Al Pie de la Letra
Fecha de Publicación:
La Vida Desde el Asombro
Entrevistas a escritores del interior de la provincia de Buenos Aires
La Vida Desde el Asombro

Escribir es un oficio, una pasión y un camino que busca hallar al lector. El escritor es parte del engranaje cultural de un determinado lugar; conocer el mundo de la gente del interior es en muchos puntos bien disímil al mundo de las grandes urbes. El desafío es conocer más para comprender mejor.

Hoy nos acompaña Ángela Mariana Migliorini:
Nació en…Alberti, Buenos Aires el 14 de octubre de 1967 y su infancia en Chivilcoy.

¿Desde cuándo se inicia tu pasión por las letras y cómo fueron tus comienzos literarios?
La lectura me acompaño desde muy niña, mi padre solía regalarme libros de cuentos y libros para pintar. Recuerdo uno que leía con mucho interés “El huevo encantado” de Editorial Sigmar. Me llamaba la atención la historia de un pequeño en medio del bosque en una casita que era un huevo gigante decorado con muchos colores. Las fabulas ilustradas eran era otro de mis preferidos.

La escritura empezó en la adolescencia. Aun guardo esos cuadernos donde escribía poesías con rima y algunas cartas decoradas con figuritas adhesivas o pétalos de flores.

Más tarde empecé a escribir algunas historias más largas a partir de recuerdos de la infancia.

MI primer taller literario, con Marta Braier, fue en Buenos Aires donde estudie la carrera de Psicología, aunque la mayor parte de mi escritura fue y es autodidacta.

Dos grandes libros también han sido mis maestros: “El camino del Artista” y “El camino del escritor”, ambos de Julia Cameron con sus talleres.

En la actualidad comparto un taller con la profesora María Elena Nemi en Tandil donde resido desde 2015.

¿Cuál o cuáles libros has publicado?
He publicado recientemente mi primer libro de cuentos y poemas  “Ando contando” de Editorial Dunken.

¿Cómo es la vida de una escritora en el interior de la provincia? Ventajas y desventajas a la hora de ser leída y/o publicada
El interior ofrece un paisaje y un tiempo más relajado a la hora de dedicar tiempo a la escritura, aunque también, menos posibilidades de mostrar la obra. Yo alterno la escritura con mi trabajo como Psicóloga, pero siempre encuentro un momento para dedicarme con pasión e interés.

¿Qué es poesía para vos? ¿Cuál es tu humor como poeta y escritora en general?
La poesía es un lenguaje que brota desde lo emocional, son emociones traducidas a palabras, primero sintiendo para luego escribirlo. Considero de todas maneras que mi escritura en general es poética también en lo narrativo. Utilizo muchas imágenes y metáforas que van conformando la historia que quiero contar.

El humor, como una disposición del ánimo, varía de acuerdo a distintos factores, pero siempre encuentro un tema para contar algo. Puede ser algo personal  a modo de catarsis o descarga, es lo que se conoce como escritura terapéutica, aunque creo que toda la escritura lo es.

Haber adquirido el hábito de la escritura diaria es una herramienta interesante para trabajar el humor y desarrollarme como escritora.

No todo lo que escribo “sirve” en el sentido de ser publicado, pero si alimenta “el rio bajo el rio” del que habla Clarisa Pinkola Estes en su libro “Mujeres que corren con lobos” y que ha sido muy significativo en mi vida.

Mencionáme algunos de tus escritores admirados y el porqué de la elección
Leo a diferentes autores. Cortázar, Quiroga, Sábato, Sacheri. En la adolescencia leí varias obras de Mario Benedetti: “Pedro y el Capitán”, “Primavera con una esquina rota” y los poemas.

Como lectora trato de variar, pues la elección tiende a ir hacia un lado determinado y creo que es necesario salir de la zona de confort, tanto como lector o como escritor, para nutrirse de otros modos de contar.

Hace un tiempo que leo a mujeres que admiro: Marcela Serrano, Marossa Di Giorgio, Hebe Uhart, María Esther Vásquez, Silvina Ocampo y tantas otras. Últimamente he descubierto a una gran escritora, Alejandra Kamiya, que me resulta exquisita.

Me gusta el desafío de leer algún libro que no hubiera elegido yo por el género por ejemplo, y alguien me lo regala y me sorprende. Esto es “salir de la zona de confort” y de ese modo se aprende mucho también. Me refiero a un libro en particular que me regalaron últimamente: “Stardust” de Neil Gaiman que me sorprendió atrapándome en una historia fantástica, mágica y divertida.

¿Cuál es el centro del primero de tus libros?
El libro tiene 30 cuentos breves y 14 poemas. Los temas de los cuentos son muy variados: amor, traición, drama, locura y humor donde se descubren todas las emociones por las que estamos atravesados en nuestra vida de alguna u otra manera. Incluir poemas en el mismo libro es un modo de dar testimonio de mi “ADN literario” pues mi escritura es en si poética.

Además cuenta con una imagen de portada, obra de una artista plástica Mima Guida, que además de ser una talentosa artista, arquitecta, es una amiga de la infancia. Esa obra se titula “Que no perdamos la actitud” y esa frase resuena en mi como un estímulo hacia seguir los sueños que me inspiran.

¿Formás parte de alguna asociación de escritores?
No.

¿Cuál considerás que es el rol de las asociaciones de escritores?
No pertenezco a ninguna asociación pero creo que el rol debe apuntar a espacios donde compartir opiniones y ser leídos.

Los escritores como tantos otros son eslabones de la cultura nacional, provincial y local; qué actividades realizás con respecto a la difusión de tus obras y las de otros autores.

Es bastante reciente para mí el título de “escritora”, si bien lo soy desde hace mucho.

Creo que como el trabajo del escritor es bastante solitario, sería muy interesante compartir espacios de opinión, lectura, recomendación y talleres por ejemplo.

Mi libro fue presentado por Ana María Caliyuri, escritora tandilense muy comprometida en dar espacio a escritores noveles para que seamos escuchados en distintos espacios como por ejemplo, la radio.

¿Cuál es tu búsqueda como escritora, si es que la hay?
Creo que todo escritor quiere ser leído y dejar una huella con su obra. Busco seguir creciendo y desarrollándome en la escritura, pero como todo arte, es muy subjetivo y hay muchos escritores y escritoras muy buenos que no tienen la visibilidad y reconocimiento que merecen.

¿Qué opinás de los certámenes literarios? y mencioná algunos de los premios recibidos.
Los certámenes me parecen un estímulo para entrenarse especialmente aquellos que no tienen un tema libre, pues obligan a hacer un trabajo en algunos casos de investigación, antes de sentarse a escribir. Son un desafío interesante.

Entre 2020 y 2021 he participado de 4 de los 6 Mundiales de Escritura organizados por la escuela de Santiago Llach donde el premio ha sido encontrar gente de distintas partes del mundo unidos en un juego colaborativo y un desafío a cumplir, tanto que hemos pensado en publicar un libro ilustrado con la experiencia del mundial que esperamos poder concretarlo pronto.

Otro premio recibido fue la elección de un cuento por parte de Editorial Dunken para formar parte de una antología “Entredichos” en el año 2019.

¿En qué proyecto estás trabajando actualmente?
Actualmente tengo en borrador para revisar un poemario que me gustaría hacerlo ilustrado y una novela que empecé hace bastante.

Isabel
Salí del comedor  deslizándome como  un barco a la deriva sobre los patines de crochet. Isabel dormía hacía algunas horas.  Desde que el aceite de cannabis disipaba los dolores de sus huesos, solía relajarse demasiado o quedarse mirando por la ventana largas horas, como buscando un camino que no hallaba.

Dejé los patines al borde de la puerta y salí al patio. Prendí un cigarrillo como todas las noches antes de dormir. El humo suspendido a causa del ambiente húmedo y cálido formaba dibujos sobre un cielo que anunciaba lluvia. Solo los grillos me acompañaban… y el recuerdo de Isabel en su juventud.

Ella era discreta hasta en sus dolores. El cannabis había logrado aliviar los físicos, no así los de su alma. Un cigarrillo, una grapa cada tanto, interminables partidas de canasta con vecinas aburridas – hastiadas de matrimonios ácidos y nueras ingratas- no hacían más que recordarle su habitual soledad.

Su obsesión por el orden me irritaba tanto que solía decirle cosas hirientes y luego me arrepentía al ver la fragilidad que la atormentaba en su desdichada vida. En el primer y segundo cajón, distribuidos por color, estaban sus medias y bombachas; en el estante superior, las remeras de manga corta y en el de abajo, las de manga larga. Todas ordenadas por color perfectamente dobladas. Luego de usar los zapatos, los limpiaba con un paño seco antes de guardarlos, y cada rincón del placar olía a naftalina, aunque no guardara lana.

Desde muy joven, se dedicó a cuidar de nuestros padres. Sumisamente dejaba entrever  que era el precio por no haberse animado a aquel amor que  guarda en su memoria y en su alma, aunque lo niegue. Temerosa y obsesiva: salir a la calle se convertía en un reto que fue espaciando hasta desaparecer. Su  miedo a los gérmenes era tan absurdo como el temor a las máquinas secamanos de los baños públicos que podían succionarla,  disolviéndola por el hueco hacia la nada, decía. 

 Acumuló  tantos miedos como años desperdiciados. Claro que esos miedos la hacían precavida y esas precauciones la alejaban del mundo real. Ese donde la gente habita. Cada vez que salía a la calle llevaba un frasquito con alcohol y con un paño repasaba los pasamanos del subte, la mesa de un bar, la silla de una sala de espera…

Ahora sus huesos le pasaban factura y el encierro la fue dejando a merced de sus recuerdos.

Casi no conversábamos. Ya no había grapa, ni partidas de canasta, ni cigarros. Tampoco vecinas. Solo había recuerdos mudos que la horadaban hasta dejarla exhausta.

Esa noche me quedé en el patio más de la cuenta: algo en mi cabeza daba vueltas. Apagué el cigarrillo  y me fui al garaje. No era un lugar que yo frecuentara demasiado, casi no se limpiaba, ya que solo había cajas con cosas que Isabel fue guardando y rotulando, como siempre con su obsesión. En una  había hilos de costura; en otra, lana y restos de tela del tiempo en que  cosía su propia ropa. Tenían tierra, olor a polvo. Entre  papeles amarillos y húmedos hallé un sobre cuyo rótulo decía: “miedos”.

¿Cómo podrían guardarse en un sobre los miedos de Isabel? Sacudí la tierra y lo abrí: ordenadas por fecha todas las radiografías de su cuerpo en distintas etapas de la vida: fémur 1968, cadera izquierda 1972, peroné 1972. (Recordé sus caídas frecuentes desde pequeña.)

Senos paranasales 1980. Me detuve a observar.  El interior de su cabeza y rostro me increparon como pidiendo ayuda. Sus ojos huecos, las fosas nasales chatas y las coronas y pernos de sus dientes me inquietaron imaginando sus dolores y padecimientos. Cerré el sobre.

Volví a la cocina por un vaso de agua, tenía la boca seca a causa del polvo. Fui a su cuarto, ahora Isabel roncaba. Pensé en sus miedos, sus obsesiones y padecimientos. Con una mano tape su nariz y su boca fuertemente, y con la otra… su cuerpo.

Después de todo, soy la hermana mayor.

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