Personajes en el Tango
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Compadre
De la Saga Compadre – Compadrito - Compadrón – Libro Personajes en el Tango – Roberto Bongiorno – 2010
Compadre

A fines del siglo XIX el avance de la ciudad sobre el campo, en todos los órdenes, es incontenible.

Del antiguo gaucho errante queda poco más que el recuerdo. Ya sea porque algunas zonas rurales se fueron urbanizando o porque muchos gauchos estuvieron obligados a instalarse en las periferias de las ciudades para sobrevivir, cuando la gran inmigración comenzó a saturar los puestos de trabajo.

La transición de gaucho en hombre urbano se opera mediante un personaje que resume en su persona y costumbres, elementos del campo y la ciudad.

Ese hombre allá por 1890, ya había resignado algunos rasgos distintivos del gaucho como el chiripá, el sombrero “panza de burro”, la bota de potro y las espuelas.

Pero conserva el cuchillo, el aire taciturno, el culto al coraje, el amor por lo gauchesco que se manifiesta a través del cuidado del caballo y en no pocos casos con la guitarra y el canto. Solía vestir de oscuro, con chalina blanca o baya, pañuelo blanco al cuello (el lengue) y un sombrero gris o negro, cuyo ancho del ala variaba según la época, pero que, en general, se usaba requintado sobre una ceja.

“Alto lo veo
y cabal
con el alma
comedida.

Capaz de no alzar
La voz
Y de jugarse la vida.”

Así describe Jorge Luis Borges a don Jacinto Chiclana, un compadre que habría pisado fuerte en el barrio de Palermo cuando moría el siglo XIX.

Los trabajos del compadre solían ser oficios criollos: carrero, cuarteador y otros vinculados con la cultura ecuestre. También la política solía ser una fuente de recursos, ya que eran habituales los vínculos entre el compadre y el caudillo de la circunscripción.

En esos casos, oficiaba de guardaespaldas y también de “puntero” barrial, ya que se encargaba de recolectar la documentación de los votantes en época de fraude y llevar simpatizantes a los actos partidarios.

Su figura era temida pero también respetada, ya que a la destreza con el cuchillo le sumaba una conducta patriarcal con los vecinos y con los más débiles; esta actitud no le impedía explotar mujeres, beneficiarse con el juego clandestino si se le daba, o golpear a la compañera, ya que en su escala de valores la mujer debía estar subordinada al hombre, salvo la madre que desde siempre fue santificada.

Prueba de ese respeto que se le profesaba en el barrio, es que al personaje se lo defina con la palabra compadre. Sabemos que en la tradición hispanocriolla, el compadre es considerado el segundo padre de los propios hijos. También en esa identificación fue determinante el habitual uso campero del vocablo ya que no podemos negar el peso del significado: ser compadre de alguien, implica confianza, responsabilidad y autoridad.

Tales atributos, en un medio de pobreza y violencia como era el suburbio porteño a fines de siglo, no era poco. Porque el compadre era el “Señor del Arrabal”, como lo enaltece el tango Eufemio Pizarro, de Homero Manzi y Cátulo Castillo.

Es que en su postura y conducta, se percibía la arrogancia del hidalgo pobre, del gaucho altivo y muchas veces castigado.

La orilla fue su mundo: allí fue patrón, a veces amado pero siempre temido. Si debía o ya había pagado alguna muerte, su fama se acrecentaba. Tuvo sus imitadores, como el compadrón y el compadrito, pero su valía de señor era indiscutida.

Su desaparición no fue heroica ni romántica: lo mató el progreso, con su arsenal de leyes, urbanización e indiferencia.

Eufemio Pizarro

Morocho como el barro era Pizarro,
señor del arrabal,
entraba en los disturbios del suburbio
con su frío puñal.

Su brazo era ligero al entrevero
y oscura era su voz.
Derecho como amigo o enemigo
No supo de traición.
Cargado de romances y de lances
la gente lo admiró.
Quedó pintado su nombre varón
con luz de luna y farol,
y palpitando en mañanas lejanas
su corazón.

Decir Eufemio Pizarro
es dibujar, sin querer,
con el tizón de un cigarro
la extraña gloria con barro de ayer
de aquel señor de almacén.

Con un vaivén de carro iba Pizarro,
perfil de corralón,
cruzando con su paso los ocasos
del barrio pobretón.

La muerte entró derecho por su pecho,
buscando el corazón.

Pensó que era más fuerte que la muerte
y entonces se perdió.
Con su sombra que se
entona en la bordona
lo nombra mi canción.

Tango – (1946)
Letra: Homero Manzi
Música: Cátulo Castillo

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