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Rozenmacher y la Casa Tomada
“Cabecita Negra” puede considerarse una versión irónica de “Casa Tomada” de Cortázar
Rozenmacher y la Casa Tomada

Germán Rozenmacher
Cabecita Negra

En el momento de su trágica muerte (un accidente en Mar del Plata cuando cumplía su labor de periodista en 1971) Germán Rosenmacher dejaba una obra de teatro El caballero de Indias y varios cuentos inéditos, además de borradores y proyectos que hubiesen afianzado su presencia en la literatura nacional.

Cabecita negra, su ópera prima (1962), es tal vez una de las obras más características de aquel momento, y no es aleatorio, en tal sentido el éxito que rodeó al libro desde sus mismos comienzos, y que se tradujo (hecho verdaderamente inusual, tratándose de un autor novel) en el lanzamiento de una segunda edición a menos de seis meses de la primera.

Con sus aciertos y sus vacilaciones, Rozenmacher nos propone en Cabecita negra un modelo de escritura realista que toma en cuenta las variables del coloquialismo, del humor, de la poesía, de la experiencia fantástica, de lo testimonial y de la expresión grotesca, en la que están presentes las crispaciones de la manera dura y, al propio tiempo, el lirismo buceador y desolado de un poeta que explora los destinos de seres anónimos, solitarios y fracasados.

En esta antología, el autor parece no querer inscribirse en la vieja tradición lukacsiana del texto  “totalizador”, que aborda y agota jerárquicamente la realidad, busca un discurso que merodea reiteradamente lo viscoso y angustiante, como el cuento que da título al volumen.

Cristina Eseiza
Profesora Letras – UBA
Escritora

Rozenmacher y la Casa Tomada
El peronismo como ficción. Desde “Sábado de gloria” (1945) de Ezequiel Martínez Estrada hasta la novela de Perón (1985) de Tomás Eloy Martínez, el peronismo ha sido variadamente tratado por la ficción argentina. Narrado desde distintos ángulos podría decirse que durante años y salvo algunas excepciones, apareció como una metáfora alucinada de horror cotidiano.

El relato de Martínez Estrada que abre la serie con su abigarrada proliferación de humillaciones de desdichas kafkianas, define toda una tendencia. Y en esa serie el libro de German Rozenmacher, Cabecita negra, marca ya desde el titulo un viraje. Expresa un cambio de perspectiva respecto a una tradición literaria que había visto en el peronismo un simulacro de la pintura que nos dejó Mármol de la época de Rosas.

Mirar desde afuera. Publicado en 1962 Cabecita Negra anticipo el momento en que sectores amplios de las capas medias comienzan un inesperado proceso de peronización, o de revisión de los esquemas tradicionales sobre el peronismo, o de revisión de los esquemas tradicionales sobre el peronismo, que culminaría diez años después con el triunfo de Cámpora. Leído en ese contexto el texto de Rozenmacher suena casi como un manifiesto. “El advenimiento del peronismo de algún modo desnudó al país y nueva generación tiene el privilegio de ver el país descuartizado y verlo casi desde afuera, sin estar comprometido totalmente con el peronismo ni con el antiperonismo”, señalaba Rozenmacher.

Gorilas y cicatrices. Los mejores escritores de la generación a la que se refiere Rozenmacher trabajaron y a su manera esa temática. Por de pronto, Juan José Saer que de un modo muy sutil elabora en Responso los efectos laterales de la revolución del SS y retoma el asunto con una elipsis explicita en Cicatrices donde, no sin ironía, el Juan Garay ve la ciudad literalmente poblada de gorilas. A su vez Manuel Puig en La traición de Rita Hayworth, traje la trama y la mitología popular que circula en la textura de la novela con el contexto del peronismo que se hace explícito en el personaje de Esther que escribe en secreto en su Diario sus ensueños de peronista de barrio. En fin, Rodolfo Walsh que en “Esa mujer” emplea la poética hermingwariana del iceberg para no nombrar nunca a Eva Perón y colocarla de ese modo en el centro de la historia o que hace del peronismo el marco implícito del conflicto que lleva al suicidio al protagonista de “Fotos”.

Las patas en la fuente. Los relatos de Saer, Puig y Walsh pueden ser considerados un modelo de tratamiento distanciado y elíptico del peronismo que entra en la intriga como un elemento central pero desplazarlo. Cada uno a su manera ha sabido ficcionarlizar la política y desplazarla del centro del relato para hacerla funcionar como su trama secreta. El cuento de Rozenmacher tiene la particularidad de poner al peronismo como una clave de lectura casi extrema al relato “El señor Lanari recordó vagamente a los negros que se habían lavado alguna vez las patas en las fuentes de Plaza Congreso”. Ahora sentía lo mismo, la misma vejación, la misma rabia. “A partir de esa clave todo el texto puede ser visto como una metáfora”.

La otra casa. Al mismo tiempo “Cabecita negra” puede considerarse una versión irónica de “Casa Tomada” de Julio Cortázar. O mejor una versión del comentario de Sebreli al cuento de Cortázar “Casa tomada expresa fantásticamente esa angustiosa sensación de invasión que el cabecita negra provoca en la clase media”. La interpretación de Sebreli define mejor a Sebreli que al cuento de Cortázar pero de todos modos se ha convertido en un lugar común de la crítica y se superpone con el cuento mismo “Cabecita negra” es un comentario al comentario de Sebreli. No solo porque el texto de Rozenmacher cita explícitamente el relato de Cortázar (“La casa estaba tomada”) sino porque la invasión del recinto privado de la clase media por la cabecita negra se convierte en la anécdota del cuento.

Un héroe de nuestro tiempo. El relato de Rozenmacher es al mismo tiempo la radiografía semicaródica de un personaje típico. El pobre pequeño burgués avaro, conformista y reprimido, racista, que ha abdicado de sus ilusiones y mantiene una relación nostálgica con la cultura (“El señor Lanari sin saber por qué, le mostro la biblioteca abarrotada de libros. Nunca había podido hacer tiempo para leerlos pero estaban allí. El señor Lanari tenía su cultura”)

En esa posesión vacía aparece como la cáscara del intelectual que ha querido ser. “Además cuando era joven tocaba el violín y no había cosa que le gustara más en el mundo”. De hecho el personaje de Rozenmacher es un descendiente oscuro y mutilado del unitario de “El matadero”, del Hardoy de “Las puertas del cielo” de Cortázar, del Juan Dahimann de “El sur” de Borges. Una caricatura degradada del intelectual que se enfrenta con la violencia y la fascinación de los barbaros.

La paranoia y la parodia. En este sentido “Cabecita negra” se puede leer como una versión crítica de esa serie de textos que, desde “El Matadero” de Echeverría hasta “La Fiesta del Monstruo” de Borges y Bioy, representan de un modo alucinado la mitología de ese mundo primitivo y brutal que se encarna en los cabecitas, en los monstruos, en los representantes ficcionalizados de las clases populares. Y las grandes líneas de representación de este mundo antagónico han sido, tradicionalmente, la paranoia o la parodia. El pánico y la burla.

Llamar al ejército.  La paranoia es el tema del relato de Rozenmacher. Y su final es el cierre, a la vez premonitorio y preciso, de una larga tradición. “La chusma, dijo para tranquilizarse, hay que aplastarlos, aplastarlos, dijo para tranquilizarse. La fuerza pública, dijo, tenemos toda la fuerza pública y el ejército”. Un fascista, se ha dicho, es un liberal asustado.

El relato de Rozenmacher puede ser leído, también como la historia de la transformación de un liberal en un fascista o, más simplemente, como una historia de terror, un cuento de aparecidos. La historia cómica de una pesadilla pequeño burguesa.

Ricardo Piglia

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