Testimonio, Conciencia y Reflexión
La esperanza no es ingenua. Es culinaria. Mientras haya alguien pelando una papa para otro, mientras haya una madre que pone un plato de más «por si acaso viene alguien», mientras haya un pintor que vea una cara en un puñado de arroz, no estamos perdidos.

por Ada Noemí Zagaglia
*I. El primer Fuego: El Colcannon Celta*
Todo tratado de paz debería empezar en una cocina, no en una cancillería.
Yo empiezo en Irlanda. En una mesa de madera vieja, en Dublín, donde ahora mismo cae esa llovizna fina que no moja, acaricia. Allí me sirven colcannon.
Parece humilde: puré de papas, col rizada, mantequilla derretida que hace un lago dorado en el centro, y cebolletas. Pero el colcannon es un pacto. Los celtas no tenían fronteras, tenían clanes y tenían hambre en inviernos largos. La receta nació para que nada se desperdiciara. La papa de la tierra, la col que aguanta la helada, la mantequilla que era moneda. Cuando lo comes, hundes la cuchara y la mantequilla se mezcla con todo. Nadie come solo su parte. Todos comen del mismo centro.

Una anciana me dijo: «El colcannon es como se hace la paz. Machacas lo duro hasta volverlo suave y compartes la grasa buena».
Los pueblos celtas sabían algo que nosotros olvidamos: la mesa redonda no la inventó el Rey Arturo para pelear menos. La inventó para que todos alcanzaran el pan.
Desde ese puré blanco, humeante, se puede trazar un mapa que no divide, sino que une.
*II. El Mantel como Territorio Neutral*
Después del colcannon, viene todo lo demás. Y es que no hay guerra que resista un guiso.

En México, el mole poblano lleva 20 ingredientes que tardaron siglos en odiarse y luego amarse: chile prehispánico, chocolate traído de la selva, almendra árabe, canela asiática. Tarda dos días hacerlo. Nadie hace mole para una sola persona. Se hace mole cuando hay boda, cuando alguien fallece, cuando hay que pedir perdón.

En Líbano, el kibbeh lo hacen cristianos y musulmanes con la misma mano. En Japón, el onigiri es la bola de arroz que una madre pone en la lonchera de su hijo, y que un soldado llevaba en la Segunda Guerra Mundial envuelta en alga. Misma forma, distintas situaciones, misma intención: que no tengas hambre.

En Perú, la papa tiene 4.000 variedades. 4.000 formas de decir «aquí te puedes quedar a vivir».
La comida es la única bandera que nadie quiere arriar. Todos la levantan y a todos reúne como en
Argentina el asado, las empanadas y el dulce de leche.
El Pintor que nos Pintaba con lo que Comíamos
Y en ese mapa de guisos aparece él: Elías Pintos.
No lo encontrarás en los grandes museos. Era un pintor de mercado, gallego de Ferrol, hijo de una pulpera. Pintos no usaba óleo para hacer retratos. Usaba comida.
Si le pedías un retrato de tu abuela, no dibujaba arrugas. Dibujaba el contorno de su cara con hebras de azafrán, los ojos con dos aceitunas negras de Aragón, el pelo con fideos de fideuá tostados, la sonrisa con un gajo de naranja sanguina. Si le pedías a tu hijo, lo hacía con granos de arroz con leche, con trocitos de pan de maíz, con la fresa aplastada que le manchaba la camisa.
Le decían «el Arcimboldo de la ría», pero él se reía: «Yo no pinto caras con comida. Yo pinto lo que la comida hizo en esa cara».
Su obra maestra no está firmada. Es un mural de 3 metros en la cocina de un centro de refugiados en La Coruña. Son 47 retratos, sirios, ucranianos, senegaleses, venezolanos, todos hechos con lo que habían comido la noche anterior allí juntos: lentejas, colcannon, arepas, couscous. Cada retrato es distinto, pero si te alejas, todos los ingredientes forman una sola mesa larga.
Pintos entendió la tesis central de este artículo: No somos lo que comemos. Somos con quién comemos. Y cuando nos atrevemos a ser pintados con la comida del otro, dejamos de tener miedo.
Su último retrato, antes de morir el año pasado, fue el suyo propio. Se pintó a sí mismo solo con migas. Debajo escribió: «No me queda nada, por eso lo tengo todo».
La Paz no es un Tratado. Es una Receta que se Repite.
La paz es entender que el colcannon irlandés y el mangú dominicano son la misma papa aplastada por manos distintas que extrañaban su casa. Que el pan judío jalá y el pan árabe pita entraron al mismo horno durante siglos antes de que les enseñaran a pelear.
La esperanza no es ingenua. Es culinaria. Mientras haya alguien pelando una papa para otro, mientras haya una madre que pone un plato de más «por si acaso viene alguien», mientras haya un pintor que vea una cara en un puñado de arroz, no estamos perdidos.
El mundo no se va a salvar en una cumbre. Se va a salvar cuando volvamos a comer del mismo centro, donde la mantequilla se derrama para todos por igual.
¡Tira las armas , alcanza una cuchara!
*POEMA: EL MANTEL* , por Ada Noemí Zagaglia
No hay patria en el trigo,
pero hay pan en toda patria.
Hay Dios en la olla.
Y toda la olla reza
cuando hierve para dos.
Vinimos a este mundo sin cubiertos.
Nos dieron manos.
Con las manos partimos,
con las manos ofrecimos.
Que el hambre del otro
sea el único idioma que saciar
Que la sal no pregunte
quién la merece.
Si alguna vez no sabes cómo amar,
hierve agua y cocina.
Si no sabes cómo perdonar,
pon la mesa.
Si no sabes cómo quedarte,
sirve más.
Porque al final,
cuando la historia se apague
y los mapas se borren,
quedará sobre la Ceniza
una mesa tendida,
y dos sillas vacías
esperando
a que alguien se siente.
Ada Noemí Zagaglia
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