Testimonio, Conciencia y Reflexión
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El Verbo del Asfalto: Arqueología y Destino del Lunfardo
El lunfardo resiste no como un fósil, sino como el eco de una dignidad intacta que se niega a ser olvidada
El Verbo del Asfalto: Arqueología y Destino del Lunfardo

Este lenguaje, que maduró en los labios de los viejos cantores, posee la milagrosa capacidad de reconstruir un Buenos Aires que ya no figura en los mapas modernos, pero que sobrevive intacto en el pecho de quienes lo habitaron.

Por Ada Noemí Zagaglia

El Verbo del Asfalto: Arqueología y Destino del Lunfardo
 El habla de un pueblo es su cicatriz y su geografía. En el mapa de la Argentina, el lunfardo no nació como un mero capricho idiomático, sino como una necesidad de trinchera. Corría el último tercio del siglo XIX cuando el puerto de Buenos Aires se convirtió en la garganta por la que ingresaban millones de almas expulsadas de Europa. En algunos hacinamientos promiscuos de los conventillos de San Telmo y La Boca, el dialecto genovés (el zeneise), el cocoliche, el jeroligo de los presidios y el habla de los sectores marginales criollos chocaron y se fundieron. El lunfardo —cuyo nombre deriva del dialecto romano lumpardi (ladrones)— no brotó de las academias, sino del subsuelo social, como un código cifrado para que la autoridad no entendiera el diseño de la astucia.

Sin embargo, el destino de este argot estaba marcado por la transmutación lírica. Lo que comenzó en las sombras penales y el barro de los arrabales fue rescatado por los poetas populares y, fundamentalmente, por el tango. Al ingresar al pentagrama y a la rima, el lunfardo perdió su condición delictiva para transformarse en la estética de la melancolía rioplatense. Escritores de la talla de Jorge Luis Borges y Roberto Arlt, cada uno desde su trinchera estética, debieron discutirlo, padecerlo y, finalmente, incorporarlo. El lunfardo demostró una verdad antropológica ineludible: la lengua viva no pide permiso; se impone por la fuerza de su necesidad expresiva. Hoy, cuando las viejas esquinas se desdibujan, el lunfardo resiste no como un fósil, sino como el eco de una dignidad intacta que se niega a ser olvidada.

El Rufián Melancólico
Los Siete Locos -Película de Leopoldo Torres Nilson – 1973

Glosario del Arrabal: Voces, Tangos y Significados
Yapa:Del quechua yapa. Significa el añadido gratuito que da un comerciante. Inmortalizado en el tango Mano a mano (Celedonio Flores).

Mina: Del gergo italiano. Significa mujer. Originalmente aludía a la mujer como fuente de riqueza para el proxeneta, luego pasó a ser sinónimo universal de mujer o amada. “Central en Mina que te batías de lona.”

Cafishio: Del italiano capoficio (jefe de oficio). Proxenetismo. Mutó con las décadas hacia el estereotipo del hombre vago o vividor.

Bulín: De origen gitano o lupanar. Significa la habitación solitaria, el cuarto de soltero donde maduran los recuerdos. Eje lírico del tango El bulín de la calle Ayacucho.

Otario: Del argot carcelario, probablemente derivado de «tonto» por deformaciones fonéticas. Significa el hombre incauto, ingenuo, fácil de engañar por las luces del centro. Presente en Chorra.

Berretín: Del genovés berretín (gorro caprichoso). Significa obsesión, ilusión fija o capricho empecinado que ciega a un hombre. Rey del tango, Griseta.

Junar: Del caló (gitano) junar. Significa mirar fijamente, conocer las intenciones del otro con solo observarlo. Clave en Yira, yira de Enrique Santos Discépolo.

Geometría del Recuerdo
Alguien cuenta las monedas en la mesa del olvido,
mientras el viento del puerto bate la lona del bar;
hay un siglo que se apaga, un berretín encendido
y un violín que por las noches no sabe cómo rezar.
Fue el bulín de la nostalgia donde acuñamos la vida,
con la mina que se ha ido y el otario que creyó.
El lunfardo no fue un juego de la palabra perdida,
fue el escudo de los pobres cuando la patria dolió.
No te mueras, vieja jerga, que en el bronce de los tangos
todavía queda un resto de hidalguía y de calor.
Aunque cambien las esquinas y los nuevos usen fangos,
tu misterio sigue vivo… con el brillo del honor.

Ada Noemí Zagaglia Derechos Reservados de Autora.

El Porvenir del Eco: Una Certidumbre Esperanzadora
A las generaciones que aún guardan en el oído la cadencia de estas palabras y el compás de un fuelle, les asiste una certeza: la nostalgia no es el anuncio de una muerte, sino la prueba irrefutable de que se ha vivido con intensidad. El lunfardo no es un idioma extinto. Cada vez que un joven en Buenos Aires dice «pibe», «bondi» o «trucho», está usando las raíces que ustedes regaron.

La lengua rioplatense tiene memoria. Mientras un solo abuelo recuerde la letra de un tango, mientras una sola radio de barrio derrame un compás de Troilo, la identidad argentina seguirá a salvo del olvido. El pasado no se ha perdido; se ha transformado en la música de fondo que nos sostiene el caminar.

Por eso, para el oído de aquellos abuelos que poblaron las tardes de radio a galena y patios de malvón, el lunfardo no fue una elección estilística, sino el aire mismo que respiraba su juventud. En la geografía íntima de su memoria, cada término arrastra el eco de un bandoneón y el perfume de la glicina. Recordar el lunfardo es evocar las noches donde el destino se jugaba en la timba de la vida y el consuelo se encontraba en el boliche de la esquina. Aquellas generaciones comprendieron, antes que los filólogos, que el tango no se cantaba con la garganta, sino con el remanente de los desengaños y las esperanzas. Volver a escuchar La última curda (Cátulo Castillo) o Sur (Homero Manzi) es descorrer el velo del tiempo para reencontrarse con los muchachos de la barra, con el primer saco cruzado y con la piba que, acaso con timidez, aceptaba un baile en el club del barrio bajo la mirada atenta de las madres.

Este lenguaje, que maduró en los labios de los viejos cantores, posee la milagrosa capacidad de reconstruir un Buenos Aires que ya no figura en los mapas modernos, pero que sobrevive intacto en el pecho de quienes lo habitaron. Es la nostalgia digna de quien sabe que formó parte de una edad de oro, un tiempo donde la palabra empeñada valía más que un contrato y el «mufarse» por un amor perdido era un rito de pasaje obligatorio. Al repasar los versos de Cafetín de Buenos Aires, de Discépolo, o la doliente poética de Celedonio Flores, los abuelos no solo rescatan vocablos; rescatan la certidumbre de un mundo que tuvo códigos, una ética del asfalto y una calidez que desafiaba al frío de los conventillos. Por eso, el lunfardo no es un desván de trastos viejos; es el cofre donde se guarda la juventud de una patria que todavía late en sus sienes plateadas.

Resplandores del Fuelle
Te juno desde el fondo de la vida, viejo arcano,
cuando el gotán lloraba su berretín de lona;
vos sos el fiel amigo que me estrechó la mano
cuando la mufa rea nos bate y no perdona.
Te acordás del bulín, de la piba, del malevo,
del otario que al centro le regaló su fe…
Hoy que la tarde cae y un lagrimón yo llevo,
sé que en tu viejo molde la vida no se fue.

No te achiques, abuelo, por el tizón del año,
que en el cotorro santo de tu pecho curtido,
el lunfardo es la yapa que cura todo daño
y el tango es el escudo que vence siempre al olvido.
La muesca del destino no apaga tu hidalguía,
sos el linaje puro que el puerto nos legó;
tu andar tiene el compás de aquella melodía
que el tiempo, por hacernos eternos, nos guardó.

Ada Noemí Zagaglia
Derechos reservados de autora por el Tratado de Berna

Fuentesde Consulta Académica
Para profundizar en la rigurosidad histórica de estos fenómenos lingüísticos, se sugiere la consulta de las siguientes obras de referencia:

Gobello, José. Aproximación al lunfardo (1976) y Nuevo diccionario lunfardo. Gobello fue el fundador de la Academia Porteña del Lunfardo y el mayor sistematizador de esta habla.

Conde, Oscar. Lunfardo. Un estudio sobre el habla popular de los argentinos (2010). Una de las investigaciones académicas modernas más completas desde la sociolingüística.

Borges, Jorge Luis y Clemente, José Edmundo. El lenguaje de Buenos Aires (1952). Un debate ensayístico imprescindible sobre la legitimidad literaria del argot.

Ada Noemí Zagaglia

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