Lunfardo
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Medicina y Lunfardo
Un Territorio Cotidiano Abordado por Luis Alposta
Medicina y Lunfardo

Junto a la terminología precisa y objetiva que utiliza la medicina convive un lenguaje de términos cargados de afectividad, que poco tiene que ver con el rigor científico pero mucho con el humor y aun con las inseguridades u los temores cotidianos de médicos y pacientes.

El doctor Luis Alposta, quien combina su especialidad de geriatra con su carácter de miembro de número de la Academia Porteña del Lunfardo, profundiza en el tema en esta nota.

El hecho de que un médico, esté donde esté, termine invariablemente hablando  de medicina es casi proverbial.- Como no soy la excepción- ni tampoco un lingüista-, no sería nada raro que, sin elaborar un plan previo, comience a hablar sobre lunfardo y termine haciéndolo sobre la Babel del metabolismo intermedio (léase ciclo tricarboxilico).- Consciente del riesgo, entonces a la simbiosis y asuma el tema: lunfardo y medicina.

Dicha asociación tal vez no sea del todo caprichosa y provenga de aquellos tiempos en que el centauro Quirón Herrado o no, le enseñaba a suturar a Esculapio en una mitológica clínica, que bien pudo haber estado ubicada en los arrabales del Olimpo.- Tiempo después, en esos mismos lares y a la sombra de un plátano, a Hipócrates se le ocurriría comparar a la Medicina con un drama en el que intervienen tres personajes: el médico, la enfermedad y el paciente.- A veinticinco siglos de distancia, recojo aquella ocurrencia para ir por partes (como se aconseja en las autopsias), y comienzo con el primero de esos personajes.

El Lunfardo y el Medico
Es sabido que el vocabulario médico, milenario al fin, asciende a miles de palabras.- Considero que esa abundancia de termino técnicos es índice de vitalidad , dado que toda ciencia que avanza por fuerza ha de ampliar y remozar también el léxico en el cual se expresa.- Este hecho nos explicaría , en parte, porque el médico y, lo que es más curioso todavía, el practicante, no sienten la necesidad de dar lengua en el medio hospitalario a una jerga que bien podría ser llamada de entrecasa.- De ahí que los neologismos médicos que responden a un mecanismo estrictamente lunfardo lleguen escasamente a la docena, siendo, además, de un uso bastante infrecuente.

Se trata, por lo general, de palabras “poco felices” e hibridas, dado que en muchas de ellas el medico continua siendo fiel a su vocabulario técnico.- Veamos algunas.- Azoleítis: paciente neurótico, cuya consulta no es precisamente por su neurosis (aquí recurre al sufijo -itis proceso inflamatorio).- Tolocastosis: alguna vez lo escuche en una sala de neurología.- Se refería al alcoholismo crónico (ahora el sufijo es -osis proceso degenerativo).- Se me ocurre que la elección de talacasto, marca de un vino, es por asociación inconsciente con la talasemia, por más que se trate de una enfermedad de otro orden.- Síndrome de Unca: paciente hipocondriaco.- Lo de unca…, para significar que, “no decir nada”.- Caño: paciente geriátrico desahuciado, en estado vegetativo.- Perro: practicante de menor antigüedad en la guardia.- Pichula: medico de menor antigüedad en la sala .- (En una palabra, tanto “perro” como “pichila” aluden a quien están “pagando un  derecho de piso”).- Peletero: especialista en enfermedades de la piel; dermatólogo.

Gasista: médico anestesista.- Vidriero: entre los oftalmólogos, el que se dedica exclusivamente a recetar anteojos.- Consultin: hay profesionales que, por razones económicas o de otra índole, se ven obligados a pernoctar  en sus consultorios.- Es así como nace esta eufónica simbiosis de consultorio y “bulín”.- Valija: Visitador médico.

De todas estas expresiones de tinte evidentemente popular, la más gráfica, y también la que traduce un mayor dramatismo, es la que escuché ya hace algunos años en aquella inolvidable guardia de los jueves: después de asistir a un paciente que se encontraba en estado de coma desde había cuatro días, uno de los practicantes, lacónica y metafóricamente, nos daba el pronóstico diciendo: “Ya está pidiendo pista”.- El enfermo falleció media hora después.

El Lunfardo y las Enfermedades
Aquí no habré de referirme a ”jerarquizadas” afecciones como el “mal de ojo”, el “empacho”, la “culebrilla”, etcétera, cuyos significados pueden encontrarse en el Diccionario de la Real Academia .- Tampoco me detendré en entidades nosológicas tales como las “ursulas”, la “tiricia” o la “clorosis”, por pertenecer éstas al campo de los barbarismos.

Pero ya estoy tentado y habré de demorarme en unos pocos renglones para recordar tan solo el caso de aquel paciente que pedía que le comasen la “presión sanguínea”: o el de aquel otro que estaba dispuesto a “pagar lo que fuese por  un suero entero”, después de haber escuchado que el médico le pedía a la enfermera un suelo dextrosado.- Y uno más,  que me contaron en Jujuy: un joven pediatra, después de informarle a un padre que su hijo se encontraba descalcificado, recibió la siguiente respuesta: “ ¡No puede ser doctor! ¡Si hace una semana que el chango  le he comprado zapatitos!”.

Retomemos ahora el hilo y hablemos de la patología en strictus lunfardo.- No deja de llamar la atención que enfermedades tan frecuentes como la ulcera gástrica, el asma bronquial, el infarto de miocardio y la hipertensión arterial no hayan sido “traducidas” al lunfardo.- De las dos mil afecciones humanas registradas hoy día en los tratados, solamente tres, si mal no recuerdo, lo han sido.- Y son, precisamente, las que con solo ser nombradas despiertan una mayor sensación de angustia y contagio.-  Me estoy refiriendo a la tuberculosis, la sífilis y el cáncer.

La tuberculosis, más exactamente la localización pulmonar de esta enfermedad,  se convierte en “tener los fuelles picados”.- También se dice: “tiene los discos picados”.

La sífilis.- Fue Gerónimo Fracastoro, médico, poeta, físico y astrónomo italiano, quien en 1524 escribió una novela en la que personaje, un pastorcillo llamados Dyfilus, contraía una enfermedad sin pensar que con el tiempo se la llegaría a identificar con su nombre.- Cuatrocientos años después, los porteños la llamarían “millonaria”, “la chinche”, “la payasa”, “la interminable”.- Claro que lo de interminable tenia vigencia antes del descubrimiento de la penicilina, cuando la sífilis significaba “estar una noche con Venus y veinte años con Mercurio”.

El cáncer.- Se trata de una palabra  milenaria que ya usaban los médicos hipocráticos para designar los tumores malignos de la glándula mamaria, que  en su propagación remedan al cangrejo (es decir, el cáncer, que es el nombre latino de este crustáceo).- Todo el mundo, cultura aparte, parecería creer que la sola palabra llevase implícito el contagio.- De ahí que la evite diciendo: “tiene la enfermedad mala”, “el mal incurable”, “tiene lo malo”, “lo peor”, “tiene eso”.- Ni el periodismo se salva.- Siempre leemos que “fulano falleció después de padecer una larga y cruel dolencia”.- Todas estas expresiones conservan un cierto potencial de angustia que no deja de ir en aumento cuando el porteño la llama “la maldita” o “la que no perdona”.

Pero por lo general, se suele recurrir a un término aparentemente ponderativo porque no es lo mismo “tener la papa” a secas que salir con una “piba papa” o tener “una papa el sábado en la quinta”.

A esa altura de lo escrito, cabe recordar que fue alguien de mi barrio quien alguna vez se descolgó con la siguiente variante: “¡Tiene la de Balcarce!”

Terminando con este tema, rememoro ahora aquella mañana en que le jefe, en la seguridad de que los pacientes no le entendían, nos hablaba de neoplasias y metástasis frente a la cama 20.- Al retirarse de la sala, cerca del mediodía, el paciente que ocupaba la cama 17, con voz casi cuchicheada, me sorprendió con lo siguiente: “¡Doctor! ¡Así que el de la 20 abrió una sucursal en el pulmón!”.

He hablado de tres enfermedades angustiantes, y en ese momento quisiera recordarles a un cuarto personaje, que merece el más profundo respeto y de quien no podemos negar quien en materia de angustias y de nombres, termina siempre “metiéndole la tapa” a todos: La Muerte.- Es así como se dice: “espichar”, “pinchar”, “sonar”, “finir”, “palmar”, “crepar” o “irse por la rejilla“.- Lo que  puede ocurrir en forma de repentina o después de estar “jugado”, “rifado” o “regalado” durante algún tiempo.- Noches pasadas, un amigo mío, hablando de alguien que se encontraba en ese trance, hacia la siguiente reflexión: “Dos afeitadas más y lo perdemos”.

El Lunfardo y los Pacientes
Con respecto a los lunfardismos utilizados por los pacientes, la cosa cambia de aspecto.- Son más abundantes, más frecuentes y , esencialmente, mucho más espontáneos.

Dado que la medicina es la más oral de las profesiones, los médicos no debemos desechar el conocimiento en estas voces, sobre  todo lo que aun creemos en la magia de las palabras, porque muchas veces nos son útiles para podernos integrar dentro del contexto de la relación médico-paciente.- De no ser así, más de una vez podríamos vernos en situación similar a la de aquel joven médico que, cuando el paciente le dijo haber concurrido por tener enfermos a “los compañeros”, se limitó a contestar: “Bueno.- Entonces hágalos pasar”.

A propósito, el apóstol San Pablo, en la Epístola a los Corintios, nos dice “…pero si yo ignoro el valor de las palabras, seré como extranjero para el que habla, y el que habla será como extranjero para mí”.

Volviendo a las expresiones que nos ocupan, muchas veces, dentro de una aparente sinonimia , nos encontramos con ciertos matices diferenciales que el médico debe saber interpretar.- Por ejemplo, no es lo mismo el paciente que dice estar “palmado”, generalmente refiriéndose al o que se conoce por astenia, que aquel otro que se siente “chacado” o “achacado”, queriendo significar con ello  que se siente realmente enfermo.- Y no hablemos del que es “fundido”, porque en este caso el dialogo sería con los familiares.

¡Los familiares! Esos qué muchas  veces, al enterarse de que nuestra especialidad es la geriatría, terminan orientando la consulta había sus propios achaques en estos términos: “¡Así que usted se dedica a los “jovatos”! Y dígame, doctor, ¿Cuándo comienza uno a envejecer?”.

En cierta ocasión en que la misma pregunta surgió en rueda de café, requerida mi opinión, traté de dar una definición indirecta de la vejez, recurriendo a una frase que se me acababa de ocurrir: “Tal vez el mayor encanto de la juventud resida en el hecho de no tener  tachada la generala”.

La insania, que por más acentuada que sea jamás debe pronunciarse “insana”, es sinónimo de locura o demencia, y el genio popular, siempre cuerdo, no le ha negado su propia clasificación.- Es por eso que distingue a estos enfermos en “piantados” (el que en mayor o menor medida todos llevamos adentro), “rayados”, “revirados”, “sonados”, “colifas”, “colifatos” y “tocados”, abarcando así un panorama psiquiátrico que va desde los “locos lindos” a los “locos de atar”.

Ahora bien.- Cambiando de especialidad y pasando al terreno de las enfermedades venéreas, no puedo dejar de citar aquella anécdota que me fue referida por un colega cordobés:

-¿Y a vos, chango, que te anda pasando?
-Nada, doctor.- Pateé descalzo y se me encarno la uña.
Se trataba de una blenorragia.

Tampoco puedo dejar de recordar esta otra se la que fui protagonista:
Después de haber “salido” de un edema agudo de pulmón, y al parecer muy compenetrado de su gravedad, el paciente me sorprendía días más tarde con estas palabras : “ ¡Doctor! ¡Esta vez sí qué de pedo la saque al córner!”.- Confieso que aquella frase no me causo mucha gracia, pues pensé que el único que la había al córner era yo, sobre todo después de haber permanecido tantas horas junto a su cabecera.- Al tiempo, comprendí que no habíamos sido ninguno de los dos.- La que pateó era la muerte, y el tiro fue pegar en el travesaño.

Ya cerca del punto final, me vuelvo a demorar en una coma, recordando que esta es una pausa en la oración, a diferencia  del coma, que también es una pausa, pero seguida de una oración.

Y ahora si.- De esta exposición que, de más está decir, nada ha tenido de científica, solo espero que haya cumplido con ese requisito que alguien alguna vez aconsejó al respecto: que “como una falda femenina, haya sido lo suficientemente corta como para haberlos entretenido y lo suficientemente larga como para haber cubierto el tema”.-
Medico Moderno- Abril 1982 – Por el Dr. Luis Alposta- “Medicina y Lunfardo: Un Territorio Cotidiano”.

Luis Alposta

Médico, poeta y escritor argentino.
Entre sus veintisiete libros publicados figuran: “Antología del Soneto Lunfardo” (1978); “Con un Cacho de Nada”, poemas.(1986); “Entelequias”, poemas (1994); “Otro él”, poemas (2000); “En esta hora”, poemas (2016); “El Lunfardo y el Tango en la Medicina”, ensayo. Con prólogo del Dr. Luis F. Leloir (1986); “La Culpa en Martín Fierro”, ensayo (1998); “Mosaicos Porteños”, micro-ensayos (2005 -2017)…

Curriculum Vitae
Egresa de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires en 1963. Durante sus primeros años de médico se especializa en Obstetricia y Ginecología. Posteriormente, es becado por la Universidad de San Pablo – Brasil – y, en 1974, por el Instituto de Geriatría de Bucarest -Rumania -, donde realiza cursos de perfeccionamiento en Clínica Geriátrica, especialidad a la que se habrá de dedicar en forma exclusiva durante veinte años.Entre 1988 y 1989, y sin abandonar la Geriatría, realiza estudios de Homeopatía en la Escuela Médica Homeopática Argentina Tomás Pablo Paschero.

Fundador y presidente de la Junta de Estudios Históricos de Villa Urquiza

Miembro de Número de la Academia Porteña del Lunfardo y Académico Titular de la Academia Nacional del Tango. Sus poemas (algunos traducidos al francés, inglés, italiano, persa y japonés) figuran en numerosas antologías, habiendo sido, muchos de ellos, musicalizados y grabados por Edmundo Rivero, Rosita Quiroga, Osvaldo Pugliese, Juan Carlos “tata” Cedrón y Daniel Melingo, entre otros.
mosaicosportenos.blogspot.com

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