullo que se colocaban en forma de abanico, cumpliendo de paso una función estética. Pero durante muchos años esos empedrados pulidos y vistosos, convivieron con otros antiguos que todavía conservaban en el centro de la calle, las viejas lajas llamadas “trotadoras”; enormes piedras lisas cuya función era facilitar el tránsito de vehículos, evitando los sacudones que provocaban las piedras irregulares. Otro intento consistió en instalar en muchas calles, tacos de madera de algarrobo que con el tiempo quedaron en desuso. El asfalto tardaría en ser adoptado ya que al comienzo, era más caro que los adoquines; no obstante, hubo épocas en que se asfaltó directamente sobre adoquinados y también el hormigón en muchos casos, desalojó a los adoquines. En el año 2021 más del diez por ciento de las calles porteñas seguían adoquinadas; hoy como ya se dijo, más protegidas que los miles de metros cuadrados desaparecidos a manos del furor progresista de muchos intendentes y Jefes de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA). A comienzos del año 2000 la ciudad conservaba unas cinco mil cuadras adoquinadas, sobre treinta y cinco mil existentes. En 2021 no quedaban calles de tierra en la ciudad.

Hoy es posible ver adoquinados en buenas condiciones en barrios como San Telmo, Barracas, Parque Patricios, Monserrat y en algunos tramos de calles en Palermo Viejo, Villa Devoto, Flores y otros. Debido a un aumento en la conciencia ciudadana, los vecinos se organizan en diversos barrios para defender su patrimonio histórico que en muchos casos, incluye a los viejos adoquines. Como en tiempos de los virreyes, los porteños también discuten sobre la conveniencia o no de conservar los adoquinados. Quienes se oponen sostienen que debido a la necesidad de utilizar mano de obra extensiva, el costo de nuevos empedrados sería muy alto. Los defensores en cambio, alegan que las piedras permiten una mejor absorción del agua de lluvia por parte del subsuelo, aliviando así a los pluviales.

La polémica sigue abierta, pero más allá de inconveniencias económicas o añoranzas por un paisaje perdido, el empedrado como representación de un tiempo mítico sigue presente en la memoria popular.

Adoquín en la Plaza – CABA – 1999
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