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La Pulpería
La Edad de Oro de las Pulperías en Nuestro País, fue sin Duda el Siglo XIX
La Pulpería

La edad de oro de las pulperías en nuestro país, fue sin duda el siglo XIX. Pero aunque su nacimiento se pierde en los orígenes, hay pruebas de su existencia y su importancia desde mediados del siglo XVII. La Europa medieval y particularmente  España, dan testimonios de la presencia de posadas, mesones y ventas que cumplieron una función esencial en las comunicaciones y en la integración de amplias zonas, ya que en las áreas rurales, en las encrucijadas de caminos y en regiones donde la civilización era débil, sólo esos enclaves daban abrigo, alimento y protección a los viajeros. Si bien en lo que hoy es la Argentina ese rol lo cumplieron las postas, donde los pasajeros además de pernoctar y alimentarse, podían enviar correspondencia y cambiar caballos, las pulperías eran el ámbito de integración de los habitantes de los alrededores.

“Salen pues, los varones sin saber fijamente a donde. Una vuelta a los ganados, una visita a una cría o a la querencia de un caballo predilecto, invierte una pequeña parte del día; el resto lo absorbe  una reunión en una venta o una pulpería. Allí concurren cierto número de parroquianos de los alrededores; allí se dan y adquieren las noticias sobre los animales extraviados; trázanse en el suelo las marcas del ganado; sábese donde caza el tigre, donde se le han visto  los rastros al león, allí se arman las carreras, se reconocen los mejores caballos; allí en fin, está el cantor; allí se fraterniza por el  circular de la copa y las prodigalidades de los que poseen.”

Dice Domingo Faustino Sarmiento en su célebre Facundo.

Prueba de la proliferación temprana de estos establecimientos, la ofrece una normativa virreinal que a mediados del siglo XVII  prohíbe la venta de vino a negros e indios y otra cláusula de1680 inhibe a los pulperos de elaborar productos panificados o velas por no ser tareas propias de ese rubro. Pocos años más tarde las restricciones alcanzan a las diversiones en las pulperías, ya que el Cabildo multaba  con diez centavos a aquellos comerciantes que permitieran la formación de corrillos en las puertas de los locales. También  donde se practique juegos de naipes y guitarreadas. Obviamente, esa sanción  sólo podría hacerse efectiva en zonas urbanas, ya que en la campaña, éstas actividades eran parte esencial de la existencia de la pulpería.

   Su nombre es de origen incierto, pero uno de los más aceptados lo asocia al pulque, una bebida alcohólica de amplio consumo en México.

Comenzado el siglo XIX, el Virreinato del Río de la Plata y luego las Provincias Unidas florecieron en pulperías  de todo tipo y calidades. Uno de las visiones más negativas, la aporta en 1819 el pintor francés  que en sus trabajos perpetuó buena parte de los paisajes y costumbres argentinas; Emeric Essex Vidal. En 1819 el artista sostenía que “Las pulperías son unas chozas de lo más miserables y sucias” pero otros testimonios valoran el rol del pulpero como un elemento de auxilio social ya que era habitual empeñar cualquier objeto de algún valor en la pulpería y rescatarlo cuando mejoraba la fortuna.

Básicamente, el lugar era lo que con el tiempo se llamó almacén de ramos generales, ya que en él era posible adquirir alimentos, accesorios para caballería, herramientas, indumentaria y hasta libros; ya que es conocida la anécdota que refiere a una orden de compra hecha por un pulpero a su proveedor, en la que se solicitaba junto a yerba, velas y otros artículos de primera necesidad, varios ejemplares del Martín Fierro, la máxima obra de la literatura argentina. Tampoco es casual que en ese poema la pulpería aparece como un ámbito destacado en varias oportunidades. Una de ellas, es en la que el personaje describe al pulpero como un individuo rapaz, ya que la pulpería que funcionaba en el fortín donde Fierro cumplía el servicio militar, aquel tenía “para tragar un buche de ñandú”, según palabras del gaucho-soldado. También en una pulpería Martín Fierro mata a un paisano que lo provoca, cargando con una segunda muerte. Y nuevamente una pulpería vuelve a cruzarse en la vida de Martín Fierro cuando el día que logra encontrarse con sus hijos y el hijo de su amigo el Sargento Cruz, también está presente el hermano del moreno asesinado por Fierro una década atrás; el duelo a cuchillo que se perfila entre ambos gauchos, finalmente se salda con una payada cuyos versos tiene en cuenta el carácter  realista y testimonial que José Hernández imprime a su poema, la elección de la pulpería como escenario no hace más que confirmar la importancia de la misma en la vida social del gaucho.

Pero la pulpería no era privativa del campo,  ya que los mismos comercios existían en Buenos Aires y en las principales ciudades. Con el perfil propio que la ciudad impone al comercio urbano, la pulpería porteña es el antecedente inmediato del almacén de barrio, pero también del lugar de encuentro que anticipándose al café bar del siglo XX, permite  a una concurrencia rigurosamente masculina, disfrutar el talento de payadores, jugadores de naipes y ser también el sitio en que se amasan las leyendas de los cuchilleros y payadores más célebres.

   Esos edificios que en la ciudad se denominan “esquinas”, por estar generalmente ubicados en las ochavas de las manzanas, contaban a fines del siglo XIX, con un sector que proveía al barrio de artículos de uso diario y otro denominado “despacho de bebidas” en el que se mantenía el espíritu pulpero en todo su vigor; ya que allí los hombres transitaban su vida en torno a una copa, un mazo de naipes o inmersos en el respetuoso silencio que imponía el rasgueo de una guitarra y los versos sencillos que componían ignotos poetas. Tampoco eran ajenos a la pulpería barrial, los hechos de sangre que a su vez alimentaban nuevas leyendas. Pero mucho antes que florecieran esos “almacenes rosados como revés de naipe” según el verso feliz de Jorge Luis Borges en Fundación Mítica de Buenos Aires, nuestra ciudad tenía pulperías que eran verdaderos mojones porteños y que muchos casos fundaron la identidad del barrio respectivo. Tal el caso de La Banderita; éste local instalado en el cruce de las actuales calles Suárez y Montes de Oca  en el corazón de Barracas, era la parada obligada de los viajeros que provenían de Quilmes o el Pago de la Magdalena. En sus años florecientes, La Banderita tuvo cancha de carreras cuadreras, playa de estacionamiento de carretas y una intensa actividad que no excluía a los payadores. A pocas cuadras de allí, se alzaba la capilla de Santa Lucia (luego parroquia). Según la tradición oral, en sus cercanías había una pulpería regenteada por una morena que había sido esclava y una joven rubia de singular belleza. La niña blanca era hija de un unitario exiliado en tiempos de Rosas. El boliche, atendido por ambas mujeres era lugar de peregrinación de troperos y soldados que pronto difundieron la leyenda de “La pulpería de Santa Lucia” que un siglo más tarde, Héctor Pedro Blomberg inmortalizaría en la célebre canción del mismo nombre. Y así sucedió con la pulpería del Caballito que dio el nombre  al barrio mencionado o La Blanqueada de Roca y Saénz que aliviaba la sed de los reseros que cruzando el Paso de Burgos (Puente Alsina) marchaban a los corrales viejos del actual Parque de los Patricios.

Pulperías en el Tercer Milenio Refugios Vivos de la Historia – Gaucha Diario de Cultura

Son incontables los establecimientos que rescatados por la historia barrial sobreviven en el patrimonio cultural de los vecinos, o como la singular iniciativa de la comisaría 14º del barrio de San Telmo que recuperó un mostrador completo de pulpería con la respectiva reja y accesorios, para orgullo de sus miembros.

Pero ya en el siglo XXI, en esa franja imprecisa de la Provincia de Buenos Aires que se extiende entre el denominado “Segundo Cordón” y el Interior propiamente dicho, existen muchas pulperías que  recicladas en ámbitos para turistas o aún en plena decadencia, su autenticidad permite sentir todavía la presencia de Santos Vega  o el gaucho Hormiga Negra.

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