Al Pie de la Letra
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El Habitante del Cajero
Relato de Pablo Diringuer
El Habitante del Cajero

El Habitante del Cajero Automático

Un millón de besos, un millón de pesos; un millón de tiesos; un millón de quesos… tal vez seamos un millón de obesos y la ambición desmedida nos haya coartado la naturaleza libre que nos vio nacer.

Ese individuo grande, tal vez bastante más grande que mi edad, se conformaba con poco, casi nada. Él dormía en el Banco del barrio, en ese diminuto espacio destinado a las maquinitas expendedoras de dinero previas tarjetas y claves reveladoras de contadores de billetes cash. La apariencia del mismo era por demás deplorable: poseía unas zapatillas tremendamente gastadas y hasta daba la impresión de no haber sido el único dueño; quizá, sus pies, hubieron de pernoctar en el vetusto calzado luego de unas dos o tres previas de moldes de similares tamaños y distintas “fragancias” destinadas al abandono del tiempo.

Había olor en el habitáculo comprendedor de esas dos maquinitas expendedoras de billetes; él –el individuo en cuestión- ponía un milimetrado cartón sobre el mosaico y se tiraba como quien se tira en un gran colchón doble plaza de goma espuma concentrada o grandes resortes inalterables en el tiempo. Pero no, solamente era un cartón desarmado, destripado del envoltorio de un gran Led de 49 pulgadas que alcanzaba justo para la altura de su cuerpo de un metro con setenta centímetros.

Cada nueva oportunidad de pasar a la medianoche por ese cajero automático, me encontraba con él, durmiendo como el mejor de los postulantes y petulantes al “sueños totales”. El guacho se sacaba esas indescriptibles zapatillas zaparrastrosas y en ese traslucir de pies recubiertos de medias agujereadas, las costras de color oscuro dejaban emanar los vapores que adornaban el ambiente. También poseía una escueta frazada de indescifrable color, tal vez enmascarada en su definición por la cantidad de manchas que desfiguraban los tonos originales.

La ciudad nocturna del día jueves continuaba como si nada y los esporádicos autos ambientaban en la nebulosa del olvido tanto lo bueno como lo malo del modo de vida que nos acostumbró de callos agrietados de sopor y faltantes de novedad en ese frente aburrido, repetitivo de parecidos en la constancia en la falta de novedades del buen sentir. El indigente seguía allí, en ese pequeño cuadrado rodeado de vidrios transparentes y dos cajeros llenos de billetes que jamás formaron parte de su economía vacía de perspectivas. Me conocía de vista y yo también a él aunque la mayoría de las veces sus ronquidos tapaban las voces grabadas de la máquina que indicaba por sus parlantes los pasos a seguir en las funciones para el necesitado de eliminar sus inseguridades en el funcionamiento del robot emisor de billetes.

Pero esa noche era distinta, el alienado de ese mundo vencido, observaba mi presencia y desde su catrera de cartón estiraba sus piernas bajo la mísera frazada, sus pies hinchados daban la apariencia de relajar descanso. Su imagen resultaba ser la misma de siempre aunque su voz gozaba de mi desconocimiento: jamás en los años que lo había visto en ese mismo lugar o por los alrededores hube de escucharla siquiera alguna vez. Pero esa última noche sus primeras palabras dirigidas hacia mi persona, debutaban en la claridad de lo oscuro que permanecía inerte y hasta insulso de llamativas nuevas situaciones; tal vez esa incipiente actitud del linyera de dirigirme la palabra haya sido el relieve en el medio de esa llanura apática de quietud y su mugre entrelazada en barba y pelos implorase algún atemperar de mi parte, alguna letra limosnera que contemplase esa ciega necesidad de hallar un eco en medio de esas montañas vacías de vientos o aleteos de aves rapaces hambrientas de algún bocado. Daba la apariencia de haberse fumado un cigarrillo que acababa por apagarse en sus mismos labios y chamuscar previamente parte de esos pelos crecidos desprolijamente por las cercanías de su boca. Había cerca de su cama cartonera, efectivamente, un encendedor descartable, un paquete de marquilla roja y una botella plástica de gaseosa vacía que adornaban como pocas cosas más de su exiguo patrimonio junto a la mugre que rodeaba en su derredor lleno de migajas de comidas barnizadas de tierras volátiles y bichos invisibles que se carcomían unos a otros en la invisibilidad del espectáculo que lo tenía como principal actor.

Mientras tanto el cajero automático seguía emitiendo la voz metálica que rebotaba entre medio de esas cuatro paredes cristaleras y sus contenedores billetes se enfriaban en ese estómago acerado ante la indiferencia nocturna del sueño de los mortales menos la mía –que era el motivo de mi presencia en ese sitio- ni la de ese barbudo desclasado que había fumado tabacos argentinos con marquillas norteamericanas y bebido gaseosas argentinas con etiquetas también del norte del continente y –demás está decirlo- ni por las tapas se le hubiese cruzado un pensamiento alrededor de esos dos robots emisores de dinero en prestar la mínima atención a semejante mamotreto humillador de parámetros funcionales dentro de esta Sociedad tan desbalanceada de lugares a ocupar de manera justa. Luego me observó cómo sacaba el dinero y me dijo desde su lecho corrugado de cartón: -“Le voy a pedir un favor –me trató de “usted”- ¿Sería tan amable de comprarme en la estación de servicio una coca? Yo le doy el dinero –completó-

Había metido su envejecida mano en el bolsillo de su pantalón –o lo que quedaba de éste- y sus crecidas y mugrosas uñas escarbaron en los fondos agujereados de ese inhóspito lugar mientras lo combinaba con una gran sensación demostrativa de sus gestos en donde gesticulaba una especie de grandilocuente placer. Había aprovechado esa búsqueda de billetes arrugados dentro de su bolsillo con el cercano lugar de rascarse placenteramente los testículos, que, evidentemente le picaban sobremanera.

No le di tiempo –si es que efectivamente lo poseía- a sacar los billetes y le dije que no se preocupara, que yo resolvería el asunto y se lo traería en unos instantes. Me agradeció con gestos de amabilidad la deferencia que le hube de manifestar y enfilé hacia el kiosco de la estación de combustibles. Al regresar, nuevamente hasta casi me hizo una especie de reverencia por mi actitud y sin levantarse de su lecho cartonero, corrió la frazada y me dijo que le dolía la pierna derecha motivo por el cual le costaba moverse. Le dije de médicos y remedios para ese dolor que desconocía por completo pero él, entrando nuevamente en su silencio, sólo atinó a correrse el pantalón y mostrarme su maltrecha pierna. Fue impresionante ver en vivo y en directo esa extremidad en el estado en que se encontraba; tenía a la altura del tobillo un color netamente morado similar al característico del vino tinto, esa oscuridad estaba acompañada por heridas mal cicatrizadas y costras que daban la apariencia de agusanarse de un momento a otro y el dolor… el dolor que referenciaba esa impotencia del que ya, no importaba nada ni se importaba a sí mismo.

El olor en ese cajero automático mezcla de encierro, mugre, transpiración, pies sucios, tapaban –sospechaba- ese vaho indescriptible a piel chamuscada casi agusanada de su pierna; sólo hice referencia nuevamente a su obligatoria visita a un médico y el posterior consumo de algún medicamento para normalizarse. Pero el hombre nuevamente entró en su silencio y mientras había empezado a beber la fría gaseosa solamente atinó a saludarme con gestos solemnes de agradecimiento y complaciente soledad.

Me fui del lugar con esa sensación fea de la dejadez, del tomar conciencia que la vida es una gran pulseada que sólo termina con la muerte; mientras tanto el brazo que participa de la constante competencia puede finalmente ser vencido y músculos y huesos partirse y quedar a la deriva sabiéndose derrotado y en la nada esperando la última letra del abecedario y el filo que nos cortase en miles de millones para transformarnos nuevamente en gusanos suicidas. Saberse perdido y ya, eso es todo.

No volví a ese Banco durante unos cuántos días, pero cuando volví alrededor de esa misma hora, ese vagabundo ya no estaba. Pensé en su muerte y hasta cuestioné mi accionar, sobre todo porque en ese pensar también estaba esa posibilidad sobre el haber hecho algo que hubiese aportado cierto beneficio para poder acelerar un mejor pasar hacia ese tipo que no tenía la más puta idea de nada. A lo mejor podía, a lo mejor era por demás insuficiente, pero lo pensé.

Fuera de toda autocrítica,  que el tiempo rutinario me sacó del foco y luego de varios meses pasó a ser un recuerdo muy lejano para los rincones de mi mente. Eso sucedió hasta que casi un año después nuevamente lo crucé en otra sucursal del mismo Banco en donde también hubo de acostumbrarse a pernoctar todas las noches.

Como solía hacerlo, mi presencia se remitía una vez más a sacar algún dinero del robotizado cajero, y allí lo vi, entredormido sobre otro gran cartón y rodeado de puchos y envases de gaseosas, una frazada lo cubría casi en su totalidad.

No me pareció el haberlo despertado con mis movimientos –tal vez poco importaba- pero él giró hacia mi lado y casi como que observó lo que hacía. Antes de retirarme del lugar, él giró nuevamente su torso y dejó ver una muleta al costado mismo de su silueta; luego corrió su frazada y allí lo observé de cuerpo entero: le faltaba la pierna derecha.

No le dije nada ni él emitió palabra alguna, quizá, entrar en silencio formaba parte de su cotidiano idioma. Tampoco intuí algún reconocimiento de su parte hacia mi persona, me fui reteniendo en el recuerdo la imagen de esa pierna lacerada que ya no formaba parte de su todo; un mundo cercenado por un meteorito caído del hiperespacio que arrasó con una parte del planeta que nos vio nacer.

Por Pablo Diringuer

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