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El Vacío y la Nada
La existencia del vacío es un problema que recorre de arriba abajo la historia de la ciencia
El Vacío y la Nada

Y así fue como el universo que Newton construyó estaba en principio completamente vacío, y era a través del vacío como actuaba la fuerza de gravedad (lo que le valió no pocas críticas, en especial de los cartesianos).

Parece, Pero no es
El vacío no es lo mismo que la nada, sin embargo, muchos sabios los confundieron a través de los siglos y hasta pisaron el palito genios como Aristóteles, Descartes, Galileo y Newton

La existencia del vacío es un problema que recorre de arriba abajo la historia de la ciencia. El viejo dicho “la naturaleza le tiene horror al vacío”, que todavía se escucha por ahí, atestigua su perdurabilidad.

Lo cierto es que los primeros filósofos griegos, los milesios, encabezados por Tales de Mileto, no se preocuparon mucho por el asunto, pero sus sucesores y críticos, los eleáticos, encabezados por el harán Parménides de Elea, lo tuvieron muy en cuenta: el “ser” que Parménides postuló no dejaba ningún resquicio para que existiera el espacio vacío.

Aquí, en realidad, hay lo que podríamos llamar una pequeña trampa: los filósofos griegos, en cierto sentido, confundían el vacío, es decir, el espacio geométrico sin materia, con la nada, cuya existencia negaban enfáticamente. Los atomistas reaccionaron contra esto, postulando un espacio realmente vacío donde viajaban los átomos mezclándose y combinándose.

Pero nada pudo resistir a la autoridad de Aristóteles, que negó absolutamente la posibilidad de la existencia del espacio vacío, con un argumento en cierto sentido falaz: puesto que el razonamiento actuaba contra los cuerpos limitando su velocidad, en un espacio vacío, los cuerpos se moverían a velocidad infinita, lo cual le parecía (con cierta razón) inconcebible.

Lo que puede impresionar es el tiempo que duró esta negación del vacío: recién en el Renacimiento, con el avance de la geometría y la progresiva geometrizacion del espacio y el mundo, el espacio abstracto, es decir el puro espacio, independiente de la materia, pudo empezar a pensarse, lo cual demuestra, de paso, que las grandes concepciones científicas están absolutamente ligadas a las ideas (y a los prejuicios) imperantes en las diferentes épocas. Sin embargo, el propio Descartes negó la existencia del vacío; para él, el espacio (la extensión) era inseparable de la materia. Otro de los “grandes” de la revolución científica, Boyle, a quien se considera el “padre de la química”, imaginaba que el espacio estaba lleno (a la manera de Descartes) de materia sutil. El propio Galileo dudaba sobre el asunto, y fueron las experiencias de su discípulo Torricelli las que al fin de cuentas aclararon el asunto (no sin discusiones, desde ya); pero lo cierto es que ahí estaba el tubo de Torriceli, mostrando que el mercurio bajaba y dejaba un espacio que no parecía estar ocupado por materia alguna.

Y así fue como el universo que Newton construyó estaba en principio completamente vacío, y era a través del vacío como actuaba la fuerza de gravedad (lo que le valió no pocas críticas, en especial de los cartesianos).

Sin embargo, las cosas no terminaron ahí: apenas se impuso la teoría ondulatoria de la luz, hacía falta que hubiera un medio en el cual las ondas luminosas pudieran vibrar, y así fue como ese vacío legado por Newton y los newtonianos se llenó de éter, una sustancia impalpable, invisible, aristotélica (era la quintaesencia dela cual estaban formados los astros, según Aristóteles), un éter, que lo invalida todo, que lo ocupaba todo, y en el cual se propagaba la luz.

El siglo XIX creyó tan firmemente en el éter, que se incorporó a las ecuaciones y a las teorías (en especial al electromagnético), que no solo lo presuponía, sino que sugería una manera de medir la existencia de esa sustancia impalpable.

Hasta el punto en que dos norteamericanos, Michelson y Morley, decidieron medir la corriente de éter que la Tierra dejaba en su viaje por el espacio (como un avión deja una corriente de aire al moverse en la atmosfera). Un sofisticado aparato trató de capturar esa inasible corriente…y nada.

Ningunos datos revelaron los aparatos. El éter estaba muerto, y el mundo volvía a ser un vacío apenas interrumpido por islotes de materia.

Pero aquí no acaba la historia: ya la revolución cuántica (y la revolución relativista) empezaba a alzar su cabeza y a cuestionar ese vacío macizo y geométrico tan duramente conquistado. Pero como se me acaba el espacio, esta nueva y fascinante historia prometo contarla la próxima vez.

Caras y Caretas – Mayo 2009 – Por Leonardo Moledo

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