Testimonio, Conciencia y Reflexión
En las tardes de Dublín, cuando el sol se esconde tras los muros del Castillo de Howth, aún puede verse a un lobero caminando junto a su dueño. Su silueta se recorta contra el horizonte, recordando que la grandeza no siempre ruge: a veces, simplemente respira con ternura.

Por Ada Zagaglia.
El Lobero Irlandés: Gigante de la Ternura y Guardián de la Historia.
“No fue un soldado, pero conoció el valor; no fue un hombre, pero conoció el amor.”
En las verdes colinas de Irlanda, donde la niebla se posa como un manto sobre los castillos antiguos, camina una figura que parece salida de una leyenda: el lobero irlandés. Este coloso de mirada dulce y paso sereno ha acompañado al pueblo irlandés durante siglos, no solo como cazador de lobos, sino como símbolo de nobleza, lealtad y amor silencioso.
“Grande en cuerpo, pero más grande en corazón”, escribió Lady Gregory en una carta de 1902 al describir a los perros que custodiaban su finca en Coole Park. Esa frase resume la esencia del lobero irlandés: una criatura que impone respeto por su tamaño, pero conquista por su ternura.

Un Legado que Nace en la Leyenda
Los primeros registros del lobero irlandés datan del siglo I d.C., cuando el cónsul romano Quintus Aurelius Symmachus mencionó haber recibido “siete perros irlandeses que asombraron a Roma entera”. Desde entonces, su figura se entrelazó con la historia de Irlanda. En los campos de batalla, acompañaban a los guerreros celtas; en los salones de los reyes, eran símbolo de estatus y fidelidad.
En la mitología celta, el lobero irlandés aparece como compañero de héroes y protectores de los reinos. La leyenda de Gelert, aunque originaria de Gales, fue adoptada por los irlandeses como símbolo de la fidelidad canina. Gelert, el perro que dio su vida por salvar al hijo de su amo, encarna la devoción que caracteriza a esta raza.
El poeta irlandés W.B. Yeats escribió: “En los ojos del lobero hay un silencio antiguo, como si recordara los días en que los hombres aún hablaban con los dioses”. Esa mirada profunda, melancólica y sabia parece contener siglos de historia y ternura.

Un Gigante de Corazón Blando
A pesar de su tamaño —puede alcanzar los 90 centímetros de altura y pesar más de 70 kilos—, el lobero irlandés es un ser de alma delicada. En los hogares modernos, se le conoce como un compañero apacible, paciente con los niños y afectuoso con los ancianos. Su andar pausado y su mirada serena transmiten una calma que parece venir de otro tiempo.
En el pequeño pueblo de Kilmacduagh, una lápida de piedra recuerda a “Finn”, un lobero que acompañó a su dueño durante la Primera Guerra Mundial. La inscripción dice: “No fue un soldado, pero conoció el valor; no fue un hombre, pero conoció el amor.”

Entre la Historia y el Corazón
Hoy, el lobero irlandés sigue siendo un emblema nacional. Su figura aparece en escudos, poemas y esculturas, pero sobre todo, en la memoria afectiva de quienes lo han conocido. En cada paso de este gigante amable resuena la historia de un pueblo que aprendió a ver en él no solo un cazador, sino un guardián del alma irlandesa.
En las tardes de Dublín, cuando el sol se esconde tras los muros del Castillo de Howth, aún puede verse a un lobero caminando junto a su dueño. Su silueta se recorta contra el horizonte, recordando que la grandeza no siempre ruge: a veces, simplemente respira con ternura.
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