Miren al Pajarito
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La Perla del Once
Que la Pizza no Te Tape el Bosque
La Perla del Once

Que la Pizza No Te Tape el Bosque

La esquina de Rivadavia y Jujuy, pleno Once, barrio de Balvanera se encuentra La Americana, una gran cadena de pizzería, pero en el 2017 era el lugar de la Confitería La Perla.

Un viernes 14 de enero, caluroso en Buenos Aires, marcó una desgracia para varias generaciones de argentinos. Ese día, la emblemática Confitería “La Perla del Once” cerró sus puertas definitivamente.

Primeras Letras del Rock Nacional

El templo del Rock nativo quedó atrás, dejando historias del movimiento cultural más significativo a nivel local que hasta la actualidad se recuerda.

En la puerta del café una placa señala: «Lugar frecuentado por jóvenes músicos en la década del 60 que gestaron las primeras composiciones del rock nacional».

Aquellos jóvenes eran: Nitto Nebbia, Moris, Pajarito Zaguri, Pipo Lernoud, Tanguito  y Javier Martínez, entre otros próceres de la música nacional Pipo Lernoud, creador del tema “Ayer nomás” junto a Moris y “La Princesa Dora” con Tanguito, además de haber sido el director y fundador de la revista El Expreso Imaginario, recordó alguna vez esas noches en La Perla: «En ese lugar se armaba una cosa muy caliente. Todo el mundo traía su cuadernito, su libretita, sus papelitos donde tenía anotado algo. Una canción o una frase que había leído. No era que nos sentábamos y nos quedábamos callados. Era todo el tiempo divague, conversar y mostrar lo que teníamos escrito».

También hay otra placa, colocada por la Legislatura porteña, que reza «Aquí se creó el tema que por su trascendencia popular inició lo que luego se llamó el rock nacional: La Balsa, de Litto Nebbia y Ramses VII (Tanguito), editado en 1967».

De aquella Confitería, hoy pizzería, sólo se conservan plancha con la letra de La Balsa y la foto de Tanguito, que según uno de los dueños se quedará ahí «por respeto» y una mención  que recuerda que el bar La Perla fue declarado de interés cultural.

La Balsa Litto, Tanguito y Mucha Madera

Sobre el tema La Balsa, se tejieron miles de historias, ríos de tinta se usaron para crear dudas y conspiraciones, y así la dicotomía que demoró décadas en diluirse: Litto  versus Tanguito. El rosarino le había robado la canción al malogrado cantautor del conurbano, el primer mártir del rock.

Nebbia diría años más tarde: «En La Perla tenías que hablar muy bajito porque si no distraías a los estudiantes que estaban ahí y lógicamente no fueras a sacar una guitarra o algo porque te echaban. Así que el día que pasó lo de La Balsa, Tango hizo una cosa que algunas veces hacíamos. Si uno quería mostrar alguna cosita que había terminado, iba al baño».

«Me dijo: ‘Se me ocurrió el comienzo de una canción y no sé cómo seguirla’. Nos fuimos al baño e hizo sobre mi mayor el comienzo diciendo: ‘Estoy muy solo y triste acá en este mundo de mierda’. Me pasó la guitarra e hice lo que sigue, toda la canción como es», reveló. Litto la escuchó, completó la letra, hizo una música basándose en los acordes de “Garota de Ipanema”, una Bossa Nova de Vinicius de Moraes, e inscribió la canción con el nombre de los dos. El tema fue compuesto íntegramente en la madrugada del 2 de mayo de 1967 en el baño de caballeros de la confitería La Perla del Once.

Y el 3 de julio de 1967 no fue un día más para la historia de la música argentina porque en esa jornada Los Gatos publicarían el simple de La balsa, la canción fundacional del movimiento que posteriormente se conocería bajo el nombre de «rock nacional».

La salida al mercado del tema compuesto por Litto Nebbia y Tanguito marcó una verdadera revolución. Ese día, la compañía RCA sacó un simple con La balsa y Ayer nomás.

La historia también diría que Nebbia debió soportar mucha hostilidad durante varios años por  esta leyenda urbana, que solo luego de varias décadas pudo volver a cantarla en público.

Nadie en ese momento pudo imaginar que en las mesas, los baños, las paredes de La Perla se estaba gestando  el primer movimiento de rock no anglo sajón de la región. Mezclando esa música con nuestras realidades, adaptándola a nuestro idioma y vivencias.

De aquella joven camada de músicos rescataremos a Rodolfo García, baterista y fundador de Almendra junto a Luis Alberto Spinetta, Edelmiro Molinari y Emilio del Guercio, y luego Aquelarre, quien se hizo cargo de la programación artística de La Perla en 2010 y reavivó el espíritu de los años 60 con shows que convocaron a músicos reconocidos del rock, como Javier Martínez, Alejandro Medina, Ricardo Soulé y Miguel Cantilo.

Los artistas se fueron renovando pero mantuvieron ese fuego sagrado de los tiempos de la fundación del rock nacional hasta el final.

Lo que hasta ahora no queda claro es el por qué la Confitería La Perla se transformó en un templo del rock nativo y no fue Los Angelitos, Los 36 Billares o La Paz. Simple, La Perla era el único bar abierto las 24 horas y porque los dejaban permanecer con un café con leche cada cuatro personas. Javier Martínez, baterista de Manal, contó que solían ir allí a desayunar luego de las noches de música que vivían en el teatro La Cueva, ubicado en Avenida Pueyrredón y Juncal, en Recoleta a no más de veinte cuadras. Para algunos, La Perla,  como templo musical, es una creación de Martínez.

Los Años 20. Lo Mismo Pero Distinto

Además de esa generación dorada del Rock, hubo otra, unos años atrás, no se sabe si por los mismos motivos. Por la década del 20, varios intelectuales y escritores se reunían para escuchar las charlas que daba Macedonio Fernández, Jorge Luis Borges, con algo más de veinte años, era un asiduo asistente, fascinado por los fervorosos debates sobre filosofía y metafísica que se generaban en sus mesas. Otros náufragos de aquella época se juntaban en esas mesas: Julio César y Santiago Dabove, Xul Solar, Marcelo del Mazo, Leopoldo Marechal, Raúl Scalabrini Ortiz.

El sitio elegido tenía un doble motivo. Macedonio había vendido la casa familiar de Bahía Blanca y Yerbal para dedicarse a peregrinar por pensiones en las que olvidaba escritos como quien va dejando señales, postas: en aquellos años ’20 ocupaba una pieza en Rivadavia 2748. Por otra parte, a la tertulia de La Perla concurría un grupo de poetas clave para el espíritu de la peña: el llamado Círculo de Morón que integraban los hermanos Dabove, Carlos Ruiz Díaz y Enrique Fernández Latour. Por una cuestión de edad, pero también de magnetismo, el centro de las tertulias era Macedonio.  Por esos días, en esas mesas, siempre los sábados, se pergeñó una novela colectiva titulada El hombre que será presidente que planteaba un plan de acción… para tomar el poder. Una auténtica delicia del absurdo criollo. Lo cuenta Alvaro Abós en Macedonio Fernández, la biografía imposible: “El argumento contaba un plan de acción para difundir entre la población un malestar general que provocara el ansia por la llegada de un Salvador: éste no sería otro que el propio Macedonio. La ciudad debía ser inundada con artefactos destinados a hacer la vida indeseable e incómoda. Esos objetos ilógicos eran, por ejemplo, unos azucareros automáticos que impedían endulzar el café; una lapicera con una pluma en cada punta que amenazaba con pinchar el ojo a quien la usara; una escalera en la que cada peldaño tendría diversa altura; el peine-navaja, que cortaba los dedos y el cuero cabelludo (…). El denominador común era aumentar la neurastenia ciudadana: subvenciones a gordos para que molestaran a la población reclamando boletos de tranvía gratuitos a partir de los noventa kilos, lo que hacía indispensable pesar a cada viajero; corbatas desarregladas, sombreros calzados al revés; pucheros humeantes paseados en los bares para evocar climas hogareños y arruinar las veladas de los bebedores”.

Todas estas situaciones redundarían en una histeria total. La pesadilla acabaría con la llegada del presidente Quita-dolor, Macedonio Fernández, “el restaurador de agrados y placeres”.

Borges afirmó: «La certidumbre de que el sábado, en una confitería del Once, oiríamos a Macedonio explicar qué ausencia o qué ilusión es el yo, bastaba para justificar la semana», recordó Borges a la muerte de Fernández. Y el propio autor del Museo de la Novela de la Eterna escribió: «en La Perla… cada artista joven era un pensar de arte».

Un poco más acá Julio Cortázar, luego de salir del colegio Mariano Acosta se codeaba en algunas de esas mesas a pensar algunos de sus cuentos…

El tiempo es veloz, pero que la velocidad no nos impida ver y rescatar el pasado, fueron gente comunes, otros artistas, que unidos marcaron una historia sin saberlo o quererlo, pero lo hicieron, y quedarán con nosotros para siempre.

Que la Pizza no te tape el bosque.

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